La niña que no podía dormir

No puede dormir. Ella se ha ido para siempre. Ya no regresará. Lo sabe. Pero desea con todas sus fuerzas que vuelva.
En el cole, durante la celebración del día de la Paz, les pidieron que confeccionaran una frase, un deseo que plasmar sobre un papel. Luego pegaron la frase en un mural donde habían dibujado una paloma en el centro. Y a ella solo se le ocurrió desear que su madre regresara. Así lo escribió sobre el papel: deseo que vuelva mi madre. Sí. Desea que regrese de ese lugar al que llaman muerte. Es esa palabra, acompañada de la imagen de su madre perdida en un lugar innombrable, la que domina sus pensamientos. ¿Dónde está la paz para ella sin su madre? No hay paz en su mente. Los pensamientos, vuelan, vienen y van batallando entre ellos, pugnando por salir. Por eso siente el impulso de escribir en el grupo de whatsapp que ha creado, sin importarle la hora, buscando a alguien con quien poder hablar. Tal vez su amiga Aiyana aún esté despierta…
-Hola.
-Xènia. No son horas de estar con el wpp. Aiyana ya hace horas que duerme.
-Yo no he hecho nada. Además. Estaré si quiero.
-Tendrías que estar durmiendo. Solo tienes 10 años.
-No tengo ganas.
-No seas mala.
-Nooooo…..
Pasan los días y no puede dormir. Quieren que escriba en un diario en lugar de en el wpp. A Aiyana le encanta la idea. Se lo intercambiarán como si mantuvieran una conversación. Una lo tendrá durante la noche y la otra durante el día. Xènia escribirá en él durante las largas horas nocturnas porque cómo no puede dormir…
Pero, ¿Qué escribirá en la primera página? ¿Y si se bloquea, cómo le ocurre cuando sus pensamientos batallan y pugnan por salir sin lograrlo? De momento va a ver si encuentra un libro que le dé alguna idea. Cree que por ahí tiene algún volumen de cuentos que no ha acabado nunca. Cuando se lo leía su madre siempre se quedaba dormida…

Erase una vez una niña que no podía dormir. Una malvada bruja había lanzado una maldición sobre ella el día de su nacimiento. La bruja había afirmado que cuando la niña cumpliera diez años se llevaría a su madre. Y así fue. En cuanto la pequeña cumplió los diez años llegó la bruja y se llevó a la madre consigo. La niña no entendía por qué. Desde entonces no podía dormir pensando en cómo rescatar a su madre. Por eso decidió salir en busca de alguien que le pudiera dar alguna explicación. Pero a todo aquel a quien preguntaba le daba la espalda y huía espantado al escuchar tan solo el nombre de la malvada bruja. Todos la tenían miedo. Caminando, caminando, la niña llegó hasta un frondoso bosque. Allí fue donde el cansancio la venció, se sentó junto a un manantial y al poco de haber probado su cristalina agua, se quedó rendida sobre un tupido manto verde de fresca hierba.
Y la muchachita soñó despierta que corría por entre los árboles de aquel espeso bosque, esquivando las ramas que a duras penas la dejaban entrever la figura de una mujer que le recordaba a la malvada bruja. Tenía que atraparla y averiguar a dónde se había llevado a su madre. Tropezó en varias ocasiones con alguna raíz gigante que sobresalía de la tierra pero, en su afán por no perder a la mujer de vista se apresuraba a levantarse y continuar corriendo. Hasta que finalmente llegó a un claro del bosque. La figura de la mujer se perdió entre los árboles y una enorme claridad lo invadió todo. La pequeña quedó deslumbrada por algunos instantes. Los colores de las flores que tapizaban el suelo resaltaban como oro líquido y allí, sentada sobre aquel manto multicolor se hallaba su madre, más hermosa que nunca. La niña, invadida por la euforia se precipitó a abrazarla. Y sintió una vez más su calidez y la dulzura de sus palabras.
-¿Por qué no logras dormir? Si no duermes no podremos encontrarnos en sueños…
-Pero yo quiero que vuelvas conmigo a casa. Te echo de menos.
-No puedo. Ya es imposible.
-¿Es por culpa de la malvada bruja? ¡Yo podría vencerla! ¡Podría matarla!
– ¡Oh! No es posible matarla. Ella es la Muerte. Pero no es malvada. Mírala.
Y la niña volvió sus ojos hacia donde indicaba su madre. Allí estaba la mujer, erguida frente a ellas. Pero no parecía en absoluto una bruja espantosa, sino que su aspecto era el de una bella y serena mujer. La pequeña se sobresaltó.
-Pero todos dicen que es mala. ¡Con sus malvados poderes se presenta con la imagen de una hermosa mujer pero su verdadero aspecto debe ser realmente repugnante!
-Lo que puedan decir de ella no es cierto. No la conocen como yo. Es compasiva, liberadora y yo ahora formo parte de ella y de ti… No debes temer nada de la Muerte. Éste que ves es nuestro aspecto en tus sueños y en tu vida seremos como el polvo de estrellas que te rodeará por doquier, que penetrará hasta el rincón más íntimo de tu ser, para que recuerdes siempre nuestra presencia. No somos en absoluto malvadas.
-¡Pero debe serlo! ¡Te separa de mí!
-No para nada. No nos separa. En realidad ahora podremos estar más unidas que nunca. Solo tienes que pensar en mí, recordarme y conseguir dormirte. Porque en sueños siempre podremos volver a encontrarnos. ¿Me prometes que cada noche vendrás a buscarme? Cuántas más horas duermas, más horas podremos permanecer juntas…
Y la niña se lo prometió.

Autor: Maite Mateos

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El anciano

Entró en la panadería con pasos pesados, fatigados. Una cuerda sujetaba sus viejos pantalones remendados a modo de cinturón y su desgastado jersey de lana lucía más de un lamparón imposible de eliminar, pese a su frecuente paso por la lavadora. No llevaba calcetines. Ya hacía tiempo que el simple intento de ponérselos representaba toda una odisea y había acabado por desistir. Ahora se limitaba a calzarse con sus viejas sandalias sobre los pies desnudos, a pesar de las bajas temperaturas que se respiraban a principios de primavera. Pero en la panadería el ambiente siempre era muy agradable en contraste con el de la calle. Había varias personas haciendo cola y el anciano buscó con la mirada una silla donde poder sentarse durante la espera. Siempre había dos viejas sillas de estructura metálica con respaldos acolchados y podía esperarse que una de ellas estuviera desocupada, a no ser que el lugar estuviera abarrotado de gente, como solía ocurrir durante los días festivos. Y aquel viernes “santo” era uno de esos días en que se presentaban en el pueblo una multitud de personas que, escapando de las ciudades, buscaban la supuesta tranquilidad del campo y el magnífico pan rústico de toda la vida, elaborado en un horno de leña, a la antigua usanza. La espera se hacía entonces interminable mientras unos acaban de decidirse por las cocas variadas y otros por los brazos de pastelería de diferentes gustos que también se ofertaban en la panadería.
No obstante, el anciano encontró una de las sillas desocupada y se sentó en ella no sin cierta dificultad. El duro trabajo del campo siempre acaba pasando factura y él nunca pudo disfrutar de uno de esos nuevos tractores tan confortables que incorporan hasta aire acondicionado en el interior de sus cabinas. Pero también eso le pasará factura al planeta con los años, por mucho que a los jóvenes de hoy en día no parezca preocuparles en absoluto. Mientras no tengan que doblar demasiado el espinazo les da lo mismo. Algunos se llenan la boca hablando con orgullo de agricultura ecológica porque no utilizan según qué pesticidas y respetan todas las normativas vigentes para cobrar subvenciones, pero en realidad no tienen ni idea de lo que es la verdadera agricultura, la agricultura realmente sostenible para el planeta y quizá también la más sostenible para la economía: la agricultura no intensiva, la agricultura que prescinde de tractores u otras maquinarias y de sus sucios e irrespirables carburantes. La agricultura del verdadero sudor de los brazos y las piernas, que podría dar empleo o simplemente la posibilidad de comer a tanta gente, la agricultura de las mulas, los arreos y… En fin, llegado a este punto, si ha estado expresando sus pensamientos en voz alta, siempre le hacen callar llamándole viejo romántico o peor aún, carcamal. Es que se ha perdido incluso el respeto a los mayores, a la voz de la sabiduría. Y se ve obligado a responder con socarronería no vaya a ser que le tomen a uno por un imbécil retrógrado incapaz de asimilar el imparable progreso. ¡Progreso! ¡Bah! ¡Qué paciencia! Que sabrán los jóvenes de lo que realmente significa la palabra progreso. Solo son capaces de relacionarla con palabras como tecnología o con la ley del mínimo esfuerzo. ¡Que lástima! No son conscientes de que van derechos a la autodestrucción y la destrucción de todo lo que les rodea por ese camino. El verdadero progreso va ligado al máximo esfuerzo, a la renuncia, al respeto, a la capacidad de discernir entre lo que de verdad deseamos o necesitamos para alcanzar el auténtico bienestar sin pisar el bienestar del otro… Pero ante el reflejo de las miradas de incomprensión no puede uno ni expresar lo que piensa con total libertad. A veces es mejor ensimismarse en los propios pensamientos y callar. Pero le da rabia hacerlo ¿Por qué no lee más la gente? Trabajar en el campo no tiene porqué impedir ser una persona leída ¡Carajo!
Repentinamente se apagan las luces de la panadería y la dependienta se refugia en el obrador, dejando a todos los clientes que aún quedaban por despachar, a la vista de los nazarenos, el grupo de los más fervorosos creyentes del pueblo encabezados por el cura que en ese mismo momento, enarbolándo la imágen de un Cristo ensangrentado, se ha detenido frente al escaparate del establecimiento murmurando plegarias incomprensibles, entre las cuales solo se distingue una palabra con claridad, pronunciada a coro, de forma repetitiva: ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! …
“¡La hostia!” Piensa el anciano arrancado bruscamente de sus propias meditaciones. “Lo que me faltaba por aguantar hoy. Es delirante. ¿Es que ya no hay respeto ninguno? No claro. ¿Qué se puede esperar de las religiones y de sus creyentes? No respetan a nada ni a nadie. No respetan al descreído. No respetan a los que necesitan trabajar con sosiego, a los que desean comprar con tranquilidad, ni a los ancianos que necesitan que los dejen en paz con sus pensamientos. Son unos verdaderos artistas del chantaje emocional y han de recordarnos a todas horas y con más hincapié aún, cuando nos acercamos al final de nuestras vidas que, quizá al otro lado, no nos espera la simple muerte, sino que con certeza nos espera un horrendo suplicio si hemos sido pecadores y no nos arrepentimos a tiempo… ¡Qué memez! ¡Qué manera de jugar con los miedos de la gente! ¿Qué importa lo que habrá al otro lado? Lo único cierto es que al otro lado hallaremos la muerte”.
Y fuera del local continúan salmodiando los fervorosos creyentes: ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! … Solo cuando por fin se alejan y cesan sus plegarias y murmuraciones, se encienden las luces de la panadería y emerge por fin del obrador la dependienta, preguntando por el siguiente al que le toca despachar.

Autor: Maite Mateos