La pluma

La encontré en el fondo del cajón de un viejo escritorio que compré en un rastro. Debía ser muy antigua porque el plumín era muy largo y esbelto, de acero, con elegantes grabados florales que se repetían a lo largo del portaplumas de plata. Era un objeto exquisito, de punta itálica, que se adaptaba a la mano con increíble facilidad pero, lo más sorprendente de todo, es que parecía rebosar tinta fresca, lista para usar. Dispuse un folio en blanco sobre la mesa del escritorio y me apresuré a comprobar si era posible comenzar a escribir con ella, sin más. Me quedé anonadada al ver emerger la tinta negra con todPlumaa fluidez sobre el papel, en forma de preciosas y pulidas letras como jamás antes había logrado esbozar y, del mismo modo, comenzaron a fluir mis pensamientos.
Pese a que mi vecina bramaba con su voz retumbante, agitanada y soez, como siempre, desde el piso de arriba y sus familiares le contestaban en el mismo tono, dejando oír sus voces igualmente desagradables, yo continuaba escribiendo con soltura. Nada parecía poder importunarme teniendo aquella pluma en la mano. Se cerró una puerta con un fuerte golpe y se oyeron los ruidosos y precipitados pasos de los vecinos que bajaban por las escaleras arrastrando con ellos toda su maldad y vulgaridad en forma de gritos, pataleos y bandazos, hasta que por fin poco a poco se fueron alejando y extinguiéndose. Pero yo continuaba escribiendo con la pluma, impertérrita, imaginando que ya nunca más volverían, especialmente ella, con su cuerpo repugnante, hinchado y deforme, sus piernas patizambas y esperpénticas.
Todo el mundo la odiaba en el edificio y con todo, algunos la saludaban con hipócritas sonrisas cargadas de falsa amabilidad, no les fuera a ocurrir lo que a otros y se acabaran encontrando con sus casas desvalijadas, destrozadas, o con sus coches rayados por todos lados… Cuánta falsedad, inútil coraza y vacía transigencia. La repugnancia y el rechazo que despiertan las personas dañinas es un instinto sano que nos salvaguarda mucho más eficazmente del mal que nos puedan reportar, que la hipocresía y la falsa tolerancia que algunos profesan reprimiendo sus sanos instintos. Es un rechazo justificado que nada tiene que ver con la xenofobia, definida en el diccionario de la Real Academia Española como el odio, la repugnancia y la hostilidad contra los extranjeros. Que fácilmente se confunden unas cosas con las otras …
No. Yo no exageraba en absoluto sobre lo dañina que era mi vecina y su familia, que nada tenía de extranjera. Su ojos eran tan pequeños y malignos como el de las ratas y tan huidiza como ellas no parecía haber un solo policía capaz de meterla en una jaula-prisión de la que nunca jamás pudiera escapar, por muchas razones que diera para que la encerraran. De modo que, como las ratas, continuaba moviéndose entre cloacas, arrastrando toda su mierda consigo.
Veía su cuerpo de rata volviéndose día tras día más pesado y abotargado. La veía corriendo delante del camión de la basura, como una auténtica alimaña. Intentaba esquivarlo. Con su chulería de siempre creía estar lográndolo. Aún pensaba sacar tajada del seguro del conductor si éste la hacía el menor rasguño. Sin embargo, el camión de la basura avanzaba impertérrito. De pronto, de forma inaudita, la pasó por encima, despanzurrándola. Y aunque no quise ver más, sentí que algo dentro de mí se liberaba.
Dejé la pluma sobre el papel. Repentinamente los pensamientos se agotaban y las palabras ya no fluían con rapidez. Miré hacia la ventana y noté con sobresalto que el teléfono estaba sonando. Fui a cogerlo y contesté con desgana. Del otro lado, sonó la voz excitada de una de mis amigas que vivía dos calles más abajo. Sus palabras se agolpaban una tras otra y me costó entender lo que me estaba diciendo. Hasta que finalmente lo entendí todo. La maldita vecina de los ojos de rata se acababa de matar con el coche. De los que viajaban con ella no se sabía aún si habían sobrevivido. El camión de la basura se les había cruzado en el camino y los había empotrado contra un muro de contención.
Me quedé sin aliento. Colgué y me dirigí rápidamente hacia el escritorio. Bajo la pluma había quedado una mancha de tinta que recordaba a una rata despanzurrada. Cogí la pluma con cuidado, limpié el plumín y la volví a depositar en el fondo del cajón del viejo escritorio. Tenía un no se qué de espeluznante aquella pluma pero, decidí guardarla como un auténtico tesoro.

Autor: Maite Mateos

La niña que no podía dormir

No puede dormir. Ella se ha ido para siempre. Ya no regresará. Lo sabe. Pero desea con todas sus fuerzas que vuelva.
En el cole, durante la celebración del día de la Paz, les pidieron que confeccionaran una frase, un deseo que plasmar sobre un papel. Luego pegaron la frase en un mural donde habían dibujado una paloma en el centro. Y a ella solo se le ocurrió desear que su madre regresara. Así lo escribió sobre el papel: deseo que vuelva mi madre. Sí. Desea que regrese de ese lugar al que llaman muerte. Es esa palabra, acompañada de la imagen de su madre perdida en un lugar innombrable, la que domina sus pensamientos. ¿Dónde está la paz para ella sin su madre? No hay paz en su mente. Los pensamientos, vuelan, vienen y van batallando entre ellos, pugnando por salir. Por eso siente el impulso de escribir en el grupo de whatsapp que ha creado, sin importarle la hora, buscando a alguien con quien poder hablar. Tal vez su amiga Aiyana aún esté despierta…
-Hola.
-Xènia. No son horas de estar con el wpp. Aiyana ya hace horas que duerme.
-Yo no he hecho nada. Además. Estaré si quiero.
-Tendrías que estar durmiendo. Solo tienes 10 años.
-No tengo ganas.
-No seas mala.
-Nooooo…..
Pasan los días y no puede dormir. Quieren que escriba en un diario en lugar de en el wpp. A Aiyana le encanta la idea. Se lo intercambiarán como si mantuvieran una conversación. Una lo tendrá durante la noche y la otra durante el día. Xènia escribirá en él durante las largas horas nocturnas porque cómo no puede dormir…
Pero, ¿Qué escribirá en la primera página? ¿Y si se bloquea, cómo le ocurre cuando sus pensamientos batallan y pugnan por salir sin lograrlo? De momento va a ver si encuentra un libro que le dé alguna idea. Cree que por ahí tiene algún volumen de cuentos que no ha acabado nunca. Cuando se lo leía su madre siempre se quedaba dormida…

Erase una vez una niña que no podía dormir. Una malvada bruja había lanzado una maldición sobre ella el día de su nacimiento. La bruja había afirmado que cuando la niña cumpliera diez años se llevaría a su madre. Y así fue. En cuanto la pequeña cumplió los diez años llegó la bruja y se llevó a la madre consigo. La niña no entendía por qué. Desde entonces no podía dormir pensando en cómo rescatar a su madre. Por eso decidió salir en busca de alguien que le pudiera dar alguna explicación. Pero a todo aquel a quien preguntaba le daba la espalda y huía espantado al escuchar tan solo el nombre de la malvada bruja. Todos la tenían miedo. Caminando, caminando, la niña llegó hasta un frondoso bosque. Allí fue donde el cansancio la venció, se sentó junto a un manantial y al poco de haber probado su cristalina agua, se quedó rendida sobre un tupido manto verde de fresca hierba.
Y la muchachita soñó despierta que corría por entre los árboles de aquel espeso bosque, esquivando las ramas que a duras penas la dejaban entrever la figura de una mujer que le recordaba a la malvada bruja. Tenía que atraparla y averiguar a dónde se había llevado a su madre. Tropezó en varias ocasiones con alguna raíz gigante que sobresalía de la tierra pero, en su afán por no perder a la mujer de vista se apresuraba a levantarse y continuar corriendo. Hasta que finalmente llegó a un claro del bosque. La figura de la mujer se perdió entre los árboles y una enorme claridad lo invadió todo. La pequeña quedó deslumbrada por algunos instantes. Los colores de las flores que tapizaban el suelo resaltaban como oro líquido y allí, sentada sobre aquel manto multicolor se hallaba su madre, más hermosa que nunca. La niña, invadida por la euforia se precipitó a abrazarla. Y sintió una vez más su calidez y la dulzura de sus palabras.
-¿Por qué no logras dormir? Si no duermes no podremos encontrarnos en sueños…
-Pero yo quiero que vuelvas conmigo a casa. Te echo de menos.
-No puedo. Ya es imposible.
-¿Es por culpa de la malvada bruja? ¡Yo podría vencerla! ¡Podría matarla!
– ¡Oh! No es posible matarla. Ella es la Muerte. Pero no es malvada. Mírala.
Y la niña volvió sus ojos hacia donde indicaba su madre. Allí estaba la mujer, erguida frente a ellas. Pero no parecía en absoluto una bruja espantosa, sino que su aspecto era el de una bella y serena mujer. La pequeña se sobresaltó.
-Pero todos dicen que es mala. ¡Con sus malvados poderes se presenta con la imagen de una hermosa mujer pero su verdadero aspecto debe ser realmente repugnante!
-Lo que puedan decir de ella no es cierto. No la conocen como yo. Es compasiva, liberadora y yo ahora formo parte de ella y de ti… No debes temer nada de la Muerte. Éste que ves es nuestro aspecto en tus sueños y en tu vida seremos como el polvo de estrellas que te rodeará por doquier, que penetrará hasta el rincón más íntimo de tu ser, para que recuerdes siempre nuestra presencia. No somos en absoluto malvadas.
-¡Pero debe serlo! ¡Te separa de mí!
-No para nada. No nos separa. En realidad ahora podremos estar más unidas que nunca. Solo tienes que pensar en mí, recordarme y conseguir dormirte. Porque en sueños siempre podremos volver a encontrarnos. ¿Me prometes que cada noche vendrás a buscarme? Cuántas más horas duermas, más horas podremos permanecer juntas…
Y la niña se lo prometió.

Autor: Maite Mateos

El anciano

Entró en la panadería con pasos pesados, fatigados. Una cuerda sujetaba sus viejos pantalones remendados a modo de cinturón y su desgastado jersey de lana lucía más de un lamparón imposible de eliminar, pese a su frecuente paso por la lavadora. No llevaba calcetines. Ya hacía tiempo que el simple intento de ponérselos representaba toda una odisea y había acabado por desistir. Ahora se limitaba a calzarse con sus viejas sandalias sobre los pies desnudos, a pesar de las bajas temperaturas que se respiraban a principios de primavera. Pero en la panadería el ambiente siempre era muy agradable en contraste con el de la calle. Había varias personas haciendo cola y el anciano buscó con la mirada una silla donde poder sentarse durante la espera. Siempre había dos viejas sillas de estructura metálica con respaldos acolchados y podía esperarse que una de ellas estuviera desocupada, a no ser que el lugar estuviera abarrotado de gente, como solía ocurrir durante los días festivos. Y aquel viernes “santo” era uno de esos días en que se presentaban en el pueblo una multitud de personas que, escapando de las ciudades, buscaban la supuesta tranquilidad del campo y el magnífico pan rústico de toda la vida, elaborado en un horno de leña, a la antigua usanza. La espera se hacía entonces interminable mientras unos acaban de decidirse por las cocas variadas y otros por los brazos de pastelería de diferentes gustos que también se ofertaban en la panadería.
No obstante, el anciano encontró una de las sillas desocupada y se sentó en ella no sin cierta dificultad. El duro trabajo del campo siempre acaba pasando factura y él nunca pudo disfrutar de uno de esos nuevos tractores tan confortables que incorporan hasta aire acondicionado en el interior de sus cabinas. Pero también eso le pasará factura al planeta con los años, por mucho que a los jóvenes de hoy en día no parezca preocuparles en absoluto. Mientras no tengan que doblar demasiado el espinazo les da lo mismo. Algunos se llenan la boca hablando con orgullo de agricultura ecológica porque no utilizan según qué pesticidas y respetan todas las normativas vigentes para cobrar subvenciones, pero en realidad no tienen ni idea de lo que es la verdadera agricultura, la agricultura realmente sostenible para el planeta y quizá también la más sostenible para la economía: la agricultura no intensiva, la agricultura que prescinde de tractores u otras maquinarias y de sus sucios e irrespirables carburantes. La agricultura del verdadero sudor de los brazos y las piernas, que podría dar empleo o simplemente la posibilidad de comer a tanta gente, la agricultura de las mulas, los arreos y… En fin, llegado a este punto, si ha estado expresando sus pensamientos en voz alta, siempre le hacen callar llamándole viejo romántico o peor aún, carcamal. Es que se ha perdido incluso el respeto a los mayores, a la voz de la sabiduría. Y se ve obligado a responder con socarronería no vaya a ser que le tomen a uno por un imbécil retrógrado incapaz de asimilar el imparable progreso. ¡Progreso! ¡Bah! ¡Qué paciencia! Que sabrán los jóvenes de lo que realmente significa la palabra progreso. Solo son capaces de relacionarla con palabras como tecnología o con la ley del mínimo esfuerzo. ¡Que lástima! No son conscientes de que van derechos a la autodestrucción y la destrucción de todo lo que les rodea por ese camino. El verdadero progreso va ligado al máximo esfuerzo, a la renuncia, al respeto, a la capacidad de discernir entre lo que de verdad deseamos o necesitamos para alcanzar el auténtico bienestar sin pisar el bienestar del otro… Pero ante el reflejo de las miradas de incomprensión no puede uno ni expresar lo que piensa con total libertad. A veces es mejor ensimismarse en los propios pensamientos y callar. Pero le da rabia hacerlo ¿Por qué no lee más la gente? Trabajar en el campo no tiene porqué impedir ser una persona leída ¡Carajo!
Repentinamente se apagan las luces de la panadería y la dependienta se refugia en el obrador, dejando a todos los clientes que aún quedaban por despachar, a la vista de los nazarenos, el grupo de los más fervorosos creyentes del pueblo encabezados por el cura que en ese mismo momento, enarbolándo la imágen de un Cristo ensangrentado, se ha detenido frente al escaparate del establecimiento murmurando plegarias incomprensibles, entre las cuales solo se distingue una palabra con claridad, pronunciada a coro, de forma repetitiva: ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! …
“¡La hostia!” Piensa el anciano arrancado bruscamente de sus propias meditaciones. “Lo que me faltaba por aguantar hoy. Es delirante. ¿Es que ya no hay respeto ninguno? No claro. ¿Qué se puede esperar de las religiones y de sus creyentes? No respetan a nada ni a nadie. No respetan al descreído. No respetan a los que necesitan trabajar con sosiego, a los que desean comprar con tranquilidad, ni a los ancianos que necesitan que los dejen en paz con sus pensamientos. Son unos verdaderos artistas del chantaje emocional y han de recordarnos a todas horas y con más hincapié aún, cuando nos acercamos al final de nuestras vidas que, quizá al otro lado, no nos espera la simple muerte, sino que con certeza nos espera un horrendo suplicio si hemos sido pecadores y no nos arrepentimos a tiempo… ¡Qué memez! ¡Qué manera de jugar con los miedos de la gente! ¿Qué importa lo que habrá al otro lado? Lo único cierto es que al otro lado hallaremos la muerte”.
Y fuera del local continúan salmodiando los fervorosos creyentes: ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! … Solo cuando por fin se alejan y cesan sus plegarias y murmuraciones, se encienden las luces de la panadería y emerge por fin del obrador la dependienta, preguntando por el siguiente al que le toca despachar.

Autor: Maite Mateos

EL PUÑAL

Asegura que me quiere igual que siempre, tal vez más que antes pero, que quizá, nuestros caminos debieran separarse para siempre. Sus oscuras palabras cargadas de pesadumbre, desasosiego e insatisfacción, llegan a mis oídos y se introducen en mi interior como la afilada hoja de un acerado puñal. Y no entiendo nada. Solo sé que le quiero y que la idea de la separación está muy alejada de mis pensamientos, por mucho que reconozca que alguna vez aparece en ellos como una nebulosa amenazante. Una oscura nebulosa a la que condeno al destierro sin contemplaciones ante la angustia atenazante de la sola idea del distanciamiento y la separación. Entonces solo queda un dolor punzante, cortante en lo más profundo, como el que infligiría la fina hoja de doble filo de un largo puñal. Y la incomprensión. Si yo no quiero y él no quiere, si yo le quiero y él me quiere ¿Qué necesidad hay de separarse?
Y él insiste en que no quiere, pero debe y yo continúo sintiendo la fría amenaza del afilado puñal cerniéndose sobre mí.

(Narración extraída de Mil y un interiores)
Autor: Maite Mateos

OBSESIÓN

No quieres traicionarte pero sigues empuñando el boli. De acuerdo, sigue por ese camino. Ya no soy yo. Soy yo y tú al mismo tiempo. Dos opciones soledad o sociedad. Soledad no es aislamiento. Soledad es el tiempo, un tiempo que no es tiempo sino eternidad. Yo y tú. Sola conmigo misma.
¿Amor? ¿No podré escapar de ello? ¡Si soy una vieja ya! Vejez como maldad. Juventud como belleza y bondad… Cuánta distorsión, cuánta confusión, cuánta equivocación…
Soy una bruja de plateados cabellos y solo con plata puedo peinarlos.
¡Ser malévolo! ¡Infame virago! ¿Qué juventud del alma podrías mostrar? ¿Qué juventud? ¿Qué belleza?
Sobre ti caerá la soledad…
¡Y qué! ¡No me asusta!
¿Soy una bruja de plateados cabellos? ¿De viles pensamientos? ¿Por qué me siento así? ¿Qué he hecho?
¿Amor? ¿Soledad? ¿Muerte? No me asustan. Prefiero la soledad al sufrimiento. No quiero sufrir. No quiero amar. No quiero aceptar la muerte. Y sufro escribiendo esto. Las lágrimas resbalan por mis mejillas y sin embargo, no puedo detener esta mano que manejando el boli se niega a obedecerme. El papel se emborrona. La mano, la mente, todo en uno. Ambos unidos para luchar ¿Contra qué? ¿Contra el amor? ¿La soledad? ¿La muerte?
Inútil empeño.

Autor: Maite Mateos

PLENITUD

Sentí sus manos, de tacto tenue y aterciopelado, recorriendo mi espalda, ascendiendo por mis hombros, descendiendo de nuevo por el perfil de mi cuerpo, posándose en mi cintura y avanzando hacia el monte de Venus, con delicadeza, despertando todos mis sentidos. Sus dedos cálidos, intrusivos, comenzaron a explorar los labios superiores,  desembocando en los inferiores para acabar encontrando el clítoris, mientras su lengua húmeda y fogosa, buscaba la mía.

Sentí todo el peso de su cuerpo sobre el mío, su carne abrasiva, su miembro ardiente indagando, buscando la cavidad escondida entre mis piernas abiertas y anhelantes. Y lo sentí entrar en mí, lentamente, regodeándose en cada recoveco, esperando con paciencia a que mis fluidos se convirtieran en una lujuriosa cascada dispuesta a dar paso al desenfreno, a la fuerza de sus envites cada vez más contundentes y embriagadores. Y yo me derretí, enardecí en aquel crescendo de placer, ansiando más y más y más, deseando que no acabara nunca, que aquel estallido, convulsión, espasmo se eternizara, se repitiera una y otra vez. Y sí. Aunque se tomara su tiempo, aunque se concediera todas las pausas que necesitara, continuaba en crescendo, en una culminación ardiente, incandescente, irresistible, que solo podía acabar por puro agotamiento, en una consunción de energías depauperadas, las suyas, las mías o las de mis sueños.

Y sentí que me estaba despertando, que me arrancaba de ese sueño para de nuevo volver a experimentar el tacto tenue y aterciopelado de sus manos recorriendo mi espalda…

Autor: Maite Mateos

REJUM

Hace unos años, buscando entre libros viejos encontré un manuscrito que mostraba signos de no haber sido leído nunca y cuya letra indescifrable era capaz de provocar mil mareos a cualquiera que se decidiera a transcribirla.
Pensé que tardaría en interpretar aquella caligrafía extraña pero, no me importaba, porque sabía que acabaría por conseguirlo. ¿Cuándo? Tampoco importaba. Y el hecho es que no tardé ni dos días en descubrir que las letras se estiraban de izquierda a derecha a modo de arabescos y que, de ese modo, podían leerse fácilmente palabras escritas en una lengua conocida. Simplemente se presentaban al revés, como si una mano zurda las hubiera trazado. Y seguramente así había sido. ¿Por qué tanto misterio? Me intrigaba y poco a poco fui desvelando aquella historia, verídica o no. ¿Quién hubiera imaginado que tras aquella hermosa figurita de Rejum se escondía todo el sentido…? Quisiera no tener que ser yo quien transmita al mundo la verdad que muchos desearían que fuera mentira. Si al menos no hubiéramos creído nunca en esa mentira… ¿De quién fue la culpa? ¿Quién inventó la mentira? Ya no importa. Solo el “por qué” podría darnos la clave.

Llegamos a Rejum una noche estrellada, deslumbrante. Las ruinas de la ciudad se recortaban en la oscuridad como si de un deshilachado y apolillado tapiz se tratara. Montamos las tiendas de campaña y nos dispusimos a descansar por aquella noche, ansiosos de levantarnos de buena mañana y ponernos a trabajar.
El día amaneció caluroso y soleado. Las ruinas de Rejum se presentaron entonces, ante nuestros ojos, como una verdadera obra de arte, magníficas y acogedoras tal y como las habíamos vislumbrado antes en las numerosas fotos que de la antigua cuidad se habían publicado. Muchos equipos de arqueólogos  pasaron por ella antes que nosotros y aún podían observarse las torpes huellas de algunos que, con sus rudimentarias técnicas de excavación, solo habían conseguido destruir parte de la belleza que les rodeaba.
Nos dirigimos hacia el centro de la ciudad, donde se alzaban los restos imponentes de un antiquísimo templo dedicado a divinidades olvidadas. Mucho se había trabajado ya en él, pero nada representativo se había encontrado. Se ignoraba a quien se había rendido culto allí, o si se había sacrificado a alguien o algo. Solo se deducía que debía ser un templo, por su situación y por la semejanza que presentaba respecto a los templos de otras culturas vecinas, perdidas en el fragor de los tiempos. Sea lo que sea había ejercido algún tipo de dominio sobre la ciudad, puesto que ningún otro edificio resaltaba tanto como éste, ni por su tamaño ni por su ornamentación.
Metopas, arquitrabes, columnas, tímpanos… Todo estaba profusamente decorado con imágenes que nadie aún había conseguido interpretar. Asemejábanse a plantas y animales. Al mismo tiempo eran el fruto de las más desbordantes fantasías, puesto que jamás se había visto cosa parecida sobre la faz de la tierra. El interior del templo, tan intensamente decorado como el exterior, parecía hablarnos en una lengua ignota que animaba a ser descifrada.
Muchos días pasamos en el interior de aquel santuario buscando algo que nos diera la clave de aquella ciudad que se alzaba sobre la arena de un desierto, a modo de oasis, sin ningún aparente recurso que pudiera haber alimentado y saciado la sed de todos sus, presumiblemente, numerosos habitantes. Nada encontrábamos y sus bajorrelieves continuaban siendo un misterio para nosotros. Flores exóticas, agua que corre y fieras fantásticas que sacian su sed era lo único que yo lograba sacar en claro de toda aquella iconografía. Incluso la tocaba y palpaba, ya que a eso invitaba, o así se me antojaba a mí.
Un día, acariciando con los dedos lo que parecía ser una enorme roca grabada en una de las paredes del santuario, me pareció sentir una ligera vibración proveniente de algún recóndito lugar. Palpé entonces con más fuerza todo el contorno de la roca y percibí con mayor intensidad la vibración, hasta el punto en que se me ocurrió apretar ejerciendo cierta fuerza hacia lado y lado. En aquel instante la vibración se convirtió en un auténtico chirriar y crujir de algún tipo de gozne. Excitado llamé a mis compañeros, que se apresuraron a llegar junto a mí para poder contemplar con estupor como se deslizaba ante nosotros parte de aquella pared, dejando al descubierto un oscuro túnel en el que apenas se entreveían los peldaños que descendían hacia alguna profundidad desconocida. Sugerí que alguien fuera a buscar linternas o cualquier cosa que pudiera alumbrarnos bien el camino. Mientras esperábamos la llegada de las linternas decidimos que no todos bajaríamos. Parte del equipo permanecería fuera y nos mantendríamos en contacto mediante los móviles, siempre que hubiera cobertura. Llegaron las linternas y comenzamos a descender por unos resbaladizos y húmedos escalones de piedra. ¿Humedad en un sitio tan árido como Rejum? –Nos preguntamos-. Era extraño. Cuando llegamos al último escalón, habiendo perdido ya la cuenta de todos ellos, nos encontramos en una enorme caverna, en cuyo centro podía verse un inmenso lago de mansas y cristalinas aguas. ¿Era ésta la explicación del misterio de Rejum? Aquellas aguas, sin duda alguna, debían ser o habían sido potables y seguramente habría algo que pescar en ellas. En otra ocasión bajaríamos con un equipo de pesca para comprobarlo.
En el lago se reflejaban miles de lucecitas proyectadas por los innumerables rayos de luz que se filtraban a través de las rocas porosas, de modo que si nos hubiéramos quedado sin linternas en aquel momento, hubiéramos tenido la suficiente claridad como para continuar explorando el lugar. Así se lo indiqué a mis compañeros y para constatarlo apagamos todas las linternas, mientras uno de nosotros se encargaba de comprobar si teníamos cobertura en los móviles para informar al resto del equipo de cómo progresaban nuestros descubrimientos.
Era realmente impresionante contemplar en aquellas profundidades un lago bajo la luz de unos rayos misteriosos, que se asemejaban a la luz natural pero, lo más sorprendente fue descubrir bajo la proyección concentrada de uno de ellos, una pequeña isleta coronada por un edificio similar al templo de Rejum, quizá incluso mejor conservado.
La luz de las linternas hasta aquel momento lo había mantenido en la sombra con sus reflejos, pero ahora podía vislumbrarse con cierta claridad.
Por desgracia, no hubo forma de comunicarse con los móviles y tuvimos que regresar para continuar otro día las investigaciones. El hallazgo nos había entusiasmado tanto que aquella noche nadie pudo pegar ojo. Yo ya veía mi nombre en la portada de todos los periódicos y mi foto con algún tesoro de incalculable valor intelectual entre mis brazos.
Por la mañana aún no habían llegado todos los equipos que habíamos solicitado, por lo que continuamos explorando la inmensa caverna. No pudo encontrarse ningún túnel más que aquel por el que habíamos entrado, de modo que nos contentamos con realizar interminables mediciones del terreno y numerosos análisis del agua. Como ya imaginaba, era potable.
Pasaron unos cuantos días antes de que llegara una lancha hinchable a aquel rincón perdido del desierto, donde el agua había dejado de escasear para nosotros. Incluso habíamos dejado de preocuparnos por la llegadapuntual de las provisiones, pues la pesca había dado sus frutos y con ellos nos regalábamos en todas las comidas.
Desde la orilla del lago elegida para zarpar una vez estuviera la lancha preparada, podíamos apreciar la belleza de la isla y del edificio que la coronaba en toda su magnitud. Presumiblemente, dada su  apariencia externa, se trataba de una copia exacta del templo de Rejum, es decir, un edificio consagrado al poder. Pero, ¿Ante qué tipo de poder nos encontrábamos? Tal vez ahora consiguiéramos hallar alguna evidencia.
Todas nuestras expectativas se vieron cumplidas al pisar la isla y comprobar que, efectivamente, teníamos ante nuestros ojos una copia exacta del templo de Rejum. La misma estructura, la misma iconografía…
Emocionados nos dirigimos hacia el interior. Franqueamos la puerta y nos introdujimos en una acogedora nave cuya cúpula central dejaba pasar algunos débiles rayos de luz que iluminaban un hermoso altar de alabastro.
Y allí estaba. Ojalá nunca la hubiéramos encontrado sobre aquel altar que debiera haber sido su tumba y el templo su mausoleo.
Y sin embargo, estaba escrito en los bajorrelieves, aún mudos para nosotros, que la despertarían. La despertarían o le despertarían.
No sé por qué afirmo que ojalá nunca la hubiéramos encontrado. Teníamos que encontrarla y descubrir la puerta secreta que se abriría para nosotros después de tantos siglos. ¿Qué descubriríamos tras aquella puerta?
De hecho la misma figurita lo revelaba. De porte frágil y esculpida en jaspe, presentaba un aspecto que a primera vista se podía interpretar como muy femenino. Pechos generosos, sinuosas curvas y un exquisito monte de Venus prometedor, sugerente y al mismo tiempo inquietante. La examinamos más de cerca y comprobamos que lo que habíamos tomado por un Monte de Venus podría ser fácilmente interpretado como un pequeño falo oculto entre el delicado vello labrado en jaspe de aquella hermosa figurita de Rejum.
¿Adoraban a un dios hermafrodita los antiguos habitantes de Rejum? El hallazgo de una figurita de jaspe no decía nada en sí mismo. Podría haber sido un antiguo dios/diosa o simplemente una joya escultórica muy preciada ya en sus tiempos.
Durante los días siguientes la figurita de Rejum fue sometida a numerosos exámenes y análisis. Con todo no avanzamos ni llegamos a ninguna conclusión.
¿Cómo hacer hablar a una figurita de jaspe? Silenciosa, muda y misteriosa como era despertaba en mi interior una inquietud compartida por todos mis compañeros. Su silencio era el misterio y también nuestra inquietud. ¿Por qué? No acertábamos a responder a tal pregunta.
No era el encanto de su belleza lo que más nos hechizaba, sino esa expresión en la cara que hablaba de poder, decisión y fuerza.
Precisamente fue en su monte de Venus donde encontramos la clave, y nunca mejor dicho, porque su sexo indefinido era un automatismo que actuaba a modo de imán al ponerlo en contacto con otro objeto y no fue difícil adivinar que otro objeto sería capaz de hacerlo accionar. Sin duda alguna debía tener forma de falo o vulva, de modo que observamos con atención el lugar en nuestro afán por localizar ese algo que pudiera recordar o asemejarse a un miembro viril… o femenil.
Así fue como examinando con atención el ara del templo descubrimos, en uno de los dos enormes pedestales que lo sostenían, un extraño bajorrelieve que no se parecía en nada a todo lo catalogado como arte por la humanidad entera y al mismo tiempo era difícil atreverse a afirmar que aquello no podía ser calificado de verdadera maravilla artística. Y de hecho, allí esculpido fue donde localizamos lo que buscábamos.
Tras comprobar que la estatuilla y el bajorrelieve encajaban a la perfección comenzaron a resonar ocultos resortes que permitieron que de algún modo el ara se deslizara para dejar paso a una escalinata que descendía, de nuevo, hacia misteriosas profundidades. Pero en esta ocasión estábamos preparados y más que organizados. No tuvimos más que encender nuestras linternas y cascos para comenzar a bajar por aquella escalinata tan semejante a la otra que nos había conducido hasta allí. Pocos escalones habíamos contado cuando nos encontramos ante una pequeña cámara repleta de pergaminos extraños, tanto por su escritura como por la manera… en fin, en el fondo no había nada que nos permitiera precisar porqué eran extraños aquellos pergaminos a simple vista. Probablemente se trataba de algo impregnado en el ambiente y en nuestro estado de ánimo, sencillamente.
El caso es que tardé mucho tiempo en descifrar aquella escritura y conocer la asombrosa historia de Rejum, o al menos la historia que contaron aquellos que concibieron tales escritos.
Los textos hablaban de un ser al que denominaban “Erdam Ejavlas” y todos en la ciudad lo veneraban como si de un dios o diosa se tratara.
Pero no era ni una cosa ni la otra. Era sencillamente una mujer, pero una mujer que ocupaba el más alto rango de su ciudad a modo de reina o emperatriz.
“Erdam Ejavlas” era dulce, amable, fuerte y su gobierno podía calificarse como lo más parecido a la idea de matriarcado que poseemos hoy día. Podía creerse que se trataba de una sociedad dominada por las mujeres donde los hombres quedaban siempre en un segundo plano y en cierto modo lo parecía. Pero realmente no era así.
Ambos sexos convivían en completa igualdad y respeto mutuo y al más alto rango podían acceder en iguales condiciones. De hecho ocurrió que un día Erdam Ejavlas murió y su lugar fue ocupado por Odaz Ejavlas, su sobrino nieto. Lo primero que hizo Odaz al llegar al poder fue cambiar el nombre de su linaje, en una pretensión de desvincularse totalmente del pasado. Se atribuyó el nombre de Odazilivic y a partir de ahí comenzó a dictar nuevas leyes. Ante su miedo cerval ante todo aquello que no podía comprender, reaccionó con prohibiciones de todo tipo, sin pararse a pensar ni reflexionar.
Le angustiaba todo aquello que fuera diferente a lo que él quería, creía o pensaba, empezando por el recuerdo de Erdam Ejavlas, a la que había temido por su fuerza, fuerza que resaltaba en mayor medida su propia debilidad. Así fue como persiguiendo a la diferencia, persiguió a todo lo femenino, relegando a las mujeres a un segundo plano en todos los aspectos. Sin embargo, las mujeres no se dejaron dominar tan fácilmente. Se sublevaron y hubo altercados que solo pudieron ser aplacados mediante la violencia. Algunas mujeres, intimidadas, acabaron bajando la cabeza y se amoldaron a la nueva situación. Otras, en cambio, continuaron luchando. Pasaron años y años.
Nuevos soberanos se sentaron en el trono de Rejum, todos hombres, y ninguno mostró ningún interés por cambiar nada de lo que Odazilivic había impuesto.
Un grupo de mujeres, autodenominadas “las Ejavlas” continuaron luchando por su antiguo status  dentro de la clandestinidad. Se ocultaron en diversos enclaves estratégicos y en ellos planearon una auténtica revolución, una revolución que aún tardaría en llegar, que está por llegar y que sus escritos despertarán.

Aquí me obligaron a interrumpir la traducción de la narración. Mi intención era continuar investigando, llegar hasta el final y publicar por fin mi trabajo, mi obra… Y sin embargo, me lo impidieron. Quienes subvencionaban las investigaciones se negaron a continuar invirtiendo en Rejum y su atención se desvió hacia otras ruinas o excavaciones arqueológicas que prometieran otro tipo de tesoro más rentable.
Yo tenía que comer y dar de comer a mi familia, de modo que también mi atención se vio desviada, por la necesidad, hacia otros proyectos. Pero Rejum continúa llamándome. Diversas preguntas golpean mi mente con frecuencia. ¿Qué pasó en Rejum? ¿Cómo acabó convertida en ruinas? ¿Qué ocurrió con las Ejavlas? Estoy seguro de que algo se me ha escapado, que hay algo más oculto entre tantos y tantos pictogramas aún indescifrables para mí.
No sé por qué he afirmado antes que ojalá no tuviera que ser yo quien transmita al mundo la verdad que muchos desearían que fuera mentira. Es más, ojalá pudiera disfrutar de nuevo de la oportunidad de volver a vislumbrar la verdad y encontrar todavía mucha más claridad en todos aquellos escritos que solo pude investigar a medias mientras que otros solo deseaban destruirlos.
Rejum fue un gran descubrimiento… pero el mundo es cruel. No quiso aceptar esa verdad que apenas vislumbraba y trató de destruirla para que el secreto quedara enterrado por siempre jamás. Mi gloria se vio truncada pero eso, con todo, fue lo que menos me importó. La verdad volvió a quedar oculta y las maravillas de las que se rodeaba fueron destruidas. Sin embargo, estoy seguro que un día la verdad volverá a salir a la luz más resplandeciente que nunca. Quien sabe. Quizá los escritos de Rejum no han sido destruidos y alguien, como yo tal vez, se ha preocupado por hacerse con un duplicado que mantiene escondido, y ahora mismo continua estudiándolos, vislumbrando algo más de la verdad, esperando  que llegue el momento de sacarlos a la luz.

(Narración extraída de Mil y un interiores)
Autor: Maite Mateos