Contra la pretendida inferioridad de la mujer…

(Fragmento de Sine Speculo)

– Entonces, los libros que lees, no los escoges tú sino quienes los encargan…
– Más o menos. Depende de la temática. A veces los clientes están tan acostumbrados a mi letra que exigen que sea yo quien realice la copia del libro que desean y con todo, siempre procuro elegir entre varios encargos. Tardo unos cuantos meses o incluso un año o más en acabar una sola obra. Pero pagan muy bien. Mientras tanto, escojo también otros libros por el simple gusto de leerlos.
– Ya, pues a mí no me interesan en absoluto los libros que responsabilizan a las mujeres de todas las desgracias del mundo como ocurre en Las Lamentaciones de Matheolus. Si a mí me encargaran copiar códices como esos me negaría rotundamente, por muy bien que me pagaran ¿Tienes que copiar muchos libros así o son de los que lees por placer?
Guerau rio un poco entre dientes, como si le hubiera hecho gracia mi pregunta y al mismo tiempo le incomodaran mis opiniones. Me imagino que el tono de mis palabras debió sonarle bastante agresivo, sin que yo fuera demasiado consciente de ello. Sin embargo, él se apresuró a responder sin perder su aplomo y su eterna amabilidad, esa amabilidad que tanto me sorprendía y me desarmaba.
– Precisamente hace poco me han pasado el encargo de copiar el De Secreta Mulierum ¿Lo conoces?
Denegué con la cabeza, aunque me pareció recordar que Cristina de Pizán también lo mencionaba en La Ciudad de las Damas.
– Pues es otro libro donde aparecen las mujeres como algo inmundo, imperfecto, condenado y te entran ganas de consagrarte a la iglesia de por vida con tal de no tener tratos con ellas; por lo que sí, me encargan muchos libros así en el taller. Pero eso no quiere decir que yo me crea todo lo que dicen. Al contrario, me gustan mucho las mujeres y me imagino que a ti también.
Se hizo un silencio espeso y Guerau me miró incisivamente. Creo que en ese momento debí enrojecer hasta las raíces del cabello.
– ¿No estarás enamorado?- Me preguntó con un tono socarrón que no me hizo demasiada gracia.
– ¿Enamorado? ¿Yo? No, no. No es eso. Simplemente me parece un derroche de soberbia afirmar que el hombre es superior a la mujer, tal y como pretenden hacernos creer en esos libros – me apresuré a contestar.
– Ya ¿No sabes que Aristóteles afirmaba que la mujer es un hombre deformado? Elaboró toda una teoría al respecto. Supongo que ya la conoces.
A mi pesar tuve que confesar que no, poniendo en evidencia mi ignorancia al respecto y me mordí el labio inferior en un intento de reprimir la vergüenza y la rabia que sentía por tener que admitir que no la conocía.
– Se trata de la teoría de la polaridad de los sexos. Dicha teoría afirma que existen diferencias entre el hombre y la mujer y que en esas diferencias se manifiesta precisamente la superioridad del hombre.
Fruncí el ceño sumamente molesta.
– Y porque es Aristóteles quien formula esa teoría ¿debemos creerla por fuerza? Cierto que fue un gran sabio que acertó en muchas cosas pero, también debió equivocarse en muchas otras – le rebatí.
Guerau arqueó una ceja.
– ¿Pones en duda a uno de los grandes como es Aristóteles? Pero si es uno de los puntales de todo el conocimiento universal y la base del método escolástico que se enseña en todas las universidades… – se extrañó.
– Yo no pongo en duda a Aristóteles. Solo digo que por fuerza debió equivocarse en alguna de sus reflexiones. No existe nadie perfecto, ni superior ¿o es que acaso tú no te equivocas nunca? – le pregunté en un tono bastante agresivo.
– Sí, claro que me equivoco, pero de todas maneras sí que existe alguien perfecto y superior, aunque no sea Aristóteles… – insistió Guerau con un ligero tono reprobador en la voz – y si afirmaras lo contrario serías considerado como un hereje.
– Ya, te refieres a Dios ¿verdad? Pero ese no es el tema – respondí con cautela –. Estábamos hablando de hombres y mujeres. Después de todo, Dios no es una cosa ni la
otra. Solo se puede afirmar que estamos hechos a semejanza suya, según la Biblia.
– Los hombres, no las mujeres.
– Las personas – recalqué molesta- . Los hombres son diferentes de las mujeres y las mujeres son diferentes de los hombres en muchas cosas. Pero también existen numerosas diferencias entre dos hombres. Y no me negarás que también hay muchas cosas que hombres y mujeres tienen en común y una de ellas es que son personas. Pero en ningún caso las diferencias pueden justificar la superioridad o la inferioridad de los unos sobre los otros.
– Creo que tienes unas ideas muy atrevidas pues, está claro que en el mundo en que vivimos, los hombres gozamos de unos privilegios de los que carecen las mujeres, igual que hay hombres que disfrutan de unos privilegios que otros no tienen.
– Eso está claro. Pero no debería ser así.

Maite Mateos. Sine Speculo. (Pág. 18)

SINE SPECULO – SINOPSIS


SineSpeculo

Descargar en PDF
el Capítulo I de Sine Speculo

Alais de Albió quiere ser una mujer diferente, una mujer sabia y erudita, sin ser una monja, una mujer que pueda vivir libremente de su trabajo, sin esclavitudes de ninguna clase. Pero sobretodo quiere sentir que es ella misma quien tiene en sus manos el timón de su propia vida. Por eso Alais guarda un códice escrito por una mujer, Cristina de Pizán, como su más preciado tesoro. Se trata de La ciudad de las damas y con ese libro bajo el brazo acude a la Universidad de Lleida entre los años 1451-1457, en una época en el que el acceso a dicha institución está limitado, por no decir, vetado a las mujeres. Pero en el Estudio General, Alais solo encuentra voces masculinas, voces que insistentemente vilipendian todo lo femenino y comienza a hacerse preguntas ¿Por qué despiertan las mujeres tanta inquina en los hombres? Cristina de Pizán es la única voz de mujer que Alais conoce desde buen principio entre una multitud de voces masculinas ¿Por qué no hay ninguna presencia de autoridad femenina en el Estudio? ¿Es posible que hayan existido en el pasado otras voces femeninas en libros que ella aún no ha leído porque aún no han caído en sus manos? Así es como Alais comienza una larga búsqueda de voces de mujeres como Rhosvita, Hildegarda, Eloísa, Trótula, Duoda, Saffiyya, Wallâda… que la ayuden a encontrar respuestas ante los nuevos interrogantes que irán surgiendo en su vida. ¿Existe alguien que hable del amor más allá de lo que representa como una necesidad física o mística, un arte del cortejo o una obsesión por la belleza física del sexo opuesto? ¿Es posible representar un papel alejado de la pasividad y la sumisión que tantos autores intentan inculcar en las mujeres? ¿Es posible construir nuestro propio pensamiento sin contar con los cimientos de los pensamientos de los demás, sin espejo alguno? Sine Speculo… le devolverá una y otra vez el eco de su mente, para acabar descubriendo que ella, Alais, es un alma demasiado compleja que al fin y al cabo se niega a encontrar su reflejo en ningún espejo. Simplemente no le basta uno solo. Y continuará buscando hasta el final.

Autor: Maite Mateos