VIDAS DE SUEÑOS PERDIDOS

I

La memoria puede ser muy mezquina y a menudo nos traiciona. Recordamos las cosas tal y como desearíamos recordarlas y rara vez como realmente ocurrieron. Nos esforzamos por ser lo más fieles posibles a la memoria pero, ésta acostumbra a fallarnos y llenamos los vacíos con las fantasías y con los sueños que siempre nos acompañan, a todas horas. Sueños llenos de esperanza o sueños perdidos para siempre.
Insistimos en recuperar esos sueños que envuelven nuestra memoria para reconstruir nuestra vida pasada con el objetivo de encontrarle un sentido
pero, es un trabajo tan arduo…

Mi padre era constructor de carros y llevaba siempre encima uno de aquellos lápices de aspecto aplastado que solían usar los carpinteros.
Cada noche yo fijaba la vista en aquel lápiz, ambicionándolo. Esperaba a que mi padre se fuera a acostar para cogerlo y dibujar, dibujar todo aquello que mis ojos veían de día y soñaban de noche. Hasta que cansada y somnolienta volvía a dejarlo en su sitio, en el bolsillo izquierdo de la chaqueta de mi padre y me iba por fin a la cama.
No recuerdo bien porqué se me antojaba tan especial aquel lápiz. Solo sé que era diferente de aquellos que utilizábamos en la escuela y tal vez por eso mismo yo le dotaba de una particularidad casi mágica. Permitía hacer unos trazos tan diferentes… No eran unos trazos especiales. Simplemente eran diferentes y eso a mí me resultaba fascinante en aquel entonces.
En casa bien hubieran querido pagarme unas clases de dibujo pero, tenían nueve bocas que alimentar y la empresa resultaba del todo imposible para una familia numerosa sostenida por un único sueldo de humilde operario. Aunque no siempre había sido así.
La casa en la que vivíamos se alzaba sobre una colina hueca por dentro, sembrada de túneles excavados día y noche por duros mineros. Era una casa enorme y señorial que contrastaba con la familia humilde que la habitaba. Pertenecía al dueño de la mina, quien años atrás la abandonó para residir en lugares más frecuentados y menos solitarios. La mina aún estaba en pleno apogeo y el dueño había ofrecido a mi abuelo el puesto de administrador y le había cedido la casa que, tiempo después ocuparía mi padre.
En aquella época se estaba extrayendo mucho plomo en otras propiedades, fruto de una enorme veta localizada en la zona. El dueño de la mina, administrada entonces por mi padre, había mandado excavar nuevos túneles en dirección a aquella veta pero, al llegar por fin al lugar, se descubrió que ésta acababa precisamente allí donde comenzaba su propiedad.
El chasco fue enorme. Lo único que encontraron fue pirita, una piedra dorada parecida al oro que entonces no valía nada.
Ninguna botella de cava rodó colina abajo. Es más, se cerró la mina definitivamente y mi padre se vio obligado a buscar un nuevo empleo. Bajó al pueblo y allí inició su andadura como constructor de carros.

Autor: Maite Mateos

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