Más bagaje lector

En la novela “La casa de las miniaturas”, Jessie Burton reflexiona sobre lo que significa ser miniaturistauna mujer  más allá de su mera función de reproductora, de su papel como esposa. A través de la moda de las casas de miniaturas entre la clase pudiente de la ciudad de Ámsterdam del siglo XVII, la miniaturista, un personaje esencial de la novela, intentará despertar una nueva conciencia de lo que significa eso mismo, ser una mujer, ser una persona, al margen del sexo, la raza y la posición social. Y lo hará penetrando en el alma de sus clientas a través de las reproducciones en miniatura del mundo interior que viven en sus casas a escala real, desconcertándolas…
De manera diferente trata Fay Weldon el mismo tema en su novela satírica “Vida y Amores de una Maligna”:
Despójate de la esposa, de la madre, encuentra a la mujer y ahí tienes a la maligna.Vida-y-amores-de-una-Maligna-i1n114086
Esta es la conclusión a la que llega el personaje principal de la novela, Ruth, después de ser despechada por su marido Bobbo, que la engaña flagrantemente con otras mujeres.
Pero ser una maligna no tiene por qué ser la única opción que le quede a una mujer que opte por despojarse de la esposa y de la madre, por muy frustrada que se sienta.

Tal vez sea cierto que ser buena es la maldición de la hembra de la especie, como afirma  uno de los personajes principales de la novela de Erica Jong, “Bendita Memoria”, bendita memoriapero en realidad, lo que quieren decir Weldon y Jong con sus novelas, no es que las mujeres deban ser realmente malignas, perversas o realmente malas, sino que han de buscarse a sí mismas lo más lejos posible de los patrones que tradicionalmente se les ha asignado, los patrones de la pasividad, la dulzura, la paciencia, etc.
Sí, es difícil, muy difícil ser mujer, porque en realidad no sabes en qué consiste ni quieres asumir lo que la tradición exige. Mejor no ser nada para poder serlo todo.
Esta es toda una invitación a la reflexión por parte de Rosa Montero reflejada en su obra “La ridícula idea de no volver a verte”, donde expone que también los hombres se encuentran ante la misma vicisitud, ante la misma encrucijada de lo que significa ser un hombre cuando no se quiere asumir lo que la tradición exige. Pero afirma que ese es un tema del que deben preocuparse ellos, si es que les preocupa. Porque para la mayoría de los hombres y las mujeres lo más fácil es asumir lo que la tradición exige y no romperse demasiado la cabeza, por mucho que eso pueda acabar destrozándoles interior o exteriormente, en un sentido u otro.
En todo caso, si uno se resiste a seguir el camino fácil y rebelarse ante lo que la tradición exige mejor no ser nada para poder serlo todo… ¿Y cómo conseguirlo? ¿Cómo lograr serlo todo, compañera, madre, hija, hermana y mujer sin ser excesivamente exigentes con todo el mundo, con nosotras mismas, sin abandonar nuestros sueños, sin renunciar a nada, ni acabar apareciendo como una maligna o una amargada ante la mirada de los otros?
A todas las hijas se les enseña a culpar a la madre y a exonerar al padre. Así es como ellos mantienen el poder, defiende el personaje de Sarah Sofía en “Bendita Memoria” de Erica Jong.
Y con culpar a la madre se entiende culpar a todas las mujeres, siempre a la otra, mientras que se tiende a eximir al padre, al hombre, de todo. Porque pensamos que ellos, genéricamente, son mentalmente más débiles y manipulables. Y así lo expresa Rosa Montero en “La ridícula idea de no volver a verte”Rosa Montero
(···) En cualquier caso, nosotras les creemos débiles y les tratamos, por consiguiente, con unos miramientos y una sobreprotección alucinantes. Tal vez sea cosa del instinto maternal, que es una pulsión sin duda poderosa, pero el caso es que a menudo mimamos a los hombres como si fueran niños y mantenemos un cuidado exquisito para no herir su orgullo, su autoestima, su frágil vanidad. Nos parecen inmaduros, precarios, infinitamente necesitados de atención, admiración y aplauso (···) En fin, es posible que la debilidad que creemos apreciar en ellos no sea más que un espejismo; puede que nos fuera a todos mucho mejor si dejáramos de sobreprotegerlos.
En todo caso, ahora por ahora, la culpa será siempre de nosotras, siempre de la mujer, una culpabilidad socialmente inducida por atreverte a seguir tus deseos, por descuidar tus obligaciones de mujer. Culpabilidad por ser mala hija, mala hermana, mala esposa, mala madre ¿hasta cuándo? Tal vez hasta el día que superemos esa barrera mental y dejemos de enfrentarnos las unas a las otras y sobre todo dejemos de enfrentarnos con nosotras mismas.  Así lo expresa Erica Jong en “Bendita Memoria”:
Si alguna vez las madres y las hijas se unieran, ¡todo cambiaría! Sin embargo, nos enfrentamos las unas a las otras y los papás siguen libres como jefes capitalistas.

Autor: Maite Mateos

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Lo más valioso y secreto de un bagaje lector

Escribir sobre mis lecturas más recientes o no tan recientes como autor o aspirante a autor  me cuesta… Seguramente porque, como afirma Luis Landero en su última obra ¨El balcón en invierno¨: En los libros leídos está la sombra, el rastro de lo que fuimos, los diversos bocetos de nuestro aprendizaje estético y de nuestra evolución vital, los vestigios de ciertos afanes que un día nos conmovieron y que luego, tras ser devastados por el tiempo, con los materiales de sus ruinas construimos nuestro modo de ser y de sentir, y lo más valioso y secreto de nuestro bagaje cultural.

Exactamente por esobooktrunk me cuesta, porque se trata de revelar lo más valioso y secreto de mi bagaje lector, de mi modo de ser y de sentir… Violenta demasiado mi natural reservado, por no llamarlo timidez o vergüenza, o lo que sea. Con todo, quiero obligarme a hacerlo como un ejercicio más de escritura, de una escritura más abierta que complemente a aquella otra escritura que queda limitada a las fronteras de la novela, de la poesía, de los relatos o de los “libros de pensamientos” más íntimos. Una escritura que, al fin y al cabo, han practicado innumerables autores a lo largo de la historia.

Pero, ¿Por dónde empezar? Quizá por las reflexiones que Salman Rushdie vuelca en los personajes de su última gran novela “Dos años, ocho meses y veintiocho noches”: Ve adonde el orgullo del hombre está inflado, allí donde el hombre se cree a sí mismo un dios, arrasa sus arsenales y sus antros de perdición, sus templos a la tecnología, el conocimiento y la riqueza. Ve también a esos lugares sentimentales donde se dice que dios es amor. Ve y enséñales la verdad.
Menudo reto hoy día. Enseñar la verdad ¿Qué es la verdad? Algo que solo se puede alcanzar a través de una mente abierta, o mejor dicho, de una mente esforzada, trabajada, que carezca de fronteras o diques de contención. Una mente que ha de permanecer abierta a las controversias porque: la idea misma de una disputa es una herramienta para mejorar la mente, la más afilada de todas las herramientas, nacida del amor al conocimiento, es decir, de la filosofía.

E insisto en que esto es todo un reto en un mundo en el que toda información se nos presenta actualmente en una red virtual desbordada, ahora inaccesible o manipulada, al servicio siempre de los más poderosos, un mundo embriagado de palabras vacías volcadas en mil y una tertulias vanas, en mil y un libros publicados bajo la dictadura del mercado, donde resulta complejo separar el trigo de la paja, si es que se separa. Pero la lectura de los libros de Salman Rusdhie es siempre estimulante para el pensamiento, como interesantes son las obras de Javier Marías, impregnadas siempre de un lenguaje tan elevado e intelectualizado que casi parece increíble puesto en boca de todos sus personajes, de modo que desearías que fueran reales, que todo el mundo fuera capaz de hablar de esa manera, a modo de discursos más o menos introspectivos, más o menos profundos. Aunque debo reconocer que ya me empieza a cansar la aparición del profesor Rico en prácticamente todas sus obras, y una vez más en su última novela “Así empieza lo malo”,  por mucho que tenga su gracia el que esté inspirado en un personaje real que, por cierto, yo también he conocido presencialmente. El profesor Rico fue un profesor mío en la facultad y es cierto que es tan pedante y tan amante de intimidar a sus estudiantes como lo describe Marías.

Igual de fascinante resulta el lenguaje arcaizante de las últimas novelas de Andres Trapiello que recrean la figura de Don Quijote a modo de homenaje al mundo cervantino. Se trata de “Al morir Don Quijote” y “El final de Sancho Panza y otras suertes”. Se me antoja extremadamente estimulante esa lluvia incansable de palabras desusadas, tan añejas que sin embargo, logran introducirnos tan acertadamente en ese universo literario tan excepcional de los tiempos de Cervantes.

Con todo, tal y como afirma Doris Lessing en “El cuaderno dorado”: Solamente hay una manera de leer, que es huronear en bibliotecas y librerías, tomar libros que llamen la atención, leyendo solamente esos, echándolos a un lado cuando aburren, saltándose las partes pesadas y nunca, absolutamente nunca, leer algo por sentido del deber o porque forma parte de una moda o un movimiento. Recuerde que el libro que le aburre cuando tiene veinte años o treinta años, le abrirá perspectivas cuando llegue a los cuarenta o a los cincuenta años o viceversa.

Autor: Maite Mateos

PALABRAS

palabrasSuenan las palabras
atrapadas en su musicalidad
sin decir nada, vacías, huecas,
amortajadas,
o llenas de profundidad,
de misterio, de fuerza…
Palabras siempre atrapadas
en la red de las imágenes,
en la urdimbre de las ideas,
en el entramado de los miedos,
en el estruendo de lo virtual,
en la algarabía de lo tangible…
Palabras efímeras,
palabras que persiguen la eternidad,
palabras siempre atrapadas,
aferradas,
buscando la libertad.

Autor: Maite Mateos

VIDAS DE SUEÑOS PERDIDOS

III

Con todo, yo guardaba muy dentro de mí algunos temores respecto a la nueva aventura que estaba emprendiendo. La perspectiva del viaje me resultaba muy excitante. Había hecho la maleta pero, el mayor peso con el que iba a cargar era con el de mis expectativas y mis miedos.
Las primera impresión que obtuve de la ciudad de Barcelona, en cuanto pisé el apeadero del barrio de la Bordeta, no resultó demasiado agradable. Barcelona era entonces una ciudad sucia y ruidosa, envuelta en una penumbra grisácea procedente de las numerosas chimeneas que se alzaban aquí y allá como los estandartes de un ejército de operarios, tan grises como el ambiente que les rodeaba. Las gentes parecían acudir en masa, con gestosadustos, hacia las inmundas fábricas que les engullían como si de enormes y hambrientos cachalotes se trataran.  Port.Vida
Presenta, Juan y yo habíamos bajado del tren cargando con nuestros escasos bultos, justo a la hora punta, en que los trabajadores acudían a sus puestos de trabajo. Juan dirigió la marcha desde el andén hacia el barrio donde teníamos apalabrada una vivienda de alquiler. Recorrimos varias calles a pie, mientras Juan iba preguntando a unos y a otros, por la dirección que llevaba apuntada en un papel. A mí me resultaba algo chocante el acento de la mayoría de aquellas personas con las que nos cruzábamos y nos indicaban amablemente la dirección correcta que debíamos seguir. Sentía una enorme curiosidad por oír hablar a las gentes en catalán pero, cada vez que Juan se dirigía a alguien con su acento murciano, le contestaban en castellano con un acento que anunciaba completamente la costumbre de hablar otro idioma no muy diferente al nuestro, como tampoco eran muy diferentes el portugués, el gallego, el italiano o el francés. De todos esos idiomas, yo solo conocía como sonaba el francés, pues lo había oído hablar a un profesor en la escuela de Mazarrón y en algunos momentos me había resultado bastante inteligible. Otros no tanto. Pero por lo que me habían explicado, el catalán era bastante más fácil de entender que el francés. O eso esperaba. Pero no me preocupaba demasiado. Solo sentía curiosidad.

Autor: Maite Mateos

Los Pastorcillos y la Sibila / Els Pastorets i la Sibil·la

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Las representaciones escénicas en torno a la historia del nacimiento del niño Jesús eran ya muy frencuentes durante la Edad Media en muchos rincones de Europa. Tenían el objetivo de reafirmar el dogma de fe en la historia sagrada cristiana durante las celebraciones de final de año. Dichas representaciones tuvieron tal éxito y continuidad en el tiempo que perduran aún hoy en Cataluña bajo la nominación de “Els Pastorets” y en sus múltiples versiones de tono cada vez más jocoso e incluso irreverente se continúan representando con éxito, ya no en las iglesias pero sí en los teatros, en las escuelas e incluso en la televisión.

Reconozco que cuando era niña las representaciones de “Els Pastorets” me fascinaban y con todo, cuando aún hoy las veo representarse en la escuela de mi hija, echo de menos una visión realmente crítica y reflexiva de dicha tradición enmarcada en el “auténtico estado laico” y en la “auténtica escuela laica” que deberíamos tener.

Y eso es lo que he intentado hacer en “Los Pastorcillos y la Sibila” y en su versión catalana “Els Pastorets i la Sibil·la”, recoger la tradición pastoril y la tradición de la Sibila para crear una nueva representación crítica de “Els Pastorets”, con la idea de ofrecer a los niños y a sus padres una lectura más laica y reflexiva de las tradiciones.

Autor: Maite Mateos

VIDAS DE SUEÑOS PERDIDOS

II

Yo era la mayor de siete hermanos. Presenta, Paquita, Fuensanta, Esperanza, Salustiano, Pedro y yo, María. Juntos acudíamos a la escuela de Mazarrón y compartíamos el aula junto a otros muchos chiquillos de distintas edades. El profesor a duras penas podía imponer un ritmo adecuado de estudios. Muchos eran los que abandonaban su educación antes de cumplir siquiera los catorce años para embarcarse en la aventura de la vida. Sin embargo, mi gran aventura, si puede llamarse así, no comenzaría hasta pasados lo dieciocho años. Ya era toda una moza casadera cuando tomé la decisión de que en el pueblo no había futuro para mí y me embarqué como muchos otros rumbo a Barcelona. Atrás dejé a un pretendiente, hijo de un administrativo, José, un chico aburrido que me prometía una vida aburrida. Coser siempre para otros, casarme, tener hijos…

Coser parecía ser mi única expectativa pero, si me habían enseñado a coser, por lo menos que sirviera para algo, para huir de la amenazante mediocridad, pensaba yo. Tal vez en Barcelona encontraría la oportunidad para dibujar que no atisbaba por ninguna parte en Mazarrón.

¿Dibujar? ¿Dibujar qué? ¿Quién te pagará por dibujar? Me preguntaba Catalina, mi madre, moviendo negativamente la cabeza. No le hacían ninguna gracia mis ambiciones. La asustaban. Al menos Presenta, Fuensanta y Esperanza, se mostraban más dóciles y los planes que mi madre tenía para ellas parecían ir viento en popa. Presenta congeniaba con Juan, Fuensanta con Manolo y Esperanza con Antonio. Los tres eran hijos de un viudo con quien Fausta, la hermana de mi madre, se había casado tiempo atrás.

Pero a mí tal vez sí me pagarían por coser, y con más probabilidades en Barcelona que no en Mazarrón, donde todas las minas estaban cerrando. También Juan, Manolo y Antonio querían ir en busca de nuevas oportunidades en Barcelona. Se decía que allí se estaban buscando trabajadores para el puerto, para la construcción del metro y la Exposición Universal. De modo que mi madre y su hermana Fausta se pusieron manos a la obra para arreglar las bodas de Presenta, Fuensanta y Esperanza antes de que sus respectivos novios se marcharan. Solo Presenta se marcharía con Juan a modo de avanzadilla y yo les acompañaría. Mi madre no logró convencerme para que me quedara y me casara con José. Yo no sentía nada por él y mi único anhelo de entonces era dibujar y encontrar a alguien que realmente supiera ver algo en mis dibujos, algo más que una ama de su casa o una madre para sus hijos.

 

Autor: Maite Mateos

La pluma

La encontré en el fondo del cajón de un viejo escritorio que compré en un rastro. Debía ser muy antigua porque el plumín era muy largo y esbelto, de acero, con elegantes grabados florales que se repetían a lo largo del portaplumas de plata. Era un objeto exquisito, de punta itálica, que se adaptaba a la mano con increíble facilidad pero, lo más sorprendente de todo, es que parecía rebosar tinta fresca, lista para usar. Dispuse un folio en blanco sobre la mesa del escritorio y me apresuré a comprobar si era posible comenzar a escribir con ella, sin más. Me quedé anonadada al ver emerger la tinta negra con todPlumaa fluidez sobre el papel, en forma de preciosas y pulidas letras como jamás antes había logrado esbozar y, del mismo modo, comenzaron a fluir mis pensamientos.
Pese a que mi vecina bramaba con su voz retumbante, agitanada y soez, como siempre, desde el piso de arriba y sus familiares le contestaban en el mismo tono, dejando oír sus voces igualmente desagradables, yo continuaba escribiendo con soltura. Nada parecía poder importunarme teniendo aquella pluma en la mano. Se cerró una puerta con un fuerte golpe y se oyeron los ruidosos y precipitados pasos de los vecinos que bajaban por las escaleras arrastrando con ellos toda su maldad y vulgaridad en forma de gritos, pataleos y bandazos, hasta que por fin poco a poco se fueron alejando y extinguiéndose. Pero yo continuaba escribiendo con la pluma, impertérrita, imaginando que ya nunca más volverían, especialmente ella, con su cuerpo repugnante, hinchado y deforme, sus piernas patizambas y esperpénticas.
Todo el mundo la odiaba en el edificio y con todo, algunos la saludaban con hipócritas sonrisas cargadas de falsa amabilidad, no les fuera a ocurrir lo que a otros y se acabaran encontrando con sus casas desvalijadas, destrozadas, o con sus coches rayados por todos lados… Cuánta falsedad, inútil coraza y vacía transigencia. La repugnancia y el rechazo que despiertan las personas dañinas es un instinto sano que nos salvaguarda mucho más eficazmente del mal que nos puedan reportar, que la hipocresía y la falsa tolerancia que algunos profesan reprimiendo sus sanos instintos. Es un rechazo justificado que nada tiene que ver con la xenofobia, definida en el diccionario de la Real Academia Española como el odio, la repugnancia y la hostilidad contra los extranjeros. Que fácilmente se confunden unas cosas con las otras …
No. Yo no exageraba en absoluto sobre lo dañina que era mi vecina y su familia, que nada tenía de extranjera. Su ojos eran tan pequeños y malignos como el de las ratas y tan huidiza como ellas no parecía haber un solo policía capaz de meterla en una jaula-prisión de la que nunca jamás pudiera escapar, por muchas razones que diera para que la encerraran. De modo que, como las ratas, continuaba moviéndose entre cloacas, arrastrando toda su mierda consigo.
Veía su cuerpo de rata volviéndose día tras día más pesado y abotargado. La veía corriendo delante del camión de la basura, como una auténtica alimaña. Intentaba esquivarlo. Con su chulería de siempre creía estar lográndolo. Aún pensaba sacar tajada del seguro del conductor si éste la hacía el menor rasguño. Sin embargo, el camión de la basura avanzaba impertérrito. De pronto, de forma inaudita, la pasó por encima, despanzurrándola. Y aunque no quise ver más, sentí que algo dentro de mí se liberaba.
Dejé la pluma sobre el papel. Repentinamente los pensamientos se agotaban y las palabras ya no fluían con rapidez. Miré hacia la ventana y noté con sobresalto que el teléfono estaba sonando. Fui a cogerlo y contesté con desgana. Del otro lado, sonó la voz excitada de una de mis amigas que vivía dos calles más abajo. Sus palabras se agolpaban una tras otra y me costó entender lo que me estaba diciendo. Hasta que finalmente lo entendí todo. La maldita vecina de los ojos de rata se acababa de matar con el coche. De los que viajaban con ella no se sabía aún si habían sobrevivido. El camión de la basura se les había cruzado en el camino y los había empotrado contra un muro de contención.
Me quedé sin aliento. Colgué y me dirigí rápidamente hacia el escritorio. Bajo la pluma había quedado una mancha de tinta que recordaba a una rata despanzurrada. Cogí la pluma con cuidado, limpié el plumín y la volví a depositar en el fondo del cajón del viejo escritorio. Tenía un no se qué de espeluznante aquella pluma pero, decidí guardarla como un auténtico tesoro.

Autor: Maite Mateos