REJUM

Hace unos años, buscando entre libros viejos encontré un manuscrito que mostraba signos de no haber sido leído nunca y cuya letra indescifrable era capaz de provocar mil mareos a cualquiera que se decidiera a transcribirla.
Pensé que tardaría en interpretar aquella caligrafía extraña pero, no me importaba, porque sabía que acabaría por conseguirlo. ¿Cuándo? Tampoco importaba. Y el hecho es que no tardé ni dos días en descubrir que las letras se estiraban de izquierda a derecha a modo de arabescos y que, de ese modo, podían leerse fácilmente palabras escritas en una lengua conocida. Simplemente se presentaban al revés, como si una mano zurda las hubiera trazado. Y seguramente así había sido. ¿Por qué tanto misterio? Me intrigaba y poco a poco fui desvelando aquella historia, verídica o no. ¿Quién hubiera imaginado que tras aquella hermosa figurita de Rejum se escondía todo el sentido…? Quisiera no tener que ser yo quien transmita al mundo la verdad que muchos desearían que fuera mentira. Si al menos no hubiéramos creído nunca en esa mentira… ¿De quién fue la culpa? ¿Quién inventó la mentira? Ya no importa. Solo el “por qué” podría darnos la clave.

Llegamos a Rejum una noche estrellada, deslumbrante. Las ruinas de la ciudad se recortaban en la oscuridad como si de un deshilachado y apolillado tapiz se tratara. Montamos las tiendas de campaña y nos dispusimos a descansar por aquella noche, ansiosos de levantarnos de buena mañana y ponernos a trabajar.
El día amaneció caluroso y soleado. Las ruinas de Rejum se presentaron entonces, ante nuestros ojos, como una verdadera obra de arte, magníficas y acogedoras tal y como las habíamos vislumbrado antes en las numerosas fotos que de la antigua cuidad se habían publicado. Muchos equipos de arqueólogos pasaron por ella antes que nosotros y aún podían observarse las torpes huellas de algunos que, con sus rudimentarias técnicas de excavación, solo habían conseguido destruir parte de la belleza que les rodeaba.ruinas
Nos dirigimos hacia el centro de la ciudad, donde se alzaban los restos imponentes de un antiquísimo templo dedicado a divinidades olvidadas. Mucho se había trabajado ya en él, pero nada representativo se había encontrado. Se ignoraba a quien se había rendido culto allí, o si se había sacrificado a alguien o algo. Solo se deducía que debía ser un templo, por su situación y por la semejanza que presentaba respecto a los templos de otras culturas vecinas, perdidas en el fragor de los tiempos. Sea lo que sea había ejercido algún tipo de dominio sobre la ciudad, puesto que ningún otro edificio resaltaba tanto como éste, ni por su tamaño ni por su ornamentación.
Metopas, arquitrabes, columnas, tímpanos… Todo estaba profusamente decorado con imágenes que nadie aún había conseguido interpretar. Asemejábanse a plantas y animales. Al mismo tiempo eran el fruto de las más desbordantes fantasías, puesto que jamás se había visto cosa parecida sobre la faz de la tierra. El interior del templo, tan intensamente decorado como el exterior, parecía hablarnos en una lengua ignota que animaba a ser descifrada.
Muchos días pasamos en el interior de aquel santuario buscando algo que nos diera la clave de aquella ciudad que se alzaba sobre la arena de un desierto, a modo de oasis, sin ningún aparente recurso que pudiera haber alimentado y saciado la sed de todos sus, presumiblemente, numerosos habitantes. Nada encontrábamos y sus bajorrelieves continuaban siendo un misterio para nosotros. Flores exóticas, agua que corre y fieras fantásticas que sacian su sed era lo único que yo lograba sacar en claro de toda aquella iconografía. Incluso la tocaba y palpaba, ya que a eso invitaba, o así se me antojaba a mí.
Un día, acariciando con los dedos lo que parecía ser una enorme roca grabada en una de las paredes del santuario, me pareció sentir una ligera vibración proveniente de algún recóndito lugar. Palpé entonces con más fuerza todo el contorno de la roca y percibí con mayor intensidad la vibración, hasta el punto en que se me ocurrió apretar ejerciendo cierta fuerza hacia lado y lado. En aquel instante la vibración se convirtió en un auténtico chirriar y crujir de algún tipo de gozne. Excitado llamé a mis compañeros, que se apresuraron a llegar junto a mí para poder contemplar con estupor como se deslizaba ante nosotros parte de aquella pared, dejando al descubierto un oscuro túnel en el que apenas se entreveían los peldaños que descendían hacia alguna profundidad desconocida. Sugerí que alguien fuera a buscar linternas o cualquier cosa que pudiera alumbrarnos bien el camino. Mientras esperábamos la llegada de las linternas decidimos que no todos bajaríamos. Parte del equipo permanecería fuera y nos mantendríamos en contacto mediante los móviles, siempre que hubiera cobertura. Llegaron las linternas y comenzamos a descender por unos resbaladizos y húmedos escalones de piedra. ¿Humedad en un sitio tan árido como Rejum? –Nos preguntamos-. Era extraño. Cuando llegamos al último escalón, habiendo perdido ya la cuenta de todos ellos, nos encontramos en una enorme caverna, en cuyo centro podía verse un inmenso lago de mansas y cristalinas aguas. ¿Era ésta la explicación del misterio de Rejum? Aquellas aguas, sin duda alguna, debían ser o habían sido potables y seguramente habría algo que pescar en ellas. En otra ocasión bajaríamos con un equipo de pesca para comprobarlo.
En el lago se reflejaban miles de lucecitas proyectadas por los innumerables rayos de luz que se filtraban a través de las rocas porosas, de modo que si nos hubiéramos quedado sin linternas en aquel momento, hubiéramos tenido la suficiente claridad como para continuar explorando el lugar. Así se lo indiqué a mis compañeros y para constatarlo apagamos todas las linternas, mientras uno de nosotros se encargaba de comprobar si teníamos cobertura en los móviles para informar al resto del equipo de cómo progresaban nuestros descubrimientos.
Era realmente impresionante contemplar en aquellas profundidades un lago bajo la luz de unos rayos misteriosos, que se asemejaban a la luz natural pero, lo más sorprendente fue descubrir bajo la proyección concentrada de uno de ellos, una pequeña isleta coronada por un edificio similar al templo de Rejum, quizá incluso mejor conservado.
La luz de las linternas hasta aquel momento lo había mantenido en la sombra con sus reflejos, pero ahora podía vislumbrarse con cierta claridad.
Por desgracia, no hubo forma de comunicarse con los móviles y tuvimos que regresar para continuar otro día las investigaciones. El hallazgo nos había entusiasmado tanto que aquella noche nadie pudo pegar ojo. Yo ya veía mi nombre en la portada de todos los periódicos y mi foto con algún tesoro de incalculable valor intelectual entre mis brazos.
Por la mañana aún no habían llegado todos los equipos que habíamos solicitado, por lo que continuamos explorando la inmensa caverna. No pudo encontrarse ningún túnel más que aquel por el que habíamos entrado, de modo que nos contentamos con realizar interminables mediciones del terreno y numerosos análisis del agua. Como ya imaginaba, era potable.
Pasaron unos cuantos días antes de que llegara una lancha hinchable a aquel rincón perdido del desierto, donde el agua había dejado de escasear para nosotros. Incluso habíamos dejado de preocuparnos por la llegadapuntual de las provisiones, pues la pesca había dado sus frutos y con ellos nos regalábamos en todas las comidas.
Desde la orilla del lago elegida para zarpar una vez estuviera la lancha preparada, podíamos apreciar la belleza de la isla y del edificio que la coronaba en toda su magnitud. Presumiblemente, dada su  apariencia externa, se trataba de una copia exacta del templo de Rejum, es decir, un edificio consagrado al poder. Pero, ¿Ante qué tipo de poder nos encontrábamos? Tal vez ahora consiguiéramos hallar alguna evidencia.
Todas nuestras expectativas se vieron cumplidas al pisar la isla y comprobar que, efectivamente, teníamos ante nuestros ojos una copia exacta del templo de Rejum. La misma estructura, la misma iconografía…
Emocionados nos dirigimos hacia el interior. Franqueamos la puerta y nos introdujimos en una acogedora nave cuya cúpula central dejaba pasar algunos débiles rayos de luz que iluminaban un hermoso altar de alabastro.
Y allí estaba. Ojalá nunca la hubiéramos encontrado sobre aquel altar que debiera haber sido su tumba y el templo su mausoleo.
Y sin embargo, estaba escrito en los bajorrelieves, aún mudos para nosotros, que la despertarían. La despertarían o le despertarían.
No sé por qué afirmo que ojalá nunca la hubiéramos encontrado. Teníamos que encontrarla y descubrir la puerta secreta que se abriría para nosotros después de tantos siglos. ¿Qué descubriríamos tras aquella puerta?
De hecho la misma figurita lo revelaba. De porte frágil y esculpida en jaspe, presentaba un aspecto que a primera vista se podía interpretar como muy femenino. Pechos generosos, sinuosas curvas y un exquisito monte de Venus prometedor, sugerente y al mismo tiempo inquietante. La examinamos más de cerca y comprobamos que lo que habíamos tomado por un Monte de Venus podría ser fácilmente interpretado como un pequeño falo oculto entre el delicado vello labrado en jaspe de aquella hermosa figurita de Rejum.
¿Adoraban a un dios hermafrodita los antiguos habitantes de Rejum? El hallazgo de una figurita de jaspe no decía nada en sí mismo. Podría haber sido un antiguo dios/diosa o simplemente una joya escultórica muy preciada ya en sus tiempos.
Durante los días siguientes la figurita de Rejum fue sometida a numerosos exámenes y análisis. Con todo no avanzamos ni llegamos a ninguna conclusión.
¿Cómo hacer hablar a una figurita de jaspe? Silenciosa, muda y misteriosa como era despertaba en mi interior una inquietud compartida por todos mis compañeros. Su silencio era el misterio y también nuestra inquietud. ¿Por qué? No acertábamos a responder a tal pregunta.
No era el encanto de su belleza lo que más nos hechizaba, sino esa expresión en la cara que hablaba de poder, decisión y fuerza.
Precisamente fue en su monte de Venus donde encontramos la clave, y nunca mejor dicho, porque su sexo indefinido era un automatismo que actuaba a modo de imán al ponerlo en contacto con otro objeto y no fue difícil adivinar que otro objeto sería capaz de hacerlo accionar. Sin duda alguna debía tener forma de falo o vulva, de modo que observamos con atención el lugar en nuestro afán por localizar ese algo que pudiera recordar o asemejarse a un miembro viril… o femenil.
Así fue como examinando con atención el ara del templo descubrimos, en uno de los dos enormes pedestales que lo sostenían, un extraño bajorrelieve que no se parecía en nada a todo lo catalogado como arte por la humanidad entera y al mismo tiempo era difícil atreverse a afirmar que aquello no podía ser calificado de verdadera maravilla artística. Y de hecho, allí esculpido fue donde localizamos lo que buscábamos.
Tras comprobar que la estatuilla y el bajorrelieve encajaban a la perfección comenzaron a resonar ocultos resortes que permitieron que de algún modo el ara se deslizara para dejar paso a una escalinata que descendía, de nuevo, hacia misteriosas profundidades. Pero en esta ocasión estábamos preparados y más que organizados. No tuvimos más que encender nuestras linternas y cascos para comenzar a bajar por aquella escalinata tan semejante a la otra que nos había conducido hasta allí. Pocos escalones habíamos contado cuando nos encontramos ante una pequeña cámara repleta de pergaminos extraños, tanto por su escritura como por la manera… en fin, en el fondo no había nada que nos permitiera precisar porqué eran extraños aquellos pergaminos a simple vista. Probablemente se trataba de algo impregnado en el ambiente y en nuestro estado de ánimo, sencillamente.
El caso es que tardé mucho tiempo en descifrar aquella escritura y conocer la asombrosa historia de Rejum, o al menos la historia que contaron aquellos que concibieron tales escritos.

Los textos hablaban de un ser al que denominaban “Erdam Ejavlas” y todos en la ciudad lo veneraban como si de un dios o diosa se tratara.
Pero no era ni una cosa ni la otra. Era sencillamente una mujer, pero una mujer que ocupaba el más alto rango de su ciudad a modo de reina o emperatriz.
“Erdam Ejavlas” era dulce, amable, fuerte y su gobierno podía calificarse como lo más parecido a la idea de matriarcado que poseemos hoy día. Podía creerse que se trataba de una sociedad dominada por las mujeres donde los hombres quedaban siempre en un segundo plano y en cierto modo lo parecía. Pero realmente no era así.
Ambos sexos convivían en completa igualdad y respeto mutuo y al más alto rango podían acceder en iguales condiciones. De hecho ocurrió que un día Erdam Ejavlas murió y su lugar fue ocupado por Odaz Ejavlas, su sobrino nieto. Lo primero que hizo Odaz al llegar al poder fue cambiar el nombre de su linaje, en una pretensión de desvincularse totalmente del pasado. Se atribuyó el nombre de Odazilivic y a partir de ahí comenzó a dictar nuevas leyes. Ante su miedo cerval ante todo aquello que no podía comprender, reaccionó con prohibiciones de todo tipo, sin pararse a pensar ni reflexionar.
Le angustiaba todo aquello que fuera diferente a lo que él quería, creía o pensaba, empezando por el recuerdo de Erdam Ejavlas, a la que había temido por su fuerza, fuerza que resaltaba en mayor medida su propia debilidad. Así fue como persiguiendo a la diferencia, persiguió a todo lo femenino, relegando a las mujeres a un segundo plano en todos los aspectos. Sin embargo, las mujeres no se dejaron dominar tan fácilmente. Se sublevaron y hubo altercados que solo pudieron ser aplacados mediante la violencia. Algunas mujeres, intimidadas, acabaron bajando la cabeza y se amoldaron a la nueva situación. Otras, en cambio, continuaron luchando. Pasaron años y años.
Nuevos soberanos se sentaron en el trono de Rejum, todos hombres, y ninguno mostró ningún interés por cambiar nada de lo que Odazilivic había impuesto.
Un grupo de mujeres, autodenominadas “las Ejavlas” continuaron luchando por su antiguo status dentro de la clandestinidad. Se ocultaron en diversos enclaves estratégicos y en ellos planearon una auténtica revolución, una revolución que aún tardaría en llegar, que está por llegar y que sus escritos despertarán.

Aquí me obligaron a interrumpir la traducción de la narración. Mi intención era continuar investigando, llegar hasta el final y publicar por fin mi trabajo, mi obra… Y sin embargo, me lo impidieron. Quienes subvencionaban las investigaciones se negaron a continuar invirtiendo en Rejum y su atención se desvió hacia otras ruinas o excavaciones arqueológicas que prometieran otro tipo de tesoro más rentable.
Yo tenía que comer y dar de comer a mi familia, de modo que también mi atención se vio desviada, por la necesidad, hacia otros proyectos. Pero Rejum continúa llamándome. Diversas preguntas golpean mi mente con frecuencia. ¿Qué pasó en Rejum? ¿Cómo acabó convertida en ruinas? ¿Qué ocurrió con las Ejavlas? Estoy seguro de que algo se me ha escapado, que hay algo más oculto entre tantos y tantos pictogramas aún indescifrables para mí.
No sé por qué he afirmado antes que ojalá no tuviera que ser yo quien transmita al mundo la verdad que muchos desearían que fuera mentira. Es más, ojalá pudiera disfrutar de nuevo de la oportunidad de volver a vislumbrar la verdad y encontrar todavía mucha más claridad en todos aquellos escritos que solo pude investigar a medias mientras que otros solo deseaban destruirlos.
Rejum fue un gran descubrimiento… pero el mundo es cruel. No quiso aceptar esa verdad que apenas vislumbraba y trató de destruirla para que el secreto quedara enterrado por siempre jamás. Mi gloria se vio truncada pero eso, con todo, fue lo que menos me importó. La verdad volvió a quedar oculta y las maravillas de las que se rodeaba fueron destruidas. Sin embargo, estoy seguro que un día la verdad volverá a salir a la luz más resplandeciente que nunca. Quien sabe. Quizá los escritos de Rejum no han sido destruidos y alguien, como yo tal vez, se ha preocupado por hacerse con un duplicado que mantiene escondido, y ahora mismo continua estudiándolos, vislumbrando algo más de la verdad, esperando  que llegue el momento de sacarlos a la luz.

(Narración extraída de Mil y un interiores)
Autor: Maite Mateos

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