¿SE PUEDE PRETENDER QUERER CAMBIAR EL MUNDO SIN QUERER CAMBIAR NUESTRO RITMO DE VIDA?

RESEÑA: EL PADRE DE BLANCANIEVES – BELÉN GOPEGUI

PadreBlancanieves

El padre de Blancanieves
Belén Gopegui
2007, Anagrama

La contraposición entre la realidad y los ideales, entre lo individual y lo colectivo, entre la normalidad y la no normalidad es el eje central de esta novela coral y compleja, que parte de lo anecdótico, con personajes llenos de contradicciones y caóticas relaciones familiares. Porque en torno a la familia de Manuela, una profesora de bachillerato, su marido Enrique y sus tres hijos se tejen toda una serie de entramados a los que se suma la voz de un ente colectivo. De este modo la trama familiar acaba confluyendo en una trama social plagada de una multiplicidad de voces narrativas, aportando diferentes perspectivas de una misma historia, una historia que indaga en los porqués de los que luchan por cambiar las cosas y de los que se conforman con las cosas tal y como están. Que reflexiona en el porqué de la necesidad de cambiar las cosas, algunas pequeñas o grandes cosas desde el activismo individual o desde el activismo colectivo. Habla también de la hipocresía, de la conciencia social, del dilema de formar parte de una masa, de la emigración, de la sostenibilidad, de la ecología y del papel de la mujer en la sociedad. No deja de ser significativo que sea Manuela, una mujer, la que decide en la novela intentar cambiar las cosas y todo ello desemboque en una pregunta esencial ¿Se puede pretender querer cambiar el mundo sin querer cambiar nuestro ritmo de vida, es decir, sin querer renunciar al ritmo de vida que nos impone el Sistema? El Sistema, esa mentalidad patriarcal y capitalista que como el padre de Blancanieves no sabes bien donde está, aunque sabes bien que está…

Autor reseña: Maite Mateos

¿ES IMPOSIBLE SER REALMENTE LIBRE?

RESEÑA: LO REAL – BELÉN GOPEGUI

Esta novela experimental, conceptualmente densa e intelectualizada de la autora madrileña Belén Gopegui, aborda la temática de las corruptelas y las intrigas para obtener el poder, o simplemente conseguir evitar ser el vasallo en lugar del señor.LoReal Lo real es una novela de denuncia muy crítica con los valores vacíos de contenido y las servidumbres del capital que entreteje los hilos del poder. Eso es lo que descubre Edmundo Gómez Risco, su protagonista, enfrentado al dilema o la necesidad de construirse una moral propia, alejada de la moral común, socialmente aceptada. Porque Edmundo, al modo de un nuevo conde de Montecristo, hijo de un empresario implicado en una trama de corrupción que conduce al descrédito a toda su familia, clama por la venganza, por medrar y ascender socialmente, aunque para ello tenga que inventar parte de su currículum, pisar la dignidad y la libertad de los demás.
La historia de Edmundo la oímos a través de la voz de un personaje secundario, la periodista Irene Arce y a través de las voces de un coro de asalariados que aparecen en la obra, al modo de las clásicas tragedias griegas, para lograr que el protagonista acabe cayendo en la cuenta de que todo es inútil, en el interior de la férrea estructura social en la que vive sometido, donde es imposible ser realmente libre y autosuficiente, donde es imposible escapar de “lo real” que le mantiene subyugado. Pero, ¿Realmente es imposible por mucho que así lo crea Edmundo?

Autor reseña: Maite Mateos

Entrando en el corazón de las cosas

Afirma Rosa Montero en “La loca de la casa” que escribir para dar un mensaje traiciona la función primordial de la narrativa, la búsqueda del sentido. Se escribe para aprender, para saber y uno no puede emprender ese viaje de conocimiento llevando previamente las respuestas consigo…
Y en parte tiene mucha razón. No obstante no puedo parar de darle vueltas a esa reflexión. Javier Marías, en “Literatura y Fantasmas” es quizá más esclarecedor cuando afirma que el escritor cuenta y explica, y al hacerlo se cuenta y se explica lo que de otra forma no habría llegado a saber ni a enterder jamás. Pero pienso que, quizá, sí es posible escribir con la intención de dar un mensaje sin traicionar el objetivo primordial de la literatura, siempre que no se cargue al mismo tiempo con todas las respuestas, respuestas cerradas que no dejen margen para la duda y la reflexión.
Sí. Escribimos para contar y explicar algo, y ese algo a menudo, sino siempre, contiene un mensaje, peor o mejor encubierto. Hasta las historias más ociosas y frívolas, escritas con el único objeto de entretener, contienen mensajes en su interior. A veces esos mensajes son tan frívolos y ociosos como las historias en sí que los envuelven. Es más, pueden ser del todo malévolos o inconscientes o incluso peligrosos. Peligrosos cuando llevan todas las respuestas consigo y no dejan margen para la duda y el pensamiento. Eso me conduce a darle vueltas a una reflexión de Belén Gopegui, extraída del prólogo a “Los Parentescos” de Carmen Martín Gaite: …realmente no acierto a pensar qué otra cosa pueden hacer las historias si no es modificar los pensamientos, los deseos, los temores de las personas y de esta forma el mundo. Leer sólo es el principio.
Puede resultar terriblemente peligroso que se utilizen las historias para manipular el pensamiento de las personas. Son tantos los libros escritos con ese objetivo… Especialmente los libros de carácter religioso. Siempre he pensado que mi afición por leer deriva de una necesidad de encontrar respuestas. Pero sé que todas las respuestas no las encontraré en un solo libro. Y cuando escribo no pretendo que los mensajes que puedan encerrar mis escritos sirvan para imponer mi pensamiento, todo lo contrario. Pretendo simplemente incitar a la reflexión.
Es evidente que todas las historias contienen mensajes, pues escribimos para comunicar algo, para indagar, para buscar en los seres que nos rodean y en nosotros mismos una explicación para nuestras reacciones, nuestras contradicciones y nuestras ambigüedades. El problema, la traición sobreviene, pienso yo, cuando se escriben historias para transmitir un mensaje cerrado, un mensaje que no incita a la reflexión. Paul Auster en “El Palacio de la luna” lo expresa de una manera muy hermosa hablando del arte y lo mismo se puede aplicar a la escritura: descubrió que el verdadero sentido del arte no era crear objetos bellos. Era un método de conocimiento, una forma de penetrar en el mundo y encontrar el sitio que nos corresponde en él, y cualquier cualidad estética que pudiera tener un cuadro determinado no era más que un subproducto casual del esfuerzo de librar esta batalla, de entrar en el corazón de las cosas.

Maite Mateos