UNA INICIACIÓN A LA LECTURA ALGO PARTICULAR

Como a todas las madres me inquietaba el cómo inocular el placer por la lectura a mi hija y ya, en su más tierna infancia, le leía la más amplia colección de cuentos clásicos que pudiera encontrar para ella. Y me sorprendía que, pese a la amplia oferta de la que disponía, ella prefiriera que le leyera una y otra vez los mismos cuentos, los que más le gustaban. Así que hicimos un trato. Yo leía primero el cuento que ella prefería y luego le leía el que más me gustaba a mí, que siempre solía ser uno diferente. Como coleccionista de cuentos que soy, a mí me atraían desde los más etnográficos hasta las versiones más sofisticadas de los clásicos, como los cuentos de Madame D´Aulnoy, que lograron extasiarla. Y asimismo, juntas creamos nuestro primer cuento infantil, La magia de las vocales. Mientras yo escribía el texto, mi hija daba vida y color a las ilustraciones, también con mi ayuda, claro, aunque lo de ilustrar no era lo mío y por eso mismo, este cuento permanece por ahora, inédito. Cuando ya fue capaz de leer por sí misma los cuentos clásicos o no tan clásicos, adaptados a su edad, continuó con la tendencia a leer una y otra vez el mismo libro, su preferido, que resultó ser primero los Cuentos completos de Beatrix Potter, para seguirle en preferencia el de Pippi Langstrump y más tarde el de Miguel el travieso de Astrid Lindgren. También se dejó seducir por algunos de los libros de Geronimo Stilton, pero a mí estos no me convencían demasiado, de modo que le propuse continuar leyéndole yo otros libros que aún no le atraían tanto, debido al enorme volumen de sus páginas. Yo sabía que le gustaban las historias de brujas tanto como a mí, así que la seduje con la lectura de La guerra de las brujas de Maite Carranza. Cada día leíamos unas pocas páginas, hasta que acabamos los tres volúmenes de los que constaba la trilogía, que la dejaron totalmente fascinada.nina-leyendo-sola_1098-2048 Poco después comenzó a leer por sí misma la historia de La tierra profunda, una novela que yo escribí mientras estaba embarazada y con la que mi hija comparte el nombre del personaje principal, cosa que la deslumbraba. Seguidamente, descubrió y leyó prácticamente todos los libros de Laura Gallego, mientras yo le leía la trilogía de Philip Pullman sobre La materia oscura, que habíamos conocido tras ver la película de La brújula dorada. La historia de Lyra la encandiló completamente y cuando la acabamos leyó una y otra vez Alicia en el país de las maravillas, que le encantaba. Leímos juntas El principito y ella sola se lanzó entonces a leer Momo y La historia interminable de Michael Ende, los libros de Roald Dahl y La princesa y los trasgos de George McDonald. Releyó La tierra profunda una y otra vez y me pidió que escribiera una continuación, puesto que tenía más ganas de seguir leyendo nuevas aventuras de Wakan, el lobo blanco sagrado. Así fue como acabé escribiendo El abismo de Airon,  la segunda parte de La tierra profunda, que aún está pendiente de edición. Mientras tanto, mi hija se lanzó a la lectura de Las aventuras de  Tom Sawyer y Huckleberry Finn de Mark Twain,  libros que también releyó una y otra vez. Y no obstante, le costó acabar los libros de Heidi de Johanna Spyri y Mujercitas de Loise May Alcott que yo le insté a leer también. Prefería, mil veces antes, leer todos los libros de los Cinco o los Siete Secretos de Enid Blyton. Por aquel entonces comencé a escribir El memento fabulis o cuentos para niños que quieren pensar, con la idea de complementar todo lo que le explicaban en la escuela acerca de las fiestas tradicionales, donde le ofrecían una visión a mi gusto demasiado sesgada y localista, que difícilmente ayudaba a entender todos los porqués. Concebí El memento fabulis como una serie de cuentos enmarcados en el interior de una historia principal, la de Daniel, un niño que descubre un libro muy especial en la librería de su abuelo. A mi hija le encantaron los cuentos y la historia de Daniel. Y sin embargo, se mostró muy crítica con la parte más teórica o explicativa, que calificó de algo pesada, puesto que está más pensada para los padres. Por entonces apareció en el mercado editorial La puerta de los tres cerrojos, de Sonia Fernández-Vidal y como a mi hija le atraen mucho las ciencias, me instó a comprarlo. Y fue todo un acierto porque se convirtió de nuevo en otra de sus lecturas favoritas que leía una y otra vez, junto a Las toranas, la primera parte de La Tierra Profunda y El abismo de Airon, la segunda parte. Cayeron también en sus manos algunos libros del Pequeño vampiro de Angela Sommer-Bodenburg que leyó vorazmente y otros tantos de Josep Vallverdú, Sebastià Sorribas o Dolors García Cornellà. Hasta que descubrió los libros sobre Percy Jackson y los dioses del Olimpo de Rick Riordan, que la absorbieron completamente. De poco ha servido que la animara también a leer los libros de Harry Potter de los que no quiere saber nada. Dice que con las películas ya ha tenido suficiente y que le gusta mucho más la nueva colección que ha empezado de Riordan sobre Magnus Chase y los dioses de Asgard o la saga del corredor del laberinto de James Dashner, que está leyendo actualmente. Con estos libros de gran actualidad, de aventuras trepidantes y héroes hiperactivos, difícilmente pueden competir clásicos como Julio Verne o Robert Louis Stevenson. Pero todo llegará. Solo tiene trece años y de momento, para que no olvide también que hay algo más que los héroes de moda, estamos leyendo juntas La princesa prometida, de William Goldman.

Autor: Maite Mateos

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