VIDAS DE SUEÑOS PERDIDOS

III

Con todo, yo guardaba muy dentro de mí algunos temores respecto a la nueva aventura que estaba emprendiendo. La perspectiva del viaje me resultaba muy excitante. Había hecho la maleta pero, el mayor peso con el que iba a cargar era con el de mis expectativas y mis miedos.
Las primera impresión que obtuve de la ciudad de Barcelona, en cuanto pisé el apeadero del barrio de la Bordeta, no resultó demasiado agradable. Barcelona era entonces una ciudad sucia y ruidosa, envuelta en una penumbra grisácea procedente de las numerosas chimeneas que se alzaban aquí y allá como los estandartes de un ejército de operarios, tan grises como el ambiente que les rodeaba. Las gentes parecían acudir en masa, con gestosadustos, hacia las inmundas fábricas que les engullían como si de enormes y hambrientos cachalotes se trataran.  Port.Vida
Presenta, Juan y yo habíamos bajado del tren cargando con nuestros escasos bultos, justo a la hora punta, en que los trabajadores acudían a sus puestos de trabajo. Juan dirigió la marcha desde el andén hacia el barrio donde teníamos apalabrada una vivienda de alquiler. Recorrimos varias calles a pie, mientras Juan iba preguntando a unos y a otros, por la dirección que llevaba apuntada en un papel. A mí me resultaba algo chocante el acento de la mayoría de aquellas personas con las que nos cruzábamos y nos indicaban amablemente la dirección correcta que debíamos seguir. Sentía una enorme curiosidad por oír hablar a las gentes en catalán pero, cada vez que Juan se dirigía a alguien con su acento murciano, le contestaban en castellano con un acento que anunciaba completamente la costumbre de hablar otro idioma no muy diferente al nuestro, como tampoco eran muy diferentes el portugués, el gallego, el italiano o el francés. De todos esos idiomas, yo solo conocía como sonaba el francés, pues lo había oído hablar a un profesor en la escuela de Mazarrón y en algunos momentos me había resultado bastante inteligible. Otros no tanto. Pero por lo que me habían explicado, el catalán era bastante más fácil de entender que el francés. O eso esperaba. Pero no me preocupaba demasiado. Solo sentía curiosidad.

Autor: Maite Mateos

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VIDAS DE SUEÑOS PERDIDOS

II

Yo era la mayor de siete hermanos. Presenta, Paquita, Fuensanta, Esperanza, Salustiano, Pedro y yo, María. Juntos acudíamos a la escuela de Mazarrón y compartíamos el aula junto a otros muchos chiquillos de distintas edades. El profesor a duras penas podía imponer un ritmo adecuado de estudios. Muchos eran los que abandonaban su educación antes de cumplir siquiera los catorce años para embarcarse en la aventura de la vida. Sin embargo, mi gran aventura, si puede llamarse así, no comenzaría hasta pasados lo dieciocho años. Ya era toda una moza casadera cuando tomé la decisión de que en el pueblo no había futuro para mí y me embarqué como muchos otros rumbo a Barcelona. Atrás dejé a un pretendiente, hijo de un administrativo, José, un chico aburrido que me prometía una vida aburrida. Coser siempre para otros, casarme, tener hijos…

Coser parecía ser mi única expectativa pero, si me habían enseñado a coser, por lo menos que sirviera para algo, para huir de la amenazante mediocridad, pensaba yo. Tal vez en Barcelona encontraría la oportunidad para dibujar que no atisbaba por ninguna parte en Mazarrón.

¿Dibujar? ¿Dibujar qué? ¿Quién te pagará por dibujar? Me preguntaba Catalina, mi madre, moviendo negativamente la cabeza. No le hacían ninguna gracia mis ambiciones. La asustaban. Al menos Presenta, Fuensanta y Esperanza, se mostraban más dóciles y los planes que mi madre tenía para ellas parecían ir viento en popa. Presenta congeniaba con Juan, Fuensanta con Manolo y Esperanza con Antonio. Los tres eran hijos de un viudo con quien Fausta, la hermana de mi madre, se había casado tiempo atrás.

Pero a mí tal vez sí me pagarían por coser, y con más probabilidades en Barcelona que no en Mazarrón, donde todas las minas estaban cerrando. También Juan, Manolo y Antonio querían ir en busca de nuevas oportunidades en Barcelona. Se decía que allí se estaban buscando trabajadores para el puerto, para la construcción del metro y la Exposición Universal. De modo que mi madre y su hermana Fausta se pusieron manos a la obra para arreglar las bodas de Presenta, Fuensanta y Esperanza antes de que sus respectivos novios se marcharan. Solo Presenta se marcharía con Juan a modo de avanzadilla y yo les acompañaría. Mi madre no logró convencerme para que me quedara y me casara con José. Yo no sentía nada por él y mi único anhelo de entonces era dibujar y encontrar a alguien que realmente supiera ver algo en mis dibujos, algo más que una ama de su casa o una madre para sus hijos.

 

Autor: Maite Mateos

VIDAS DE SUEÑOS PERDIDOS

I

La memoria puede ser muy mezquina y a menudo nos traiciona. Recordamos las cosas tal y como desearíamos recordarlas y rara vez como realmente ocurrieron. Nos esforzamos por ser lo más fieles posibles a la memoria pero, ésta acostumbra a fallarnos y llenamos los vacíos con las fantasías y con los sueños que siempre nos acompañan, a todas horas. Sueños llenos de esperanza o sueños perdidos para siempre.
Insistimos en recuperar esos sueños que envuelven nuestra memoria para reconstruir nuestra vida pasada con el objetivo de encontrarle un sentido
pero, es un trabajo tan arduo…

Mi padre era constructor de carros y llevaba siempre encima uno de aquellos lápices de aspecto aplastado que solían usar los carpinteros.
Cada noche yo fijaba la vista en aquel lápiz, ambicionándolo. Esperaba a que mi padre se fuera a acostar para cogerlo y dibujar, dibujar todo aquello que mis ojos veían de día y soñaban de noche. Hasta que cansada y somnolienta volvía a dejarlo en su sitio, en el bolsillo izquierdo de la chaqueta de mi padre y me iba por fin a la cama.
No recuerdo bien porqué se me antojaba tan especial aquel lápiz. Solo sé que era diferente de aquellos que utilizábamos en la escuela y tal vez por eso mismo yo le dotaba de una particularidad casi mágica. Permitía hacer unos trazos tan diferentes… No eran unos trazos especiales. Simplemente eran diferentes y eso a mí me resultaba fascinante en aquel entonces.
En casa bien hubieran querido pagarme unas clases de dibujo pero, tenían nueve bocas que alimentar y la empresa resultaba del todo imposible para una familia numerosa sostenida por un único sueldo de humilde operario. Aunque no siempre había sido así.
La casa en la que vivíamos se alzaba sobre una colina hueca por dentro, sembrada de túneles excavados día y noche por duros mineros. Era una casa enorme y señorial que contrastaba con la familia humilde que la habitaba. Pertenecía al dueño de la mina, quien años atrás la abandonó para residir en lugares más frecuentados y menos solitarios. La mina aún estaba en pleno apogeo y el dueño había ofrecido a mi abuelo el puesto de administrador y le había cedido la casa que, tiempo después ocuparía mi padre.
En aquella época se estaba extrayendo mucho plomo en otras propiedades, fruto de una enorme veta localizada en la zona. El dueño de la mina, administrada entonces por mi padre, había mandado excavar nuevos túneles en dirección a aquella veta pero, al llegar por fin al lugar, se descubrió que ésta acababa precisamente allí donde comenzaba su propiedad.
El chasco fue enorme. Lo único que encontraron fue pirita, una piedra dorada parecida al oro que entonces no valía nada.
Ninguna botella de cava rodó colina abajo. Es más, se cerró la mina definitivamente y mi padre se vio obligado a buscar un nuevo empleo. Bajó al pueblo y allí inició su andadura como constructor de carros.

Autor: Maite Mateos