LA MIRADA DE LA GÁRGOLA

Noté sus ojos fijos en los míos antes de entrar en el centro comercial que había junto a la catedral. Recordé que alguna vez había leído algo sobre ellas, las gárgolas, unas figuras escultóricas cuya función, al margen de la decorativa, era la de ahuyentar de los lugares sagrados, a los espíritus del mal o al mismo demonio.
Eso era. Era el mal lo que retumbaba en el interior de mi mente, el mal que se ocultaba en el secreto que acababa de explicarme mi mejor amiga. Había sellado mis labios con una promesa de silencio que ahora pesaba como una losa sobre mí, una losa sobre la que parecían descansar los ojos de piedra de la gárgola.
Las horas pasaron sin que pudiera centrar mi mente en otra cosa que no fuera la promesa que me sentía incapaz de cumplir. No debería haber hecho esa promesa. Por el bien de mi amiga, no debería haberla hecho y así se lo manifestaba mientras pasaba mis ojos sobre millares de fruslerías sin verlas. Pero mis palabras no parecían alcanzar a disuadirla de nada.
Cuando salimos del centro comercial sin haber llegado a comprar ni una triste nadería, la oscuridad se estaba cerniendo ya sobre el cielo de la catedral. Apenas se distinguían sus elementos escultóricos y me sentí aliviada por haber escapado por fin de la mirada de la gárgola. Nos adentramos por una de las góticas callejuelas que bordeaban el imponente edificio, cuando una amenazadora figura se abatió sobre nosotras, emergiendo de entre las sombras del mal iluminado callejón. Mi amiga iba hablando despreocupadamente y repentinamente enmudeció. Ante nuestros ojos se alzaba una criatura de aspecto terrorífico, con cuerpo de cabra, cola de dragón y cabeza de león o ¿tenía más de una cabeza? No podía verla claramente porque abrió rápidamente sus fauces, dispuesta a arrojarse sobre nosotras, pero otra figura se interpuso entre la aterradora criatura y nuestros cuerpos. Se trataba de una nueva figura no menos temible que la anterior, con cuerpo de león, alas de murciélago y cabeza de dragón. Me recordaba extrañamente a algo.Gargola
-¡No te entremetas gárgola! – rugió la primera y terrorífica criatura.
¡Gárgola había dicho!
-¡Retírate quimera! – replicó la gárgola con un sonido gutural y amenazador al tiempo que giraba la cabeza en mi dirección y clavaba sus ojos en los míos una vez más.
-¡Me lo prometiste! Nada de intromisiones – protestó la quimera.
-De nada sirven las promesas cuando se interpone el deber – le rebatió la gárgola.
-¡Deber! ¿Qué deber puede superponerse a la obligación de una promesa? – escupió la quimera con desprecio.
-El deber de ahuyentar el mal, el daño que tú te empecinas en extender por doquier – espetó la gárgola.
Mi amiga y yo asistíamos a aquel duelo de palabras petrificadas por el terror.
-¿El mal? ¿El daño? Yo prometo ilusión, fantasía y siempre cumplo. No como otros.
-Sí, la promesa de lo inalcanzable, que a la larga solo acarrea desilusión y destrucción ¿Así cumples tú? ¿No juraste mantenerte en los límites de los sueños? ¿Por qué te empeñas en invadir los dominios de la realidad? ¿Dejarás que tu ambición de extender el mal por doquier te destruya? ¡Retírate! Aún estás a tiempo.
-Tú no puedes destruirme.
-Oh, sí. Yo no. Lo sabemos bien – afirmó la gárgola fijando sus ojos en los míos de nuevo.
-Y ellas tampoco – se mofó la quimera siguiendo la dirección de la mirada de la gárgola -. Son mías ahora.
-¿De veras? Destruirte no podrán, eso solo puedes lograrlo tú misma, pero sí pueden desterrarte de la realidad y con ello salvarte – replicó la gárgola.
Yo miré a mi amiga, que había seguido toda la conversación entre las espeluznantes criaturas con el mismo estupor y pavor que yo. Nuestras miradas se cruzaron y yo le susurré que me permitiera retirar la promesa que le había hecho. Ella murmuró a su vez que se desdecía de todo lo que me había explicado y que por tanto ya no sería necesario mantener silencio ni promesa alguna. En ese momento, la quimera lanzó un furioso rugido de frustración y desapareció en la oscuridad, tan repentinamente como había aparecido. La gárgola nos miró entonces con satisfacción, asintió y alzó el vuelo buscando las alturas de la catedral, perdiéndose entre las sombras que proyectaban sus centenarias piedras, para acabar fundiéndose en ellas una vez más.

Autor: Maite Mateos

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