UNA INDAGACIÓN ACERCA DE QUIÉN SOMOS Y QUIÉN PODRÍAMOS HABER SIDO

RESEÑA: 4321 – PAUL AUSTER

Lenta, densa, tediosa… Son algunos de los adjetivos con los que muchos lectores han calificado ya esta novela. Desde luego no es fácil su lectura si no estás avezado a este tipo de narrativa. Y con todo, 4321 parte de la interesante reflexión acerca de cómo una vida podría discurrir, o no, por distintos derroteros en función de las decisiones tomadas. Y así es como Paul Auster hilvana las 4 historias de Archie Ferguson, el personaje principal,  junto a los acontecimientos más destacados de los años 60 y 70 del siglo XX en los anales de USA, lo que para muchos la convierten en una gran y espléndida novela americana. Desde luego, lo que sí es, es una novela controvertida, monumental con sus más de 800 páginas y su épica.4321
Sin embargo, las 4 trayectorias diferentes de Archie Ferguson, quizás no sean tan diferentes, puesto que en realidad parten de un solo hecho, al margen de las decisiones personales tomadas por su personaje principal. Un hecho que se resume en la desaparición del padre, ya sea con motivo de un divorcio, una muerte o una fijación obsesiva por el trabajo o el dinero, que le distancian del hijo.
Asimismo, los 4 Ferguson tienen también elementos en común, como la estrecha relación con la madre, el enamoramiento de la misma mujer, Amy Scheneiderman y la aspiración de ser escritor, que convierten a Ferguson en un reflejo del mismo Auster, y como él intentará seguir los consejos del admirado Edgar Allan Poe: Sé valiente; lee mucho; escribe mucho; publica poco; aléjate de los pobres de espíritu y no tengas miedo de nada.
4321 es una novela de aprendizaje repleta de literatura, de cine, de música, de pintura, de arte, al fin y al cabo, en todas sus manifestaciones y repleta de reflexiones acerca de quién sería Ferguson/Auster como escritor en función de las diferentes influencias, lecturas y referentes recibidos en momentos distintos de su vida. Porque en el fondo, quizá, somos algo más que una simple suma de decisiones tomadas.

Autor reseña: Maite Mateos

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Entrando en el corazón de las cosas

Afirma Rosa Montero en “La loca de la casa” que escribir para dar un mensaje traiciona la función primordial de la narrativa, la búsqueda del sentido. Se escribe para aprender, para saber y uno no puede emprender ese viaje de conocimiento llevando previamente las respuestas consigo…
Y en parte tiene mucha razón. No obstante no puedo parar de darle vueltas a esa reflexión. Javier Marías, en “Literatura y Fantasmas” es quizá más esclarecedor cuando afirma que el escritor cuenta y explica, y al hacerlo se cuenta y se explica lo que de otra forma no habría llegado a saber ni a enterder jamás. Pero pienso que, quizá, sí es posible escribir con la intención de dar un mensaje sin traicionar el objetivo primordial de la literatura, siempre que no se cargue al mismo tiempo con todas las respuestas, respuestas cerradas que no dejen margen para la duda y la reflexión.
Sí. Escribimos para contar y explicar algo, y ese algo a menudo, sino siempre, contiene un mensaje, peor o mejor encubierto. Hasta las historias más ociosas y frívolas, escritas con el único objeto de entretener, contienen mensajes en su interior. A veces esos mensajes son tan frívolos y ociosos como las historias en sí que los envuelven. Es más, pueden ser del todo malévolos o inconscientes o incluso peligrosos. Peligrosos cuando llevan todas las respuestas consigo y no dejan margen para la duda y el pensamiento. Eso me conduce a darle vueltas a una reflexión de Belén Gopegui, extraída del prólogo a “Los Parentescos” de Carmen Martín Gaite: …realmente no acierto a pensar qué otra cosa pueden hacer las historias si no es modificar los pensamientos, los deseos, los temores de las personas y de esta forma el mundo. Leer sólo es el principio.
Puede resultar terriblemente peligroso que se utilizen las historias para manipular el pensamiento de las personas. Son tantos los libros escritos con ese objetivo… Especialmente los libros de carácter religioso. Siempre he pensado que mi afición por leer deriva de una necesidad de encontrar respuestas. Pero sé que todas las respuestas no las encontraré en un solo libro. Y cuando escribo no pretendo que los mensajes que puedan encerrar mis escritos sirvan para imponer mi pensamiento, todo lo contrario. Pretendo simplemente incitar a la reflexión.
Es evidente que todas las historias contienen mensajes, pues escribimos para comunicar algo, para indagar, para buscar en los seres que nos rodean y en nosotros mismos una explicación para nuestras reacciones, nuestras contradicciones y nuestras ambigüedades. El problema, la traición sobreviene, pienso yo, cuando se escriben historias para transmitir un mensaje cerrado, un mensaje que no incita a la reflexión. Paul Auster en “El Palacio de la luna” lo expresa de una manera muy hermosa hablando del arte y lo mismo se puede aplicar a la escritura: descubrió que el verdadero sentido del arte no era crear objetos bellos. Era un método de conocimiento, una forma de penetrar en el mundo y encontrar el sitio que nos corresponde en él, y cualquier cualidad estética que pudiera tener un cuadro determinado no era más que un subproducto casual del esfuerzo de librar esta batalla, de entrar en el corazón de las cosas.

Maite Mateos