Entrando en el corazón de las cosas

Afirma Rosa Montero en “La loca de la casa” que escribir para dar un mensaje traiciona la función primordial de la narrativa, la búsqueda del sentido. Se escribe para aprender, para saber y uno no puede emprender ese viaje de conocimiento llevando previamente las respuestas consigo…
Y en parte tiene mucha razón. No obstante no puedo parar de darle vueltas a esa reflexión. Javier Marías, en “Literatura y Fantasmas” es quizá más esclarecedor cuando afirma que el escritor cuenta y explica, y al hacerlo se cuenta y se explica lo que de otra forma no habría llegado a saber ni a enterder jamás. Pero pienso que, quizá, sí es posible escribir con la intención de dar un mensaje sin traicionar el objetivo primordial de la literatura, siempre que no se cargue al mismo tiempo con todas las respuestas, respuestas cerradas que no dejen margen para la duda y la reflexión.
Sí. Escribimos para contar y explicar algo, y ese algo a menudo, sino siempre, contiene un mensaje, peor o mejor encubierto. Hasta las historias más ociosas y frívolas, escritas con el único objeto de entretener, contienen mensajes en su interior. A veces esos mensajes son tan frívolos y ociosos como las historias en sí que los envuelven. Es más, pueden ser del todo malévolos o inconscientes o incluso peligrosos. Peligrosos cuando llevan todas las respuestas consigo y no dejan margen para la duda y el pensamiento. Eso me conduce a darle vueltas a una reflexión de Belén Gopegui, extraída del prólogo a “Los Parentescos” de Carmen Martín Gaite: …realmente no acierto a pensar qué otra cosa pueden hacer las historias si no es modificar los pensamientos, los deseos, los temores de las personas y de esta forma el mundo. Leer sólo es el principio.
Puede resultar terriblemente peligroso que se utilizen las historias para manipular el pensamiento de las personas. Son tantos los libros escritos con ese objetivo… Especialmente los libros de carácter religioso. Siempre he pensado que mi afición por leer deriva de una necesidad de encontrar respuestas. Pero sé que todas las respuestas no las encontraré en un solo libro. Y cuando escribo no pretendo que los mensajes que puedan encerrar mis escritos sirvan para imponer mi pensamiento, todo lo contrario. Pretendo simplemente incitar a la reflexión.
Es evidente que todas las historias contienen mensajes, pues escribimos para comunicar algo, para indagar, para buscar en los seres que nos rodean y en nosotros mismos una explicación para nuestras reacciones, nuestras contradicciones y nuestras ambigüedades. El problema, la traición sobreviene, pienso yo, cuando se escriben historias para transmitir un mensaje cerrado, un mensaje que no incita a la reflexión. Paul Auster en “El Palacio de la luna” lo expresa de una manera muy hermosa hablando del arte y lo mismo se puede aplicar a la escritura: descubrió que el verdadero sentido del arte no era crear objetos bellos. Era un método de conocimiento, una forma de penetrar en el mundo y encontrar el sitio que nos corresponde en él, y cualquier cualidad estética que pudiera tener un cuadro determinado no era más que un subproducto casual del esfuerzo de librar esta batalla, de entrar en el corazón de las cosas.

Maite Mateos

Virginia Woolf. Reflexiones acerca de la creación artística.

…el anonimato envuelve al hombre como una bruma; el anonimato es oscuro, amplio y libre; el anonimato permite al espíritu seguir su camino sin trabas. Sobre el hombre anónimo se derrama el clemente efluvio de la oscuridad. Nadie sabe de dónde viene ni adónde va. Puede buscar la verdad y decirla; sólo él es libre; sólo él es veraz; sólo él está en paz.
(…)
Sumido largo tiempo en hondas cogitaciones sobre el valor del anonimato y la dicha de no tener nombre, sino ser como una ola que regresa al profundo cuerpo del mar; pensando cómo el anonimato libera a la mente de la irritación, de la envidia y el rencor, cómo hace correr por la venas las aguas libres de la generosidad y la magnanimidad; y permite dar y tomar sin dar gracias ni alabanza; que habrá sido el caso de todos los grandes poetas, suponía (aunque su conocimiento del griego no era suficiente para sacarle de dudas), porque, pensaba, Shakespeare tuvo que escribir así, y los constructores de templos construir así, anónimamente, sin necesidad de gratitud ni de renombre, sino sólo de su trabajo durante el día y quizá un poco de cerveza por la noche…

Virginia Woolf. Orlando
Alianza Editorial 2012
Pág. 97-98