La pluma

La encontré en el fondo del cajón de un viejo escritorio que compré en un rastro. Debía ser muy antigua porque el plumín era muy largo y esbelto, de acero, con elegantes grabados florales que se repetían a lo largo del portaplumas de plata. Era un objeto exquisito, de punta itálica, que se adaptaba a la mano con increíble facilidad pero, lo más sorprendente de todo, es que parecía rebosar tinta fresca, lista para usar. Dispuse un folio en blanco sobre la mesa del escritorio y me apresuré a comprobar si era posible comenzar a escribir con ella, sin más. Me quedé anonadada al ver emerger la tinta negra con todPlumaa fluidez sobre el papel, en forma de preciosas y pulidas letras como jamás antes había logrado esbozar y, del mismo modo, comenzaron a fluir mis pensamientos.
Pese a que mi vecina bramaba con su voz retumbante, agitanada y soez, como siempre, desde el piso de arriba y sus familiares le contestaban en el mismo tono, dejando oír sus voces igualmente desagradables, yo continuaba escribiendo con soltura. Nada parecía poder importunarme teniendo aquella pluma en la mano. Se cerró una puerta con un fuerte golpe y se oyeron los ruidosos y precipitados pasos de los vecinos que bajaban por las escaleras arrastrando con ellos toda su maldad y vulgaridad en forma de gritos, pataleos y bandazos, hasta que por fin poco a poco se fueron alejando y extinguiéndose. Pero yo continuaba escribiendo con la pluma, impertérrita, imaginando que ya nunca más volverían, especialmente ella, con su cuerpo repugnante, hinchado y deforme, sus piernas patizambas y esperpénticas.
Todo el mundo la odiaba en el edificio y con todo, algunos la saludaban con hipócritas sonrisas cargadas de falsa amabilidad, no les fuera a ocurrir lo que a otros y se acabaran encontrando con sus casas desvalijadas, destrozadas, o con sus coches rayados por todos lados… Cuánta falsedad, inútil coraza y vacía transigencia. La repugnancia y el rechazo que despiertan las personas dañinas es un instinto sano que nos salvaguarda mucho más eficazmente del mal que nos puedan reportar, que la hipocresía y la falsa tolerancia que algunos profesan reprimiendo sus sanos instintos. Es un rechazo justificado que nada tiene que ver con la xenofobia, definida en el diccionario de la Real Academia Española como el odio, la repugnancia y la hostilidad contra los extranjeros. Que fácilmente se confunden unas cosas con las otras …
No. Yo no exageraba en absoluto sobre lo dañina que era mi vecina y su familia, que nada tenía de extranjera. Su ojos eran tan pequeños y malignos como el de las ratas y tan huidiza como ellas no parecía haber un solo policía capaz de meterla en una jaula-prisión de la que nunca jamás pudiera escapar, por muchas razones que diera para que la encerraran. De modo que, como las ratas, continuaba moviéndose entre cloacas, arrastrando toda su mierda consigo.
Veía su cuerpo de rata volviéndose día tras día más pesado y abotargado. La veía corriendo delante del camión de la basura, como una auténtica alimaña. Intentaba esquivarlo. Con su chulería de siempre creía estar lográndolo. Aún pensaba sacar tajada del seguro del conductor si éste la hacía el menor rasguño. Sin embargo, el camión de la basura avanzaba impertérrito. De pronto, de forma inaudita, la pasó por encima, despanzurrándola. Y aunque no quise ver más, sentí que algo dentro de mí se liberaba.
Dejé la pluma sobre el papel. Repentinamente los pensamientos se agotaban y las palabras ya no fluían con rapidez. Miré hacia la ventana y noté con sobresalto que el teléfono estaba sonando. Fui a cogerlo y contesté con desgana. Del otro lado, sonó la voz excitada de una de mis amigas que vivía dos calles más abajo. Sus palabras se agolpaban una tras otra y me costó entender lo que me estaba diciendo. Hasta que finalmente lo entendí todo. La maldita vecina de los ojos de rata se acababa de matar con el coche. De los que viajaban con ella no se sabía aún si habían sobrevivido. El camión de la basura se les había cruzado en el camino y los había empotrado contra un muro de contención.
Me quedé sin aliento. Colgué y me dirigí rápidamente hacia el escritorio. Bajo la pluma había quedado una mancha de tinta que recordaba a una rata despanzurrada. Cogí la pluma con cuidado, limpié el plumín y la volví a depositar en el fondo del cajón del viejo escritorio. Tenía un no se qué de espeluznante aquella pluma pero, decidí guardarla como un auténtico tesoro.

Autor: Maite Mateos

La eterna querella… Contra el sexismo

Maruja Torres explica en su libro Mujer en Guerra que durante una entrevista o conversación que mantuvo con Doris Lesing, autora de El Cuaderno Dorado y Premio Nobel de literatura, ésta afirmó lo siguiente: yo siento un gran respeto hacia las mujeres que no se detienen, que luchan, que siguen adelante, pero desprecio a las que solo saben quejarse y hablar. Y Maruja Torres acaba comentando: santas palabras. Si las mujeres abandonáramos el victimismo y el resentimiento y dedicáramos el tiempo de la queja a la plena realización personal, avanzaríamos considerablemente en nuestra lucha.
Pero, ¿Eso bastaría? ¿Es todo una mera qüestión de conseguir realizarse personalmente, si es que las circunstancias que vive cada una lo permiten? Yo estoy convencida de que el tema es mucho más complejo que eso, o peor aún, pienso que aún es más detestable el caso de aquellas mujeres que ni siquiera se quejan, ni les preocupa el tema de la opresión sexista en la que continuamos todas inmersas, hayamos conseguido realizarnos personalmente o no. Seguramente se debe a que esas mujeres han logrado beneficiarse económicamente de ese sistema que a la mayoría nos oprime o bien han conseguido subir algunos o muchos escalafones en la lucha por el poder, pero se trata, no lo olvidemos, del poder patriarcal. Y algunos aún tendrán la desfachatez de preguntarse ¿Qué quiere decir con eso del poder patriarcal? Porque creerán que estoy confundiéndo e identificando a los hombres con el concepto de poder patriarcal y la realidad es bien distinta. Yo coincido con la también Premio Nobel de literatura, Elfriede Jelinek cuando afirma: yo no lucho contra los hombres, sino contra el sistema, que es sexista.
La pregunta clave tal vez sería ¿Cuándo, cómo y porqué se ininició el sistema sexista o patriarcal? ¿Ha existido alguna vez un sistema que no sea sexista? El sexismo se ha implantado en todo el mundo, cierto, hasta en el más remoto rincón de la Tierra, pero también es igual de cierto que existen pequeños reductos sociales repartidos aquí y allá donde el sistema no es en absoluto sexista. Están siendo profusamente estudiados por destacados antropólogos que utilizan términos como matrilinealidad o matrilocalidad para definirlos e intentan escapar del concepto de matriarcado, demasiado criticado en según que ámbitos, puesto que da lugar a confusiones conceptuales. Intentan huir de esas ideas asociativas tan perjudiciales que identifican al matriarcado con el dominio de las mujeres sobre los hombres… aunque eso esté muy alejado de la realidad.
Anne Baring, psicoanalista y Jules Cashford, experta en mitología y folklore, después de analizar un gran número de imágenes de diosas mitológicas de diferentes civilizacionnes, desde el paleolítico hasta las diversas representaciones de la virgen María contemporáneas, descubrieron paralelismos entre culturas supuestamente inconexas y esos paralelismos los resumieron bajo lo que llamaron principio femenino pero que quizá sea más acertado llamar mentalidad primigenia, una mentalidad primigenia hoy desaparecida, en la que existía una integración entre los sexos, una relación entre lo manifiesto con lo no manifiesto, entre lo visible y lo invisible, donde la muerte no era el final, sino una mera fase de un ciclo mayor, al igual que entendían la luna como algo que formaba parte de un ciclo de renovación continua que englobaba el renacimiento y la transformación, donde se aceptaban los aspectos más luminosos y más oscuros de la variada realidad que es la vida. Entendían, también, que formaban parte de la naturaleza como un todo y la muerte era necesaria para renovar la vida.
Pero esta mentalidad primigenia, llegado un momento en la historia fue desapareciendo para dar paso al sexismo, una nueva mentalidad con una visión de la muerte como final absoluto y opuesto a la vida, como algo espeluznante, despiadado y carente de promesas de renacimiento. La naturaleza y la luna, identificada con la mujer, quedó relegada a la oscuridad, a lo malo, mientras que comenzaron a identificar al sol con la masculinidad, con lo bueno y lo noble, con la heroicidad. Los nuevos dioses que fueron surgiendo a partir de esa nueva mentalidad fueron adquiriendo todos ese cariz, relegando a un segundo plano a los anteriores, identificados desde entonces con las fuerzas más tenebrosas y oscuras de la naturaleza. Ante el creciente miedo a la muerte fue surgiendo la necesidad de alcanzar la inmortalidad durante la vida y es así como se iniciaron las grandes religiones monoteístas, donde un único dios era el único creador de todo, un dios que prometía la “vida eterna”. Se impuso desde entonces la idea de que el dios, el espíritu, siempre masculino, es el creador de la naturaleza y no la naturaleza la creadora del espíritu.
Resulta muy interesante esta aportación de Jules Cashford y Anne Baring al análisis del tema y genera una vez más preguntas como ésta ¿Por qué desapareció esa mentalidad primigenia, que solo pervive en algunas manifestaciones materiales del pasado, en retazos de los relatos mitológicos y literarios y en algunas sociedades matrilienales desperdigadas por el mundo de hoy?
Y cuando hablo de mentalidades ha de quedar claro que éstas no deben identificarse con el concepto de religión. Las mentalidades pueden dar lugar a las religiones, de hecho, las mentalidades están muy estrechamente ligadas con las religiones pero, las mentalidades no son religiones.
Y prefiero utilizar el concepto de mentalidad primigenia porque resulta molesta la reacción de algunos hombres que creen que cuando estás hablando de principio femenino, feminismo o matriarcado estás diciendo que todo lo relativo a las mujeres es bueno mientras que cuando estás hablando de patriarcado creen que les estás atacando en cuanto a hombres, atribuyendo todo lo malo a los hombres en general, cuando en realidad estamos hablando solo de personas sexistas. Sencillamentte, una persona, por el hecho de ser de sexo masculino no tendría porqué identificarse con lo patriarcal o con el sexismo, que es lo mismo.
El problema es que, aunque la mentalidad primigenia no está identificada exclusivamente con las mujeres, la mentalidad patriarcal si está identificada exclusivamente con los hombres, aunque incluya a hombres y mujeres que pretenden dominar política, económica y socialmente a todo aquel que se oponga a su nueva construcción mental, sea hombre o mujer, pero en especial ha atacado y ataca al sexo femenino, atribuyéndole todo lo malo, lo sucio, lo débil y lo abyecto. No es de extrañar pues que muchas mujeres reaccionen de alguna manera ante tanto oprobio.
Hablemos pues de mentalidad sexista definitivamente y superemos el concepto de patriarcado de una vez.

Así pues, machismo, sexismo, misogínia… Todo eso forma parte del poder sexista, que ha cimentado nuestras mentalidades, la de todos, hombres y mujeres, pertenezcan al sexo o a la cultura que pertenezcan y su empeño máximo es dominar, controlar a la mujer.
En el mundo occidental tenemos que luchar contra Aristóteles, contra Pablo de Tarso (el creador del cristianismo) y contra otros tantos autores que han defendido la inferioridad de la mujer respecto al hombre, hasta llegar a Kant y Nietzsche, los grandes difusores de la idea de que la mujer es un ser bello pero falto de inteligencia. Antaño se recurría al poder de la imagen esculpida o pintada para transmitir esa idea. Artistas como Matisse, Ingres y otros, utilizaban la imagen de la belleza de la mujer para controlarla, para inculcar que la única ambición de la mujer debía ser el esforzarse en conseguir ser bella, en responder a los cánones de belleza que se les imponía año tras año. Y hoy día continúan utilizándose las fotos y las películas con el mismo objetivo.
En el mundo oriental, en cambio, los empezinados en perpetuar el sistema sexista, utilizan el espacio para dominar a las mujeres prohibiéndolas, a través de la xara, la ley inspirada en el Corán, el acceso a los lugares públicos si no van tapadas. Y con todo, según las palabras de la socióloga magrebí Fatema Mernissi, ni los fanáticos extremistas más fervientes argumentan nunca que las mujeres sean inferiores a los hombresEs más, lo irónico, es que en Oriente, tierra de harenes, poligamia y velos, los musulmanes siempre han soñado, tanto en la literatura como en la pintura, con mujeres reivindicativas, decididas, incontrolables y expresivas. La Sherezade de “Las mil y una noches” ocupaba las fantasías de los árabes, mientras que los persas pintaban princesas aventureras como Shirin…
Los musulmanes, por tanto, siempre han reconocido la inteligencia y la capacidad intelectual de las mujeres mientras que en occidente, tradicionalmente, no han sido consideradas aptas para el pensamiento analítico o profundo. Por eso, la violencia para intentar controlar a la mujer es más visible en el mundo islámico que en el occidental, afirma Fatema Mernissi. En occidente, en cambio, la estrategia elegida para intentar dominar a las mujeres es más sutil que un burka o un velo. En el mundo occidental el arma utilizada contra las mujeres es equiparar juventud y belleza, y condenar la madurez, de la misma manera que la restricción de los espacios públicos es el arma utilizada en Oriente. El objetivo es idéntico en las dos culturas: hacer que las mujeres se sientan fuera de lugar, ineptas y feas… y así dominarlas.
Lo que propone exactamente Fatema Mernissi en su libro El Harem Occidental, es que dejemos de obsesionarnos por nuestro aspecto físico, teniendo en cuenta que actualmente el régimen alimenticio es el sedante político más potente de la historia de las mujeres. Y yo me inclino a pensar que también muchos hombres acaban siendo víctimas de obsesiones similares respecto a su aspecto físico, porque al fin y al cabo, a los poderosos también les interesa manipular a las grandes masas, pertenézcan éstas al sexo que pertenezcan.
Joumana Haddad, poetisa, traductora y periodista libanesa propone, a más a más, matar en nuestro interior al mito de Sherezade, porque está convencida de que es un mito que transmite un mensaje equivocado: No enseña resistencia y rebelión a las mujeres, tal y cómo se insinúa al discutir y analizar el personaje. En realidad, les enseña a hacer concesiones y a negociar con sus DERECHOS fundamentales. Las convence de que complacer al hombre, ya sea con una historia, una buena comida, un par de tetas de silicona, un buen polvo, o lo que sea, es el modo de abrirse pado en la vida. ¿Y a eso lo llaman ingenio? ¿Y a eso lo llaman resistencia?
En su libro, Yo maté a Sherezade, Joumana Haddad afirma también que no deberíamos aceptar ser mujeres en espera, tanto si se trata de una ocasión, una oportunidad, un acontecimiento u, obviamente un hombre. Tenemos que levantarnos, acercarnos, extender la mano hacia lo que queremos y tomarlo. O, por lo menos intentarlo.

La questión es que pese a la resistencia, el ingenio y la rebeldía de tantas mujeres a lo largo del tiempo continua triunfando la mentalidad sexista, un sexismo que se ha ido extendiendo por todas las esferas de nuestras vidas desde hace siglos, con sus altos y bajos.
Lucía Etxebarria en su libro La Eva futura, propone acertadamente iniciar la deconstrucción de la masculinidad y la feminidad tradicionales puesto que el desigual ritmo de los perfiles de género está dificultando nuestras vidas, la de los hombres y las mujeres, nuestras relaciones y nuestras posibilidades para desarrollarnos como individuos libres.
Pero parece una tarea de titanes luchar contra el sexismo, tan arraigado está en la construcción mental de práticamente todas las sociedades, sobre todo en aquellas donde las religiones, ya sean politeistas o monoteistas continuan subsistiendo y manifestándose públicamente… Porque de hecho, todas las grandes religiones de hoy día son sexistas. Cualquier intento de querer interpretarlas en términos de igualdad sexual, dentro de lo que llaman teología feminista, estuvo y está condenado al fracaso. Es más, también las nuevas teologías que se están creando al margen de las grandes religiones que presumen de no ser sexistas e incluso se definen como feministas, están condenadas al fracaso.

La única solución pasará por la construcción de una nueva mentalidad que deje enterrada en el olvido a la mentalidad sexista y eso solo ocurrirá cuando quede obsoleta hasta la última manifestación pública de religiosidad monoteísta o politeista que pueda dejar nuestras mentes de nuevo entre penumbras. Porque la única manera de deconstruir la mentalidad sexista y crear una nueva mentalidad, pasa por abrir las mentes de cada uno de nosotros a todos los pensamientos, sean cuales sean, para ser capaces de analizarlos en profundidad e impedir que nadie pueda volver a manipularlos nunca más.

Autor: Maite Mateos

Rosa de fuego

Rosa de fuego
Me la dio un dragón negro,
enorme y diminuto,
terrible e insignificante.
Ni él quería dármela ni yo tomarla.
Escapó de sus fauces un día
y hoy arde en mi alma.
Rosa de fuego
¿La consumirá el tiempo cómo a las otras?

Autor: Maite Mateos

La niña que no podía dormir

No puede dormir. Ella se ha ido para siempre. Ya no regresará. Lo sabe. Pero desea con todas sus fuerzas que vuelva.
En el cole, durante la celebración del día de la Paz, les pidieron que confeccionaran una frase, un deseo que plasmar sobre un papel. Luego pegaron la frase en un mural donde habían dibujado una paloma en el centro. Y a ella solo se le ocurrió desear que su madre regresara. Así lo escribió sobre el papel: deseo que vuelva mi madre. Sí. Desea que regrese de ese lugar al que llaman muerte. Es esa palabra, acompañada de la imagen de su madre perdida en un lugar innombrable, la que domina sus pensamientos. ¿Dónde está la paz para ella sin su madre? No hay paz en su mente. Los pensamientos, vuelan, vienen y van batallando entre ellos, pugnando por salir. Por eso siente el impulso de escribir en el grupo de whatsapp que ha creado, sin importarle la hora, buscando a alguien con quien poder hablar. Tal vez su amiga Aiyana aún esté despierta…
-Hola.
-Xènia. No son horas de estar con el wpp. Aiyana ya hace horas que duerme.
-Yo no he hecho nada. Además. Estaré si quiero.
-Tendrías que estar durmiendo. Solo tienes 10 años.
-No tengo ganas.
-No seas mala.
-Nooooo…..
Pasan los días y no puede dormir. Quieren que escriba en un diario en lugar de en el wpp. A Aiyana le encanta la idea. Se lo intercambiarán como si mantuvieran una conversación. Una lo tendrá durante la noche y la otra durante el día. Xènia escribirá en él durante las largas horas nocturnas porque cómo no puede dormir…
Pero, ¿Qué escribirá en la primera página? ¿Y si se bloquea, cómo le ocurre cuando sus pensamientos batallan y pugnan por salir sin lograrlo? De momento va a ver si encuentra un libro que le dé alguna idea. Cree que por ahí tiene algún volumen de cuentos que no ha acabado nunca. Cuando se lo leía su madre siempre se quedaba dormida…

Erase una vez una niña que no podía dormir. Una malvada bruja había lanzado una maldición sobre ella el día de su nacimiento. La bruja había afirmado que cuando la niña cumpliera diez años se llevaría a su madre. Y así fue. En cuanto la pequeña cumplió los diez años llegó la bruja y se llevó a la madre consigo. La niña no entendía por qué. Desde entonces no podía dormir pensando en cómo rescatar a su madre. Por eso decidió salir en busca de alguien que le pudiera dar alguna explicación. Pero a todo aquel a quien preguntaba le daba la espalda y huía espantado al escuchar tan solo el nombre de la malvada bruja. Todos la tenían miedo. Caminando, caminando, la niña llegó hasta un frondoso bosque. Allí fue donde el cansancio la venció, se sentó junto a un manantial y al poco de haber probado su cristalina agua, se quedó rendida sobre un tupido manto verde de fresca hierba.
Y la muchachita soñó despierta que corría por entre los árboles de aquel espeso bosque, esquivando las ramas que a duras penas la dejaban entrever la figura de una mujer que le recordaba a la malvada bruja. Tenía que atraparla y averiguar a dónde se había llevado a su madre. Tropezó en varias ocasiones con alguna raíz gigante que sobresalía de la tierra pero, en su afán por no perder a la mujer de vista se apresuraba a levantarse y continuar corriendo. Hasta que finalmente llegó a un claro del bosque. La figura de la mujer se perdió entre los árboles y una enorme claridad lo invadió todo. La pequeña quedó deslumbrada por algunos instantes. Los colores de las flores que tapizaban el suelo resaltaban como oro líquido y allí, sentada sobre aquel manto multicolor se hallaba su madre, más hermosa que nunca. La niña, invadida por la euforia se precipitó a abrazarla. Y sintió una vez más su calidez y la dulzura de sus palabras.
-¿Por qué no logras dormir? Si no duermes no podremos encontrarnos en sueños…
-Pero yo quiero que vuelvas conmigo a casa. Te echo de menos.
-No puedo. Ya es imposible.
-¿Es por culpa de la malvada bruja? ¡Yo podría vencerla! ¡Podría matarla!
– ¡Oh! No es posible matarla. Ella es la Muerte. Pero no es malvada. Mírala.
Y la niña volvió sus ojos hacia donde indicaba su madre. Allí estaba la mujer, erguida frente a ellas. Pero no parecía en absoluto una bruja espantosa, sino que su aspecto era el de una bella y serena mujer. La pequeña se sobresaltó.
-Pero todos dicen que es mala. ¡Con sus malvados poderes se presenta con la imagen de una hermosa mujer pero su verdadero aspecto debe ser realmente repugnante!
-Lo que puedan decir de ella no es cierto. No la conocen como yo. Es compasiva, liberadora y yo ahora formo parte de ella y de ti… No debes temer nada de la Muerte. Éste que ves es nuestro aspecto en tus sueños y en tu vida seremos como el polvo de estrellas que te rodeará por doquier, que penetrará hasta el rincón más íntimo de tu ser, para que recuerdes siempre nuestra presencia. No somos en absoluto malvadas.
-¡Pero debe serlo! ¡Te separa de mí!
-No para nada. No nos separa. En realidad ahora podremos estar más unidas que nunca. Solo tienes que pensar en mí, recordarme y conseguir dormirte. Porque en sueños siempre podremos volver a encontrarnos. ¿Me prometes que cada noche vendrás a buscarme? Cuántas más horas duermas, más horas podremos permanecer juntas…
Y la niña se lo prometió.

Autor: Maite Mateos

Entrando en el corazón de las cosas

Afirma Rosa Montero en “La loca de la casa” que escribir para dar un mensaje traiciona la función primordial de la narrativa, la búsqueda del sentido. Se escribe para aprender, para saber y uno no puede emprender ese viaje de conocimiento llevando previamente las respuestas consigo…
Y en parte tiene mucha razón. No obstante no puedo parar de darle vueltas a esa reflexión. Javier Marías, en “Literatura y Fantasmas” es quizá más esclarecedor cuando afirma que el escritor cuenta y explica, y al hacerlo se cuenta y se explica lo que de otra forma no habría llegado a saber ni a enterder jamás. Pero pienso que, quizá, sí es posible escribir con la intención de dar un mensaje sin traicionar el objetivo primordial de la literatura, siempre que no se cargue al mismo tiempo con todas las respuestas, respuestas cerradas que no dejen margen para la duda y la reflexión.
Sí. Escribimos para contar y explicar algo, y ese algo a menudo, sino siempre, contiene un mensaje, peor o mejor encubierto. Hasta las historias más ociosas y frívolas, escritas con el único objeto de entretener, contienen mensajes en su interior. A veces esos mensajes son tan frívolos y ociosos como las historias en sí que los envuelven. Es más, pueden ser del todo malévolos o inconscientes o incluso peligrosos. Peligrosos cuando llevan todas las respuestas consigo y no dejan margen para la duda y el pensamiento. Eso me conduce a darle vueltas a una reflexión de Belén Gopegui, extraída del prólogo a “Los Parentescos” de Carmen Martín Gaite: …realmente no acierto a pensar qué otra cosa pueden hacer las historias si no es modificar los pensamientos, los deseos, los temores de las personas y de esta forma el mundo. Leer sólo es el principio.
Puede resultar terriblemente peligroso que se utilizen las historias para manipular el pensamiento de las personas. Son tantos los libros escritos con ese objetivo… Especialmente los libros de carácter religioso. Siempre he pensado que mi afición por leer deriva de una necesidad de encontrar respuestas. Pero sé que todas las respuestas no las encontraré en un solo libro. Y cuando escribo no pretendo que los mensajes que puedan encerrar mis escritos sirvan para imponer mi pensamiento, todo lo contrario. Pretendo simplemente incitar a la reflexión.
Es evidente que todas las historias contienen mensajes, pues escribimos para comunicar algo, para indagar, para buscar en los seres que nos rodean y en nosotros mismos una explicación para nuestras reacciones, nuestras contradicciones y nuestras ambigüedades. El problema, la traición sobreviene, pienso yo, cuando se escriben historias para transmitir un mensaje cerrado, un mensaje que no incita a la reflexión. Paul Auster en “El Palacio de la luna” lo expresa de una manera muy hermosa hablando del arte y lo mismo se puede aplicar a la escritura: descubrió que el verdadero sentido del arte no era crear objetos bellos. Era un método de conocimiento, una forma de penetrar en el mundo y encontrar el sitio que nos corresponde en él, y cualquier cualidad estética que pudiera tener un cuadro determinado no era más que un subproducto casual del esfuerzo de librar esta batalla, de entrar en el corazón de las cosas.

Maite Mateos

El anciano

Entró en la panadería con pasos pesados, fatigados. Una cuerda sujetaba sus viejos pantalones remendados a modo de cinturón y su desgastado jersey de lana lucía más de un lamparón imposible de eliminar, pese a su frecuente paso por la lavadora. No llevaba calcetines. Ya hacía tiempo que el simple intento de ponérselos representaba toda una odisea y había acabado por desistir. Ahora se limitaba a calzarse con sus viejas sandalias sobre los pies desnudos, a pesar de las bajas temperaturas que se respiraban a principios de primavera. Pero en la panadería el ambiente siempre era muy agradable en contraste con el de la calle. Había varias personas haciendo cola y el anciano buscó con la mirada una silla donde poder sentarse durante la espera. Siempre había dos viejas sillas de estructura metálica con respaldos acolchados y podía esperarse que una de ellas estuviera desocupada, a no ser que el lugar estuviera abarrotado de gente, como solía ocurrir durante los días festivos. Y aquel viernes “santo” era uno de esos días en que se presentaban en el pueblo una multitud de personas que, escapando de las ciudades, buscaban la supuesta tranquilidad del campo y el magnífico pan rústico de toda la vida, elaborado en un horno de leña, a la antigua usanza. La espera se hacía entonces interminable mientras unos acaban de decidirse por las cocas variadas y otros por los brazos de pastelería de diferentes gustos que también se ofertaban en la panadería.
No obstante, el anciano encontró una de las sillas desocupada y se sentó en ella no sin cierta dificultad. El duro trabajo del campo siempre acaba pasando factura y él nunca pudo disfrutar de uno de esos nuevos tractores tan confortables que incorporan hasta aire acondicionado en el interior de sus cabinas. Pero también eso le pasará factura al planeta con los años, por mucho que a los jóvenes de hoy en día no parezca preocuparles en absoluto. Mientras no tengan que doblar demasiado el espinazo les da lo mismo. Algunos se llenan la boca hablando con orgullo de agricultura ecológica porque no utilizan según qué pesticidas y respetan todas las normativas vigentes para cobrar subvenciones, pero en realidad no tienen ni idea de lo que es la verdadera agricultura, la agricultura realmente sostenible para el planeta y quizá también la más sostenible para la economía: la agricultura no intensiva, la agricultura que prescinde de tractores u otras maquinarias y de sus sucios e irrespirables carburantes. La agricultura del verdadero sudor de los brazos y las piernas, que podría dar empleo o simplemente la posibilidad de comer a tanta gente, la agricultura de las mulas, los arreos y… En fin, llegado a este punto, si ha estado expresando sus pensamientos en voz alta, siempre le hacen callar llamándole viejo romántico o peor aún, carcamal. Es que se ha perdido incluso el respeto a los mayores, a la voz de la sabiduría. Y se ve obligado a responder con socarronería no vaya a ser que le tomen a uno por un imbécil retrógrado incapaz de asimilar el imparable progreso. ¡Progreso! ¡Bah! ¡Qué paciencia! Que sabrán los jóvenes de lo que realmente significa la palabra progreso. Solo son capaces de relacionarla con palabras como tecnología o con la ley del mínimo esfuerzo. ¡Que lástima! No son conscientes de que van derechos a la autodestrucción y la destrucción de todo lo que les rodea por ese camino. El verdadero progreso va ligado al máximo esfuerzo, a la renuncia, al respeto, a la capacidad de discernir entre lo que de verdad deseamos o necesitamos para alcanzar el auténtico bienestar sin pisar el bienestar del otro… Pero ante el reflejo de las miradas de incomprensión no puede uno ni expresar lo que piensa con total libertad. A veces es mejor ensimismarse en los propios pensamientos y callar. Pero le da rabia hacerlo ¿Por qué no lee más la gente? Trabajar en el campo no tiene porqué impedir ser una persona leída ¡Carajo!
Repentinamente se apagan las luces de la panadería y la dependienta se refugia en el obrador, dejando a todos los clientes que aún quedaban por despachar, a la vista de los nazarenos, el grupo de los más fervorosos creyentes del pueblo encabezados por el cura que en ese mismo momento, enarbolándo la imágen de un Cristo ensangrentado, se ha detenido frente al escaparate del establecimiento murmurando plegarias incomprensibles, entre las cuales solo se distingue una palabra con claridad, pronunciada a coro, de forma repetitiva: ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! …
“¡La hostia!” Piensa el anciano arrancado bruscamente de sus propias meditaciones. “Lo que me faltaba por aguantar hoy. Es delirante. ¿Es que ya no hay respeto ninguno? No claro. ¿Qué se puede esperar de las religiones y de sus creyentes? No respetan a nada ni a nadie. No respetan al descreído. No respetan a los que necesitan trabajar con sosiego, a los que desean comprar con tranquilidad, ni a los ancianos que necesitan que los dejen en paz con sus pensamientos. Son unos verdaderos artistas del chantaje emocional y han de recordarnos a todas horas y con más hincapié aún, cuando nos acercamos al final de nuestras vidas que, quizá al otro lado, no nos espera la simple muerte, sino que con certeza nos espera un horrendo suplicio si hemos sido pecadores y no nos arrepentimos a tiempo… ¡Qué memez! ¡Qué manera de jugar con los miedos de la gente! ¿Qué importa lo que habrá al otro lado? Lo único cierto es que al otro lado hallaremos la muerte”.
Y fuera del local continúan salmodiando los fervorosos creyentes: ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! … Solo cuando por fin se alejan y cesan sus plegarias y murmuraciones, se encienden las luces de la panadería y emerge por fin del obrador la dependienta, preguntando por el siguiente al que le toca despachar.

Autor: Maite Mateos