La pluma

La encontré en el fondo del cajón de un viejo escritorio que compré en un rastro. Debía ser muy antigua porque el plumín era muy largo y esbelto, de acero, con elegantes grabados florales que se repetían a lo largo del portaplumas de plata. Era un objeto exquisito, de punta itálica, que se adaptaba a la mano con increíble facilidad pero, lo más sorprendente de todo, es que parecía rebosar tinta fresca, lista para usar. Dispuse un folio en blanco sobre la mesa del escritorio y me apresuré a comprobar si era posible comenzar a escribir con ella, sin más. Me quedé anonadada al ver emerger la tinta negra con todPlumaa fluidez sobre el papel, en forma de preciosas y pulidas letras como jamás antes había logrado esbozar y, del mismo modo, comenzaron a fluir mis pensamientos.
Pese a que mi vecina bramaba con su voz retumbante, agitanada y soez, como siempre, desde el piso de arriba y sus familiares le contestaban en el mismo tono, dejando oír sus voces igualmente desagradables, yo continuaba escribiendo con soltura. Nada parecía poder importunarme teniendo aquella pluma en la mano. Se cerró una puerta con un fuerte golpe y se oyeron los ruidosos y precipitados pasos de los vecinos que bajaban por las escaleras arrastrando con ellos toda su maldad y vulgaridad en forma de gritos, pataleos y bandazos, hasta que por fin poco a poco se fueron alejando y extinguiéndose. Pero yo continuaba escribiendo con la pluma, impertérrita, imaginando que ya nunca más volverían, especialmente ella, con su cuerpo repugnante, hinchado y deforme, sus piernas patizambas y esperpénticas.
Todo el mundo la odiaba en el edificio y con todo, algunos la saludaban con hipócritas sonrisas cargadas de falsa amabilidad, no les fuera a ocurrir lo que a otros y se acabaran encontrando con sus casas desvalijadas, destrozadas, o con sus coches rayados por todos lados… Cuánta falsedad, inútil coraza y vacía transigencia. La repugnancia y el rechazo que despiertan las personas dañinas es un instinto sano que nos salvaguarda mucho más eficazmente del mal que nos puedan reportar, que la hipocresía y la falsa tolerancia que algunos profesan reprimiendo sus sanos instintos. Es un rechazo justificado que nada tiene que ver con la xenofobia, definida en el diccionario de la Real Academia Española como el odio, la repugnancia y la hostilidad contra los extranjeros. Que fácilmente se confunden unas cosas con las otras …
No. Yo no exageraba en absoluto sobre lo dañina que era mi vecina y su familia, que nada tenía de extranjera. Su ojos eran tan pequeños y malignos como el de las ratas y tan huidiza como ellas no parecía haber un solo policía capaz de meterla en una jaula-prisión de la que nunca jamás pudiera escapar, por muchas razones que diera para que la encerraran. De modo que, como las ratas, continuaba moviéndose entre cloacas, arrastrando toda su mierda consigo.
Veía su cuerpo de rata volviéndose día tras día más pesado y abotargado. La veía corriendo delante del camión de la basura, como una auténtica alimaña. Intentaba esquivarlo. Con su chulería de siempre creía estar lográndolo. Aún pensaba sacar tajada del seguro del conductor si éste la hacía el menor rasguño. Sin embargo, el camión de la basura avanzaba impertérrito. De pronto, de forma inaudita, la pasó por encima, despanzurrándola. Y aunque no quise ver más, sentí que algo dentro de mí se liberaba.
Dejé la pluma sobre el papel. Repentinamente los pensamientos se agotaban y las palabras ya no fluían con rapidez. Miré hacia la ventana y noté con sobresalto que el teléfono estaba sonando. Fui a cogerlo y contesté con desgana. Del otro lado, sonó la voz excitada de una de mis amigas que vivía dos calles más abajo. Sus palabras se agolpaban una tras otra y me costó entender lo que me estaba diciendo. Hasta que finalmente lo entendí todo. La maldita vecina de los ojos de rata se acababa de matar con el coche. De los que viajaban con ella no se sabía aún si habían sobrevivido. El camión de la basura se les había cruzado en el camino y los había empotrado contra un muro de contención.
Me quedé sin aliento. Colgué y me dirigí rápidamente hacia el escritorio. Bajo la pluma había quedado una mancha de tinta que recordaba a una rata despanzurrada. Cogí la pluma con cuidado, limpié el plumín y la volví a depositar en el fondo del cajón del viejo escritorio. Tenía un no se qué de espeluznante aquella pluma pero, decidí guardarla como un auténtico tesoro.

Autor: Maite Mateos

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