El anciano

Entró en la panadería con pasos pesados, fatigados. Una cuerda sujetaba sus viejos pantalones remendados a modo de cinturón y su desgastado jersey de lana lucía más de un lamparón imposible de eliminar, pese a su frecuente paso por la lavadora. No llevaba calcetines. Ya hacía tiempo que el simple intento de ponérselos representaba toda una odisea y había acabado por desistir. Ahora se limitaba a calzarse con sus viejas sandalias sobre los pies desnudos, a pesar de las bajas temperaturas que se respiraban a principios de primavera. Pero en la panadería el ambiente siempre era muy agradable en contraste con el de la calle. Había varias personas haciendo cola y el anciano buscó con la mirada una silla donde poder sentarse durante la espera. Siempre había dos viejas sillas de estructura metálica con respaldos acolchados y podía esperarse que una de ellas estuviera desocupada, a no ser que el lugar estuviera abarrotado de gente, como solía ocurrir durante los días festivos. Y aquel viernes “santo” era uno de esos días en que se presentaban en el pueblo una multitud de personas que, escapando de las ciudades, buscaban la supuesta tranquilidad del campo y el magnífico pan rústico de toda la vida, elaborado en un horno de leña, a la antigua usanza. La espera se hacía entonces interminable mientras unos acaban de decidirse por las cocas variadas y otros por los brazos de pastelería de diferentes gustos que también se ofertaban en la panadería.
No obstante, el anciano encontró una de las sillas desocupada y se sentó en ella no sin cierta dificultad. El duro trabajo del campo siempre acaba pasando factura y él nunca pudo disfrutar de uno de esos nuevos tractores tan confortables que incorporan hasta aire acondicionado en el interior de sus cabinas. Pero también eso le pasará factura al planeta con los años, por mucho que a los jóvenes de hoy en día no parezca preocuparles en absoluto. Mientras no tengan que doblar demasiado el espinazo les da lo mismo. Algunos se llenan la boca hablando con orgullo de agricultura ecológica porque no utilizan según qué pesticidas y respetan todas las normativas vigentes para cobrar subvenciones, pero en realidad no tienen ni idea de lo que es la verdadera agricultura, la agricultura realmente sostenible para el planeta y quizá también la más sostenible para la economía: la agricultura no intensiva, la agricultura que prescinde de tractores u otras maquinarias y de sus sucios e irrespirables carburantes. La agricultura del verdadero sudor de los brazos y las piernas, que podría dar empleo o simplemente la posibilidad de comer a tanta gente, la agricultura de las mulas, los arreos y… En fin, llegado a este punto, si ha estado expresando sus pensamientos en voz alta, siempre le hacen callar llamándole viejo romántico o peor aún, carcamal. Es que se ha perdido incluso el respeto a los mayores, a la voz de la sabiduría. Y se ve obligado a responder con socarronería no vaya a ser que le tomen a uno por un imbécil retrógrado incapaz de asimilar el imparable progreso. ¡Progreso! ¡Bah! ¡Qué paciencia! Que sabrán los jóvenes de lo que realmente significa la palabra progreso. Solo son capaces de relacionarla con palabras como tecnología o con la ley del mínimo esfuerzo. ¡Que lástima! No son conscientes de que van derechos a la autodestrucción y la destrucción de todo lo que les rodea por ese camino. El verdadero progreso va ligado al máximo esfuerzo, a la renuncia, al respeto, a la capacidad de discernir entre lo que de verdad deseamos o necesitamos para alcanzar el auténtico bienestar sin pisar el bienestar del otro… Pero ante el reflejo de las miradas de incomprensión no puede uno ni expresar lo que piensa con total libertad. A veces es mejor ensimismarse en los propios pensamientos y callar. Pero le da rabia hacerlo ¿Por qué no lee más la gente? Trabajar en el campo no tiene porqué impedir ser una persona leída ¡Carajo!
Repentinamente se apagan las luces de la panadería y la dependienta se refugia en el obrador, dejando a todos los clientes que aún quedaban por despachar, a la vista de los nazarenos, el grupo de los más fervorosos creyentes del pueblo encabezados por el cura que en ese mismo momento, enarbolándo la imágen de un Cristo ensangrentado, se ha detenido frente al escaparate del establecimiento murmurando plegarias incomprensibles, entre las cuales solo se distingue una palabra con claridad, pronunciada a coro, de forma repetitiva: ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! …
“¡La hostia!” Piensa el anciano arrancado bruscamente de sus propias meditaciones. “Lo que me faltaba por aguantar hoy. Es delirante. ¿Es que ya no hay respeto ninguno? No claro. ¿Qué se puede esperar de las religiones y de sus creyentes? No respetan a nada ni a nadie. No respetan al descreído. No respetan a los que necesitan trabajar con sosiego, a los que desean comprar con tranquilidad, ni a los ancianos que necesitan que los dejen en paz con sus pensamientos. Son unos verdaderos artistas del chantaje emocional y han de recordarnos a todas horas y con más hincapié aún, cuando nos acercamos al final de nuestras vidas que, quizá al otro lado, no nos espera la simple muerte, sino que con certeza nos espera un horrendo suplicio si hemos sido pecadores y no nos arrepentimos a tiempo… ¡Qué memez! ¡Qué manera de jugar con los miedos de la gente! ¿Qué importa lo que habrá al otro lado? Lo único cierto es que al otro lado hallaremos la muerte”.
Y fuera del local continúan salmodiando los fervorosos creyentes: ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! ¡Pecadores! … Solo cuando por fin se alejan y cesan sus plegarias y murmuraciones, se encienden las luces de la panadería y emerge por fin del obrador la dependienta, preguntando por el siguiente al que le toca despachar.

Autor: Maite Mateos

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