NATSIKAP

Ya no siento el fuego que me abrasaba por dentro y que acababa escupiendo como los dragones de antaño pero, hoy son las brasas que tardan en consumirse tras los grandes incendios las que me torturan. Son las brasas de Natsikap. Por eso necesito contar mi historia ahora que he conseguido escapar de ese lugar porque, de lo que no quiero escapar es de su recuerdo.FEMAIL
Vivíamos en Natsikap sin esperanzas. Desde el principio de los tiempos que recordábamos, el Malsi había regido nuestras vidas. Allí los hombres éramos considerados una raza inferior. No podíamos salir de casa sin ir bien escoltados por alguna mujer de nuestra familia, bien cubiertos el cuerpo y la cara con un burka. No podíamos desempeñar ningún trabajo remunerado y solo las niñas asistían a los colegios y universidades. Nosotros nos quedábamos en nuestras casas realizando múltiples tareas domésticas, mientras que ellas y solo ellas leían el Naroc, libro sagrado del Malsi, en el cual se afirmaba que matar a un hombre no era pecado, siempre que fuera en nombre y salvaguardia del honor de la mujer. ¡Honor…! Lo llamaban así y muchos creían en ello. Pero, yo no. Yo era hombre y aún así leía el Naroc. Sé que en ninguna de sus páginas se afirmaba tal cosa. Mi madre me enseñó a leer y a escribir transgrediendo todas las normas. Lo hizo porque soñaba en un lugar donde los hombres y las mujeres pudieran ser considerados por igual. Mi madre quería a mi padre y entendía su sufrimiento. Sufría con él al verle condenado a vivir en un espacio limitado donde apenas podía respirar, necesitado de libertad para elegir, para desarrollar plenamente sus capacidades, sus propios sueños y anhelos. Pero murió enfermo, sin conseguirlo. Proyectó entonces mi madre todas sus esperanzas en mí. Yo tenía que huir un día de Natsikap y buscar ese lugar donde los hombres y las mujeres fueran considerados por igual. Sin embargo, de momento, vivíamos esclavizados por la pobreza. Ella trabajaba todos los días y ahorraba lo que podía, pero nunca era suficiente. Pensamos en la posibilidad de que yo saliera a trabajar acompañado por ella. Era la única opción después de habernos enterado de lo ocurrido a un vecino. Había enviudado y tenía dos hijas adolescentes. Por pura necesidad tuvo que salir a la calle sólo, tratando de vender en los mercados las artesanías que elaboraba en su casa. Sus dos hijas acudían aún obligatoriamente a la escuela. Allí habían escuchado las murmuraciones crecientes en torno al atrevimiento de su padre.
-Sin duda alguna se entrevista con alguna mujer – decían.
Fuera cierto o no el caso es que las Ancianas aconsejaron a la mayor de las hermanas que salvaguardara el honor de su familia. Si no podía convencer a su padre de que se quedara en casa, si no lograba retenerlo, o no le interesaba negociar con la mujer que se entrevistaba con su padre que contrajera matrimonio con él, solo le quedaba una solución. Matarlo. Debía hacerlo, era lo único que podía hacer. Eso argumentaban las Ancianas, las honorables conocedoras y guardianas del Naroc.
¿Qué iba a hacer esa niña? Mató a su padre. El “honor” de ella y su hermana quedó limpio y ninguna justicia la persiguió por ello pero, para poder comer, pasaron las dos a depender de la caridad de familiares y vecinos.
Dadas estas circunstancias, yo trabajé algunos años junto a mi madre, como dependiente en una tienda de antigüedades, pero era ella quien cobraba en mano el dinero de mi salario. Era un sueldo muy inferior al de una mujer, pero al menos era algo. Pasó el tiempo y ahorramos lo suficiente como para huir de aquel lugar y conocer otras tierras y lugares donde el hombre lograba equipararse bastante a la mujer. Mi madre vio cumplido su sueño, en parte, y yo pude respirar libertad, algo de libertad.
Hoy Natsikap sigue siendo un lugar sin esperanzas para muchos, para los que continúan allí sintiendo el fuego que les abrasa por dentro y que aún tardará mucho en quedar convertido en brasas. Las brasas de Natsikap. ¿Llegará el día en que solo quede de Natsikap el recuerdo de sus cenizas?

(Narración extraída de Mil y un interiores)
Autor: Maite Mateos

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