La pluma

La encontré en el fondo del cajón de un viejo escritorio que compré en un rastro. Debía ser muy antigua porque el plumín era muy largo y esbelto, de acero, con elegantes grabados florales que se repetían a lo largo del portaplumas de plata. Era un objeto exquisito, de punta itálica, que se adaptaba a la mano con increíble facilidad pero, lo más sorprendente de todo, es que parecía rebosar tinta fresca, lista para usar. Dispuse un folio en blanco sobre la mesa del escritorio y me apresuré a comprobar si era posible comenzar a escribir con ella, sin más. Me quedé anonadada al ver emerger la tinta negra con todPlumaa fluidez sobre el papel, en forma de preciosas y pulidas letras como jamás antes había logrado esbozar y, del mismo modo, comenzaron a fluir mis pensamientos.
Pese a que mi vecina bramaba con su voz retumbante, agitanada y soez, como siempre, desde el piso de arriba y sus familiares le contestaban en el mismo tono, dejando oír sus voces igualmente desagradables, yo continuaba escribiendo con soltura. Nada parecía poder importunarme teniendo aquella pluma en la mano. Se cerró una puerta con un fuerte golpe y se oyeron los ruidosos y precipitados pasos de los vecinos que bajaban por las escaleras arrastrando con ellos toda su maldad y vulgaridad en forma de gritos, pataleos y bandazos, hasta que por fin poco a poco se fueron alejando y extinguiéndose. Pero yo continuaba escribiendo con la pluma, impertérrita, imaginando que ya nunca más volverían, especialmente ella, con su cuerpo repugnante, hinchado y deforme, sus piernas patizambas y esperpénticas.
Todo el mundo la odiaba en el edificio y con todo, algunos la saludaban con hipócritas sonrisas cargadas de falsa amabilidad, no les fuera a ocurrir lo que a otros y se acabaran encontrando con sus casas desvalijadas, destrozadas, o con sus coches rayados por todos lados… Cuánta falsedad, inútil coraza y vacía transigencia. La repugnancia y el rechazo que despiertan las personas dañinas es un instinto sano que nos salvaguarda mucho más eficazmente del mal que nos puedan reportar, que la hipocresía y la falsa tolerancia que algunos profesan reprimiendo sus sanos instintos. Es un rechazo justificado que nada tiene que ver con la xenofobia, definida en el diccionario de la Real Academia Española como el odio, la repugnancia y la hostilidad contra los extranjeros. Que fácilmente se confunden unas cosas con las otras …
No. Yo no exageraba en absoluto sobre lo dañina que era mi vecina y su familia, que nada tenía de extranjera. Su ojos eran tan pequeños y malignos como el de las ratas y tan huidiza como ellas no parecía haber un solo policía capaz de meterla en una jaula-prisión de la que nunca jamás pudiera escapar, por muchas razones que diera para que la encerraran. De modo que, como las ratas, continuaba moviéndose entre cloacas, arrastrando toda su mierda consigo.
Veía su cuerpo de rata volviéndose día tras día más pesado y abotargado. La veía corriendo delante del camión de la basura, como una auténtica alimaña. Intentaba esquivarlo. Con su chulería de siempre creía estar lográndolo. Aún pensaba sacar tajada del seguro del conductor si éste la hacía el menor rasguño. Sin embargo, el camión de la basura avanzaba impertérrito. De pronto, de forma inaudita, la pasó por encima, despanzurrándola. Y aunque no quise ver más, sentí que algo dentro de mí se liberaba.
Dejé la pluma sobre el papel. Repentinamente los pensamientos se agotaban y las palabras ya no fluían con rapidez. Miré hacia la ventana y noté con sobresalto que el teléfono estaba sonando. Fui a cogerlo y contesté con desgana. Del otro lado, sonó la voz excitada de una de mis amigas que vivía dos calles más abajo. Sus palabras se agolpaban una tras otra y me costó entender lo que me estaba diciendo. Hasta que finalmente lo entendí todo. La maldita vecina de los ojos de rata se acababa de matar con el coche. De los que viajaban con ella no se sabía aún si habían sobrevivido. El camión de la basura se les había cruzado en el camino y los había empotrado contra un muro de contención.
Me quedé sin aliento. Colgué y me dirigí rápidamente hacia el escritorio. Bajo la pluma había quedado una mancha de tinta que recordaba a una rata despanzurrada. Cogí la pluma con cuidado, limpié el plumín y la volví a depositar en el fondo del cajón del viejo escritorio. Tenía un no se qué de espeluznante aquella pluma pero, decidí guardarla como un auténtico tesoro.

Autor: Maite Mateos

EL PUÑAL

Asegura que me quiere igual que siempre, tal vez más que antes pero, que quizá, nuestros caminos debieran separarse para siempre. Sus oscuras palabras cargadas de pesadumbre, desasosiego e insatisfacción, llegan a mis oídos y se introducen en mi interior como la afilada hoja de un acerado puñal. Y no entiendo nada. Solo sé que le quiero y que la idea de la separación está muy alejada de mis pensamientos, por mucho que reconozca que alguna vez aparece en ellos como una nebulosa amenazante. Una oscura nebulosa a la que condeno al destierro sin contemplaciones ante la angustia atenazante de la sola idea del distanciamiento y la separación. Entonces solo queda un dolor punzante, cortante en lo más profundo, como el que infligiría la fina hoja de doble filo de un largo puñal. Y la incomprensión. Si yo no quiero y él no quiere, si yo le quiero y él me quiere ¿Qué necesidad hay de separarse?
Y él insiste en que no quiere, pero debe y yo continúo sintiendo la fría amenaza del afilado puñal cerniéndose sobre mí.

(Narración extraída de Mil y un interiores)
Autor: Maite Mateos

OBSESIÓN

No quieres traicionarte pero sigues empuñando el boli. De acuerdo, sigue por ese camino. Ya no soy yo. Soy yo y tú al mismo tiempo. Dos opciones soledad o sociedad. Soledad no es aislamiento. Soledad es el tiempo, un tiempo que no es tiempo sino eternidad. Yo y tú. Sola conmigo misma.
¿Amor? ¿No podré escapar de ello? ¡Si soy una vieja ya! Vejez como maldad. Juventud como belleza y bondad… Cuánta distorsión, cuánta confusión, cuánta equivocación…
Soy una bruja de plateados cabellos y solo con plata puedo peinarlos.
¡Ser malévolo! ¡Infame virago! ¿Qué juventud del alma podrías mostrar? ¿Qué juventud? ¿Qué belleza?
Sobre ti caerá la soledad…
¡Y qué! ¡No me asusta!
¿Soy una bruja de plateados cabellos? ¿De viles pensamientos? ¿Por qué me siento así? ¿Qué he hecho?
¿Amor? ¿Soledad? ¿Muerte? No me asustan. Prefiero la soledad al sufrimiento. No quiero sufrir. No quiero amar. No quiero aceptar la muerte. Y sufro escribiendo esto. Las lágrimas resbalan por mis mejillas y sin embargo, no puedo detener esta mano que manejando el boli se niega a obedecerme. El papel se emborrona. La mano, la mente, todo en uno. Ambos unidos para luchar ¿Contra qué? ¿Contra el amor? ¿La soledad? ¿La muerte?
Inútil empeño.

Autor: Maite Mateos

PLENITUD

Sentí sus manos, de tacto tenue y aterciopelado, recorriendo mi espalda, ascendiendo por mis hombros, descendiendo de nuevo por el perfil de mi cuerpo, posándose en mi cintura y avanzando hacia el monte de Venus, con delicadeza, despertando todos mis sentidos. Sus dedos cálidos, intrusivos, comenzaron a explorar los labios superiores,  desembocando en los inferiores para acabar encontrando el clítoris, mientras su lengua húmeda y fogosa, buscaba la mía.

Sentí todo el peso de su cuerpo sobre el mío, su carne abrasiva, su miembro ardiente indagando, buscando la cavidad escondida entre mis piernas abiertas y anhelantes. Y lo sentí entrar en mí, lentamente, regodeándose en cada recoveco, esperando con paciencia a que mis fluidos se convirtieran en una lujuriosa cascada dispuesta a dar paso al desenfreno, a la fuerza de sus envites cada vez más contundentes y embriagadores. Y yo me derretí, enardecí en aquel crescendo de placer, ansiando más y más y más, deseando que no acabara nunca, que aquel estallido, convulsión, espasmo se eternizara, se repitiera una y otra vez. Y sí. Aunque se tomara su tiempo, aunque se concediera todas las pausas que necesitara, continuaba en crescendo, en una culminación ardiente, incandescente, irresistible, que solo podía acabar por puro agotamiento, en una consunción de energías depauperadas, las suyas, las mías o las de mis sueños.

Y sentí que me estaba despertando, que me arrancaba de ese sueño para de nuevo volver a experimentar el tacto tenue y aterciopelado de sus manos recorriendo mi espalda…

Autor: Maite Mateos

REJUM

Hace unos años, buscando entre libros viejos encontré un manuscrito que mostraba signos de no haber sido leído nunca y cuya letra indescifrable era capaz de provocar mil mareos a cualquiera que se decidiera a transcribirla.
Pensé que tardaría en interpretar aquella caligrafía extraña pero, no me importaba, porque sabía que acabaría por conseguirlo. ¿Cuándo? Tampoco importaba. Y el hecho es que no tardé ni dos días en descubrir que las letras se estiraban de izquierda a derecha a modo de arabescos y que, de ese modo, podían leerse fácilmente palabras escritas en una lengua conocida. Simplemente se presentaban al revés, como si una mano zurda las hubiera trazado. Y seguramente así había sido. ¿Por qué tanto misterio? Me intrigaba y poco a poco fui desvelando aquella historia, verídica o no. ¿Quién hubiera imaginado que tras aquella hermosa figurita de Rejum se escondía todo el sentido…? Quisiera no tener que ser yo quien transmita al mundo la verdad que muchos desearían que fuera mentira. Si al menos no hubiéramos creído nunca en esa mentira… ¿De quién fue la culpa? ¿Quién inventó la mentira? Ya no importa. Solo el “por qué” podría darnos la clave.

Llegamos a Rejum una noche estrellada, deslumbrante. Las ruinas de la ciudad se recortaban en la oscuridad como si de un deshilachado y apolillado tapiz se tratara. Montamos las tiendas de campaña y nos dispusimos a descansar por aquella noche, ansiosos de levantarnos de buena mañana y ponernos a trabajar.
El día amaneció caluroso y soleado. Las ruinas de Rejum se presentaron entonces, ante nuestros ojos, como una verdadera obra de arte, magníficas y acogedoras tal y como las habíamos vislumbrado antes en las numerosas fotos que de la antigua cuidad se habían publicado. Muchos equipos de arqueólogos  pasaron por ella antes que nosotros y aún podían observarse las torpes huellas de algunos que, con sus rudimentarias técnicas de excavación, solo habían conseguido destruir parte de la belleza que les rodeaba.
Nos dirigimos hacia el centro de la ciudad, donde se alzaban los restos imponentes de un antiquísimo templo dedicado a divinidades olvidadas. Mucho se había trabajado ya en él, pero nada representativo se había encontrado. Se ignoraba a quien se había rendido culto allí, o si se había sacrificado a alguien o algo. Solo se deducía que debía ser un templo, por su situación y por la semejanza que presentaba respecto a los templos de otras culturas vecinas, perdidas en el fragor de los tiempos. Sea lo que sea había ejercido algún tipo de dominio sobre la ciudad, puesto que ningún otro edificio resaltaba tanto como éste, ni por su tamaño ni por su ornamentación.
Metopas, arquitrabes, columnas, tímpanos… Todo estaba profusamente decorado con imágenes que nadie aún había conseguido interpretar. Asemejábanse a plantas y animales. Al mismo tiempo eran el fruto de las más desbordantes fantasías, puesto que jamás se había visto cosa parecida sobre la faz de la tierra. El interior del templo, tan intensamente decorado como el exterior, parecía hablarnos en una lengua ignota que animaba a ser descifrada.
Muchos días pasamos en el interior de aquel santuario buscando algo que nos diera la clave de aquella ciudad que se alzaba sobre la arena de un desierto, a modo de oasis, sin ningún aparente recurso que pudiera haber alimentado y saciado la sed de todos sus, presumiblemente, numerosos habitantes. Nada encontrábamos y sus bajorrelieves continuaban siendo un misterio para nosotros. Flores exóticas, agua que corre y fieras fantásticas que sacian su sed era lo único que yo lograba sacar en claro de toda aquella iconografía. Incluso la tocaba y palpaba, ya que a eso invitaba, o así se me antojaba a mí.
Un día, acariciando con los dedos lo que parecía ser una enorme roca grabada en una de las paredes del santuario, me pareció sentir una ligera vibración proveniente de algún recóndito lugar. Palpé entonces con más fuerza todo el contorno de la roca y percibí con mayor intensidad la vibración, hasta el punto en que se me ocurrió apretar ejerciendo cierta fuerza hacia lado y lado. En aquel instante la vibración se convirtió en un auténtico chirriar y crujir de algún tipo de gozne. Excitado llamé a mis compañeros, que se apresuraron a llegar junto a mí para poder contemplar con estupor como se deslizaba ante nosotros parte de aquella pared, dejando al descubierto un oscuro túnel en el que apenas se entreveían los peldaños que descendían hacia alguna profundidad desconocida. Sugerí que alguien fuera a buscar linternas o cualquier cosa que pudiera alumbrarnos bien el camino. Mientras esperábamos la llegada de las linternas decidimos que no todos bajaríamos. Parte del equipo permanecería fuera y nos mantendríamos en contacto mediante los móviles, siempre que hubiera cobertura. Llegaron las linternas y comenzamos a descender por unos resbaladizos y húmedos escalones de piedra. ¿Humedad en un sitio tan árido como Rejum? –Nos preguntamos-. Era extraño. Cuando llegamos al último escalón, habiendo perdido ya la cuenta de todos ellos, nos encontramos en una enorme caverna, en cuyo centro podía verse un inmenso lago de mansas y cristalinas aguas. ¿Era ésta la explicación del misterio de Rejum? Aquellas aguas, sin duda alguna, debían ser o habían sido potables y seguramente habría algo que pescar en ellas. En otra ocasión bajaríamos con un equipo de pesca para comprobarlo.
En el lago se reflejaban miles de lucecitas proyectadas por los innumerables rayos de luz que se filtraban a través de las rocas porosas, de modo que si nos hubiéramos quedado sin linternas en aquel momento, hubiéramos tenido la suficiente claridad como para continuar explorando el lugar. Así se lo indiqué a mis compañeros y para constatarlo apagamos todas las linternas, mientras uno de nosotros se encargaba de comprobar si teníamos cobertura en los móviles para informar al resto del equipo de cómo progresaban nuestros descubrimientos.
Era realmente impresionante contemplar en aquellas profundidades un lago bajo la luz de unos rayos misteriosos, que se asemejaban a la luz natural pero, lo más sorprendente fue descubrir bajo la proyección concentrada de uno de ellos, una pequeña isleta coronada por un edificio similar al templo de Rejum, quizá incluso mejor conservado.
La luz de las linternas hasta aquel momento lo había mantenido en la sombra con sus reflejos, pero ahora podía vislumbrarse con cierta claridad.
Por desgracia, no hubo forma de comunicarse con los móviles y tuvimos que regresar para continuar otro día las investigaciones. El hallazgo nos había entusiasmado tanto que aquella noche nadie pudo pegar ojo. Yo ya veía mi nombre en la portada de todos los periódicos y mi foto con algún tesoro de incalculable valor intelectual entre mis brazos.
Por la mañana aún no habían llegado todos los equipos que habíamos solicitado, por lo que continuamos explorando la inmensa caverna. No pudo encontrarse ningún túnel más que aquel por el que habíamos entrado, de modo que nos contentamos con realizar interminables mediciones del terreno y numerosos análisis del agua. Como ya imaginaba, era potable.
Pasaron unos cuantos días antes de que llegara una lancha hinchable a aquel rincón perdido del desierto, donde el agua había dejado de escasear para nosotros. Incluso habíamos dejado de preocuparnos por la llegadapuntual de las provisiones, pues la pesca había dado sus frutos y con ellos nos regalábamos en todas las comidas.
Desde la orilla del lago elegida para zarpar una vez estuviera la lancha preparada, podíamos apreciar la belleza de la isla y del edificio que la coronaba en toda su magnitud. Presumiblemente, dada su  apariencia externa, se trataba de una copia exacta del templo de Rejum, es decir, un edificio consagrado al poder. Pero, ¿Ante qué tipo de poder nos encontrábamos? Tal vez ahora consiguiéramos hallar alguna evidencia.
Todas nuestras expectativas se vieron cumplidas al pisar la isla y comprobar que, efectivamente, teníamos ante nuestros ojos una copia exacta del templo de Rejum. La misma estructura, la misma iconografía…
Emocionados nos dirigimos hacia el interior. Franqueamos la puerta y nos introdujimos en una acogedora nave cuya cúpula central dejaba pasar algunos débiles rayos de luz que iluminaban un hermoso altar de alabastro.
Y allí estaba. Ojalá nunca la hubiéramos encontrado sobre aquel altar que debiera haber sido su tumba y el templo su mausoleo.
Y sin embargo, estaba escrito en los bajorrelieves, aún mudos para nosotros, que la despertarían. La despertarían o le despertarían.
No sé por qué afirmo que ojalá nunca la hubiéramos encontrado. Teníamos que encontrarla y descubrir la puerta secreta que se abriría para nosotros después de tantos siglos. ¿Qué descubriríamos tras aquella puerta?
De hecho la misma figurita lo revelaba. De porte frágil y esculpida en jaspe, presentaba un aspecto que a primera vista se podía interpretar como muy femenino. Pechos generosos, sinuosas curvas y un exquisito monte de Venus prometedor, sugerente y al mismo tiempo inquietante. La examinamos más de cerca y comprobamos que lo que habíamos tomado por un Monte de Venus podría ser fácilmente interpretado como un pequeño falo oculto entre el delicado vello labrado en jaspe de aquella hermosa figurita de Rejum.
¿Adoraban a un dios hermafrodita los antiguos habitantes de Rejum? El hallazgo de una figurita de jaspe no decía nada en sí mismo. Podría haber sido un antiguo dios/diosa o simplemente una joya escultórica muy preciada ya en sus tiempos.
Durante los días siguientes la figurita de Rejum fue sometida a numerosos exámenes y análisis. Con todo no avanzamos ni llegamos a ninguna conclusión.
¿Cómo hacer hablar a una figurita de jaspe? Silenciosa, muda y misteriosa como era despertaba en mi interior una inquietud compartida por todos mis compañeros. Su silencio era el misterio y también nuestra inquietud. ¿Por qué? No acertábamos a responder a tal pregunta.
No era el encanto de su belleza lo que más nos hechizaba, sino esa expresión en la cara que hablaba de poder, decisión y fuerza.
Precisamente fue en su monte de Venus donde encontramos la clave, y nunca mejor dicho, porque su sexo indefinido era un automatismo que actuaba a modo de imán al ponerlo en contacto con otro objeto y no fue difícil adivinar que otro objeto sería capaz de hacerlo accionar. Sin duda alguna debía tener forma de falo o vulva, de modo que observamos con atención el lugar en nuestro afán por localizar ese algo que pudiera recordar o asemejarse a un miembro viril… o femenil.
Así fue como examinando con atención el ara del templo descubrimos, en uno de los dos enormes pedestales que lo sostenían, un extraño bajorrelieve que no se parecía en nada a todo lo catalogado como arte por la humanidad entera y al mismo tiempo era difícil atreverse a afirmar que aquello no podía ser calificado de verdadera maravilla artística. Y de hecho, allí esculpido fue donde localizamos lo que buscábamos.
Tras comprobar que la estatuilla y el bajorrelieve encajaban a la perfección comenzaron a resonar ocultos resortes que permitieron que de algún modo el ara se deslizara para dejar paso a una escalinata que descendía, de nuevo, hacia misteriosas profundidades. Pero en esta ocasión estábamos preparados y más que organizados. No tuvimos más que encender nuestras linternas y cascos para comenzar a bajar por aquella escalinata tan semejante a la otra que nos había conducido hasta allí. Pocos escalones habíamos contado cuando nos encontramos ante una pequeña cámara repleta de pergaminos extraños, tanto por su escritura como por la manera… en fin, en el fondo no había nada que nos permitiera precisar porqué eran extraños aquellos pergaminos a simple vista. Probablemente se trataba de algo impregnado en el ambiente y en nuestro estado de ánimo, sencillamente.
El caso es que tardé mucho tiempo en descifrar aquella escritura y conocer la asombrosa historia de Rejum, o al menos la historia que contaron aquellos que concibieron tales escritos.
Los textos hablaban de un ser al que denominaban “Erdam Ejavlas” y todos en la ciudad lo veneraban como si de un dios o diosa se tratara.
Pero no era ni una cosa ni la otra. Era sencillamente una mujer, pero una mujer que ocupaba el más alto rango de su ciudad a modo de reina o emperatriz.
“Erdam Ejavlas” era dulce, amable, fuerte y su gobierno podía calificarse como lo más parecido a la idea de matriarcado que poseemos hoy día. Podía creerse que se trataba de una sociedad dominada por las mujeres donde los hombres quedaban siempre en un segundo plano y en cierto modo lo parecía. Pero realmente no era así.
Ambos sexos convivían en completa igualdad y respeto mutuo y al más alto rango podían acceder en iguales condiciones. De hecho ocurrió que un día Erdam Ejavlas murió y su lugar fue ocupado por Odaz Ejavlas, su sobrino nieto. Lo primero que hizo Odaz al llegar al poder fue cambiar el nombre de su linaje, en una pretensión de desvincularse totalmente del pasado. Se atribuyó el nombre de Odazilivic y a partir de ahí comenzó a dictar nuevas leyes. Ante su miedo cerval ante todo aquello que no podía comprender, reaccionó con prohibiciones de todo tipo, sin pararse a pensar ni reflexionar.
Le angustiaba todo aquello que fuera diferente a lo que él quería, creía o pensaba, empezando por el recuerdo de Erdam Ejavlas, a la que había temido por su fuerza, fuerza que resaltaba en mayor medida su propia debilidad. Así fue como persiguiendo a la diferencia, persiguió a todo lo femenino, relegando a las mujeres a un segundo plano en todos los aspectos. Sin embargo, las mujeres no se dejaron dominar tan fácilmente. Se sublevaron y hubo altercados que solo pudieron ser aplacados mediante la violencia. Algunas mujeres, intimidadas, acabaron bajando la cabeza y se amoldaron a la nueva situación. Otras, en cambio, continuaron luchando. Pasaron años y años.
Nuevos soberanos se sentaron en el trono de Rejum, todos hombres, y ninguno mostró ningún interés por cambiar nada de lo que Odazilivic había impuesto.
Un grupo de mujeres, autodenominadas “las Ejavlas” continuaron luchando por su antiguo status  dentro de la clandestinidad. Se ocultaron en diversos enclaves estratégicos y en ellos planearon una auténtica revolución, una revolución que aún tardaría en llegar, que está por llegar y que sus escritos despertarán.

Aquí me obligaron a interrumpir la traducción de la narración. Mi intención era continuar investigando, llegar hasta el final y publicar por fin mi trabajo, mi obra… Y sin embargo, me lo impidieron. Quienes subvencionaban las investigaciones se negaron a continuar invirtiendo en Rejum y su atención se desvió hacia otras ruinas o excavaciones arqueológicas que prometieran otro tipo de tesoro más rentable.
Yo tenía que comer y dar de comer a mi familia, de modo que también mi atención se vio desviada, por la necesidad, hacia otros proyectos. Pero Rejum continúa llamándome. Diversas preguntas golpean mi mente con frecuencia. ¿Qué pasó en Rejum? ¿Cómo acabó convertida en ruinas? ¿Qué ocurrió con las Ejavlas? Estoy seguro de que algo se me ha escapado, que hay algo más oculto entre tantos y tantos pictogramas aún indescifrables para mí.
No sé por qué he afirmado antes que ojalá no tuviera que ser yo quien transmita al mundo la verdad que muchos desearían que fuera mentira. Es más, ojalá pudiera disfrutar de nuevo de la oportunidad de volver a vislumbrar la verdad y encontrar todavía mucha más claridad en todos aquellos escritos que solo pude investigar a medias mientras que otros solo deseaban destruirlos.
Rejum fue un gran descubrimiento… pero el mundo es cruel. No quiso aceptar esa verdad que apenas vislumbraba y trató de destruirla para que el secreto quedara enterrado por siempre jamás. Mi gloria se vio truncada pero eso, con todo, fue lo que menos me importó. La verdad volvió a quedar oculta y las maravillas de las que se rodeaba fueron destruidas. Sin embargo, estoy seguro que un día la verdad volverá a salir a la luz más resplandeciente que nunca. Quien sabe. Quizá los escritos de Rejum no han sido destruidos y alguien, como yo tal vez, se ha preocupado por hacerse con un duplicado que mantiene escondido, y ahora mismo continua estudiándolos, vislumbrando algo más de la verdad, esperando  que llegue el momento de sacarlos a la luz.

(Narración extraída de Mil y un interiores)
Autor: Maite Mateos

NATSIKAP

Ya no siento el fuego que me abrasaba por dentro y que acababa escupiendo como los dragones de antaño pero, hoy son las brasas que tardan en consumirse tras los grandes incendios las que me torturan. Son las brasas de Natsikap. Por eso necesito contar mi historia ahora que he conseguido escapar de ese lugar porque, de lo que no quiero escapar es de su recuerdo.

Vivíamos en Natsikap sin esperanzas. Desde el principio de los tiempos que recordábamos, el Malsi había regido nuestras vidas. Allí los hombres éramos considerados una raza inferior. No podíamos salir de casa sin ir bien escoltados por alguna mujer de nuestra familia, bien cubiertos el cuerpo y la cara con un burka. No podíamos desempeñar ningún trabajo remunerado y solo las niñas asistían a los colegios y universidades. Nosotros nos quedábamos en nuestras casas realizando múltiples tareas domésticas, mientras que ellas y solo ellas leían el Naroc, libro sagrado del Malsi, en el cual se afirmaba que matar a un hombre no era pecado, siempre que fuera en nombre y salvaguardia del honor de la mujer. ¡Honor…! Lo llamaban así y muchos creían en ello. Pero, yo no. Yo era hombre y aún así leía el Naroc. Sé que en ninguna de sus páginas se afirmaba tal cosa. Mi madre me enseñó a leer y a escribir transgrediendo todas las normas. Lo hizo porque soñaba en un lugar donde los hombres y las mujeres pudieran ser considerados por igual. Mi madre quería a mi padre y entendía su sufrimiento. Sufría con él al verle condenado a vivir en un espacio limitado donde apenas podía respirar, necesitado de libertad para elegir, para desarrollar plenamente sus capacidades, sus propios sueños y anhelos. Pero murió enfermo, sin conseguirlo. Proyectó entonces mi madre todas sus esperanzas en mí. Yo tenía que huir un día de Natsikap y buscar ese lugar donde los hombres y las mujeres fueran considerados por igual. Sin embargo, de momento, vivíamos esclavizados por la pobreza. Ella trabajaba todos los días y ahorraba lo que podía, pero nunca era suficiente. Pensamos en la posibilidad de que yo saliera a trabajar acompañado por ella. Era la única opción después de habernos enterado de lo ocurrido a un vecino. Había enviudado y tenía dos hijas adolescentes. Por pura necesidad tuvo que salir a la calle sólo, tratando de vender en los mercados las artesanías que elaboraba en su casa. Sus dos hijas acudían aún obligatoriamente a la escuela. Allí habían escuchado las murmuraciones crecientes en torno al atrevimiento de su padre.

-Sin duda alguna se entrevista con alguna mujer – decían.

Fuera cierto o no el caso es que las Ancianas aconsejaron a la mayor de las hermanas que salvaguardara el honor de su familia. Si no podía convencer a su padre de que se quedara en casa, si no lograba retenerlo, o no le interesaba negociar con la mujer que se entrevistaba con su padre que contrajera matrimonio con él, solo le quedaba una solución. Matarlo. Debía hacerlo, era lo único que podía hacer. Eso argumentaban las Ancianas, las honorables conocedoras y guardianas del Naroc.

¿Qué iba a hacer esa niña? Mató a su padre. El “honor” de ella y su hermana quedó limpio y ninguna justicia la persiguió por ello pero, para poder comer, pasaron las dos a depender de la caridad de familiares y vecinos.

Dadas estas circunstancias, yo trabajé algunos años junto a mi madre, como dependiente en una tienda de antigüedades, pero era ella quien cobraba en mano el dinero de mi salario. Era un sueldo muy inferior al de una mujer, pero al menos era algo. Pasó el tiempo y ahorramos lo suficiente como para huir de aquel lugar y conocer otras tierras y lugares donde el hombre lograba equipararse bastante a la mujer. Mi madre vio cumplido su sueño, en parte, y yo pude respirar libertad, algo de libertad.

Hoy Natsikap sigue siendo un lugar sin esperanzas para muchos, los que continúan allí sintiendo el fuego que les abrasa por dentro y que aún tardará mucho en quedar convertido en brasas. Las brasas de Natsikap. ¿Llegará el día en que solo quede de Natsikap el recuerdo de sus cenizas?

(Narración extraída de Mil y un interiores)
Autor: Maite Mateos

EL AEROLITO

Era un día sorprendentemente soleado. Aquel brillo y resplandor que se detectaba allí donde quiera que uno posara la mirada era realmente sorprendente. No se había visto nunca tamaño fenómeno y pensé, o mejor dicho, tuve la impresión de que algo estaba por suceder, si es que no había sucedido ya. ¿Qué podría significar? ¿Lo percibían los demás de la misma forma que lo percibía yo? Por sus caras, por sus expresiones podría creerse que sí. Todos llevaban reflejado en la mirada la extrañeza, la expectación. ¿Por qué provocaba tanta inquietud un día sorprendentemente soleado? ¿Era inquietud lo que sentíamos o era, simplemente, temor a lo desconocido? ¿Acaso no es lo mismo?

Andaba por la calle, observándolo todo con verdadera aprensión, víctima de tales cavilaciones. Era extraño. El calor no era intenso, ni insoportable. Al contrario, era más bien agradable y de pronto ocurrió aquello. Era increíble y al mismo tiempo siempre había estado en la mente de todos. Lo vimos descender lentamente rodeado de un resplandor, a modo de un sol caído. ¿Por qué se me ha ocurrido tal expresión? ¿Acaso he visto un sol caído alguna vez? Aún así lo he imaginado muchas veces y lo que estaba observando coincidía punto por punto con el fruto de mis fantasías. ¿Coincidiría con las fantasías de los demás?
Y aquello acabó perdiéndose de vista. ¿Dónde caería? Corrimos todos hacia el lugar donde parecía que tenía que precipitarse, sin pensar que aquel lugar podría hallarse a muchos kilómetros de distancia. Pero también podía estar a pocos metros, unas calles más allá, pasado el puente, o tras la montaña que rodea la ciudad a modo de muralla impenetrable. Corrimos todos inútilmente. Nada encontramos. Sin embargo, el clima de inquietud, de extrañeza y de expectación, seguía latente en el ambiente y la gente se fue retirando hacia sus casas, ansiosa por ver el noticiario. Supongo que las calles quedaron inusualmente desiertas a tal hora del día pero, yo tampoco me quedé para comprobarlo. Encendí el televisor y esperé anhelante a que se hiciera alguna alusión a lo acontecido pocos minutos antes. Sin embargo, las noticias aún no habían empezado. Cuando por fin sonó la sintonía del Avance Informativo, pude satisfacer, en parte,  mi curiosidad e inquietud al escuchar que, un enorme meteorito, se había precipitado sobre una montaña de la que ya no quedaba nada. Por suerte no había que lamentar pérdidas de vidas humanas. Sin embargo, los primeros expertos que se habían acercado a la zona para examinar el fenómeno habían tenido que retirarse con precipitación, dada la extraña atmósfera que se respiraba en su proximidad. Esto había provocado gran alarma y ya se estaban realizando los primeros análisis para conocer la composición de los efluvios que exudaba la extraña piedra meteórica que había invadido nuestra atmósfera. Por el momento parecían no extenderse más allá del extrarradio de lo que fuera una conocida montaña muy transitada en días festivos por ciclistas, jinetes y excursionistas. Llegado a este punto, el noticiario desvió la atención de los espectadores hacia otros temas y apagué el televisor, dispuesto a reflexionar sobre lo que había visto y escuchado. Aquel sol caído ¿Era un meteorito? Hasta entonces no se me había pasado por la cabeza tal explicación. ¿Por qué había imaginado otra cosa? ¿Qué habían creído ver los otros? Yo pensé más bien en una enorme nave espacial, o en algo vivo que tenía unos inmensos ojos que me observaban, a mí. ¿Y a los demás?
No podía quedarme allí quieto, sin hacer nada. Tenía que volver a la oficina y, sin embargo, no podía resignarme a seguir la rutina de siempre. Algo me impelía  a tratar de averiguar lo que fuera por mí mismo. No obstante, las obligaciones pudieron conmigo y me guiaron de vuelta al trabajo. Desde allí, mi mente viajó hacia el aerolito, ansioso por ver con mis propios ojos el inusitado fenómeno.

La noche se cernía sobre la ciudad cuando dirigí mi vehículo hacia las afueras de la urbe. Me encontraba prácticamente solo en la carretera, puesto que siempre rehuyo las autopistas, nudos que enturbian la vista y todo sentido de la orientación. Nada hay más seguro que un solo camino de ida y vuelta. Los cruces y las revueltas son barreras que hay que evitar en la vida. Mi abuela siempre lo decía. No permitas que nada se interponga en tu camino, nada que no desees que se interponga para ayudarte a avanzar de forma más segura.
Y así avanzaba yo aquella noche, lento pero seguro, por una carretera plagada de curvas que, de forma sucesiva, subían y bajaban.  Una vez dejé atrás la sierra, que con sus suaves lomas amurallaba la ciudad, me encontré devorando kilómetros en campo llano, directo hacia la desaparecida montaña horadada por la piedra meteórica que yo, sin profesionalidad alguna acerca del tema, me proponía investigar. Y allí estaban los especialistas, a los que no quise acercarme por si acaso me descubrían y me obligaban a marcharme con el auxilio de alguna autoridad.
Por la radio había escuchado las últimas noticias. Los extraños efluvios habían desaparecido por completo y el aerolito iba perdiendo rápidamente las elevadas temperaturas que había alcanzado en el transcurso de su viaje, al entrar en la atmósfera terrestre y estrellarse.
Cuando descendí del coche, después de dejarlo bien a resguardo de toda mirada indiscreta, pude comprobar que, realmente, aquella piedra meteórica desprendía mucho calor, pero no el suficiente como para mantener apartado a ningún ser viviente. Al contrario. No tardé en darme cuenta de la presencia de dos perros y una lechuza que, atraídos por la acogedora temperatura, se iban aproximando más y más, sin ningún miedo, al aerolito. Yo seguí sus pasos. Descendimos por entre las rocas y la tierra revuelta, blanda, que circundaba a aquella piedra procedente del espacio exterior.
No sólo era calor, un acogedor calor, lo que emanaba de aquella piedra. ¡Despedía luz! Una luz más intensa cuanto más te acercabas a ella. Cuando pude tocar el meteoro con mis propias manos sentí una intensa sensación de placer y deseé más, mucho más. De pronto, se abrió el aerolito ante mis ojos como si de una fruta madura se tratara y sin pensármelo dos veces me aventuré hacia su interior, con la cabeza llena de sensaciones placenteras y temores ante lo desconocido, temores aplacados, sin embargo, por un sentimiento de necesidad y seguridad en mi elección, dispuesto a afrontar todos los contratiempos que se presentaran, por terribles que parecieran. Seres agresivos, sangre, muerte… Podría encontrarme con todo eso y más. Quizá perdiera mi vida allí. ¿Me importaba? ¿Qué había sido de mi vida hasta entonces? Ni lo sabía y ahora  necesitaba saberlo, necesitaba más e intuía que en el interior de aquella roca llegada del espacio encontraría muchas respuestas y no precisamente el tipo de respuestas que esperaban encontrar los científicos que, a pocos metros del lugar, trabajaban con modernos y potentes equipos de investigación. Todo lo que me rodeaba se me antojaba extraño y al mismo tiempo muy familiar. Me encontraba avanzando por una especie de pasillo estrecho cuando algo salió a mi encuentro. ¿Un ser? ¿Una criatura viva? Ni aún ahora puedo precisar qué era. Era algo y hubo otros algo. Algo que exigía, que me dificultaba y al mismo tiempo me allanaba el camino.

Por fin llegué al centro, a lo más hondo ¿De qué? Tan sublime, tan magnífico era lo que me rodeaba que perdí la noción de todo para llegar a saberlo todo, todo lo que quería o necesitaba saber. Por dónde salí, ya ni me acuerdo. Ni siquiera recuerdo como llegué a casa. Me encontré sentado delante del televisor, mirando las noticias una vez más. Un meteorito había caído en el fondo del mar y un equipo de submarinistas se disponía a sumergirse en las oscuras aguas marinas para llevar a cabo todas las investigaciones que fueran necesarias.

(Narración extraída de Mil y un interiores)
Autor: Maite Mateos